La mitología patriótica

 

La constante exaltación y glorificación de “la patria”, convoca no sólo a la expresión de lacrimosas emociones, sino, lo que es peor, a la movilización bélica contra los “enemigos de la patria”, contra las “ideas foráneas” y en favor de la “seguridad nacional” o de la “seguridad democrática”, como se dice ahora.

 
Julio César Carrión Castro
 
Universidad del Tolima
 
 

(A las víctimas del patriotismo y de todas las formas de nacionalismo)

Acerca de la mitología patriótica

Va siendo hora ya de superar o de reinventar conceptos como los de “patria” y “patriotismo”, tan insistentemente utilizados por los grupos que ejercen la hegemonía política y cultural en este país.

“Patria, te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo”, es el paradójico grito con que Miguel Antonio Caro hace profesión de fe en una nacionalidad e invoca sentimientos de amor patrio. En realidad ser “patriota” no tiene nada que ver con el silencio, por el contrario, los patriotas hacen mucho ruido, una permanente algarabía en torno a unas supuestas –o reales– identidades colectivas, no quieren pasar inadvertidos; les gusta hacer mucha bulla.

La constante exaltación y glorificación de “la patria”, convoca no sólo a la expresión de lacrimosas emociones, sino, lo que es peor, a la movilización bélica contra los “enemigos de la patria”, contra las “ideas foráneas” y en favor de la “seguridad nacional” o de la “seguridad democrática”, como se dice ahora.

Las elites dominantes, a fin de mantener su hegemonía cultural y legitimar su control sobre las clases subalternas, han estatuido una serie de rituales, símbolos e instituciones que les garantizan, precisamente, la dominación. Por ello atribuyen gran significado a los próceres –patriotas congelados en el tiempo–, a las efemérides, a las insignias, a los uniformes, a las charreteras, a las condecoraciones y a todos los demás “símbolos de la nacionalidad”, que parecieran estar vivos solamente en los cuarteles y brigadas militares, con los ya tan cotidianamente denominados “héroes de la patria”.

En códigos, cartillas, manuales y catecismos de confesiones religiosas, de civismo, de urbanidad, de buen comportamiento y de buenas maneras, se establecen nuestras obligaciones y deberes para con “la patria” y el debido acatamiento y respeto, tanto a los símbolos sociales, como a sus representantes. No en vano el ya centenario –y muy añorado– texto de urbanidad de Miguel Antonio Carreño señala: “Los encargados del poder público que son nuestros mismos conciudadanos, nos protegen y amparan contra los ataques dirigidos a la libertad e independencia de nuestra patria, contra las injusticias de los hombres, contra las asechanzas de los perversos; ellos guardan nuestro sueño, y velan constantemente por la preservación de nuestra vida, de nuestra propiedad, y de todos nuestros derechos”. Así las cosas, la defensa de la patria es, ni más ni menos, que la defensa de esa oligarquía, que desde los comienzos del régimen republicano detenta el poder, afirmando que representa el “interés general”, y que constituye la “autoridad moral de la nación”.

Tanto la escuela como los medios de comunicación, en cumplimiento de sus funciones de reproducción y de regulación social, confieren gran importancia a los imaginarios patrióticos, debido a que dan sentido y significado a los discursos del poder. Todas esas alegorías, emblemas, íconos e imágenes que claman por la lealtad grupal y el unanimismo de rebaño, constituyen el sustento ideológico de esas mitologías patrióticas, que bajo los regímenes autoritarios, totalitarios o “democráticos” son astutamente difundidas y manipuladas, no sólo desde los cuarteles y las empresas politiqueras de una derecha militante y triunfante, sino incluso, desde las cátedras universitarias.

Pedagogía militar y “democracia” castrense

“Si toca sicariar, sicariamos; si nos toca aliarnos con los 'Pelusos', nos vamos a aliar”.
General Diego Villegas

“En una operación militar es prácticamente imposible saber si hay niños”.
Martha Lucía Ramírez, Vicepresidenta de Colombia

Primero fueron los gobiernos autoritarios y totalitarios los que, evidentemente, se caracterizaron por pretender la militarización total de la vida cotidiana, pero este aberrante proceder, en la actualidad, se ha extendido, se ha propagado, ha hecho metástasis y ahora, hasta las llamadas “democracias”, padecen de este mal, están infectadas del mismo daño estructural.

Asistimos a la paulatina instauración de una “democracia” de corte militar y fascista que, lamentablemente, cuenta con un enorme respaldo tanto institucional, como de diversos estratos sociales partidarios de las actitudes, símbolos, representaciones y comportamientos de caracter militar.

Estas formaciones económico-sociales que se sustentan en el llamado rigor militar, tienen como fundamentos axiológicos e ideales pedagógicos la obediencia acrítica, la servidumbre voluntaria, el silencioso acatamiento a todas las órdenes, la competitividad, la ciega identidad con las autoridades y la ausencia de toda reflexión autónoma. Es sobre la base de estas “virtudes” que se forman los caracteres proclives hacia la brutalidad y la agresión policiaca y militar.

Este tipo de sujetos son los que han hecho posible el ascenso del fascismo. Los bárbaros ritos que se imponen en las academias y cuarteles militares, con sus convocatorias a “la debida obediencia”, a soportar el dolor y a expresar “dureza”, “fuerza” y “honor”, constituyen factores claves en el proceso de elaboración de los imaginarios represivos, de las conciencias autoritarias y de la idiosincrasia de los torturadores, tan comunes en estas “democracias vigiladas”, como Augusto Pinochet llamó a su sangrienta mascarada fascista.

Colombia, bajo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez (en sus dos períodos directos y en el actual en que Iván Duque actúa por delegación), se ha venido imponiendo una amplia proliferación de estas conciencias mutiladas, al amparo de una generalizada y asfixiante militarización de los espacios sociales. No se trata sólo del desaforado incremento del número de los efectivos en las fuerzas militares y de policía, que nos agobian en campos y ciudades, es también esa intención de convertirnos a todos en “colaboradores”, mediante la promoción de las redes de informantes, delatores y soplones. Se argumenta que así se garantiza la, tan publicitada como inútil, “seguridad democrática” pero, como lo señala la investigadora María Victoria Uribe, al “modelar la sociedad bajo los parámetros de la milicia, se convierte al ciudadano común en un combatiente con compromisos y obligaciones en los escenarios bélicos”. A esta situación hay que sumar el incremento y la legitimación del paramilitarismo, como viene sucediendo y lo denuncian organismos internacionales como Amnistía Internacional, Americas Watch y Naciones Unidas, entre otros.

Lo que acontece tan reiteradamente con soldados que mueren en “extrañas” circunstancias o que se “suicidan”, no es más que otra expresión de esa cotidiana barbarie militar.

Lo que molesta a los politiqueros, de las distintas corrientes, pero proclives a la defensa del actual estado de cosas, quienes siempre están en campaña electoral, es que, en contravía de los propios medios de comunicación, adscritos a la defensa del gobierno, se divulguen, por las redes sociales y otros mecanismos alternativos, estas aberrantes situaciones que se viven en la “democracia más antigua” del continente.

También corresponde a esta “opción” pedagógica, el tránsito de muchos intelectuales supuestamente de “izquierda” hacia un servil colaboracionismo con los “superiores” civiles y militares, es decir, con los detentadores del poder.

“Héroes de la patria” – La tergiversación de un concepto

Las fuerzas militares y de policía, como queriendo ganar imagen frente a la convicción de los sectores populares, que saben plenamente que ellos son, no sólo la expresión más cruda y cotidiana de la violencia estatal y de la represión, sino que, muchos de estos policías y militares, son las mismas “fuerzas oscuras” que asesinan a los lideres populares, sindicalistas y defensores de los Derechos Humanos, ocultos tras altisonantes nombres como el de “Las águilas negras” y otros; que hace rato saben que los paramilitares son los mismos militares, que saben que la corrupción es la base y el sustento de todo el generalato.

Siguiendo patrones norteamericanos y aguzando la llamada “inteligencia militar”, la derecha fascista y las jerarquías militares, idearon esa publicidad que, de manera insistente, chocante, reiterada, nos dice que “los héroes en Colombia sí existen”. Los asesores del ejercito, en una ardua campaña publicitaria y de marketing de guerra, mostrando su agradecimiento, afirman sin empacho alguno: “Una de las grandes virtudes de Uribe fue el ser capaz de ofrecernos un relato en el cual encontrarnos como nación. Eso en Colombia ha sido muy difícil de construir, porque no tenemos ni mitos fundadores ni un relato único. Siempre hemos tenido diversidad cultural. No hemos sido capaces de construir un relato de nación”. De ahí el interés de crear esa “unidad nacional” en torno a una visión guerrerista, que enaltece a la soldadesca, haciendoles sentir algo asi como fundamento de la “patria” y la nacionalidad, cuando en realidad no son más que carne de cañón...

Edición 666 – Semana del 25 al 31 de enero de 2020
   
 
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