Hannah Arendt visita a los Montes de María

 

Hannah Arendt, que asistió al juicio de Eichmann en Jerusalén, lo describe como un individuo que carecía de facultades para pensar por sí mismo, “un autómata a quien le habían arrebatado la capacidad de pensar, sobre todo, de diferenciar el bien del mal, de decidir entre lo justo y lo injusto”.

 
Efraín Jaramillo Jaramillo
 
Colectivo de Trabajo Jenzera
 
 

Es sorprendente la semejanza de Uber Enrique Banquez, alias “Juancho Dique”, con Adolf Eichmann. El primero, fue un comandante del grupo paramilitar que dio muerte a 60 personas en el poblado de El Salado (Carmen de Bolívar). El segundo, fue un Teniente Coronel de la SS del régimen Nazi, responsable de la “Solución final de la cuestión judía” –exterminio general de los judíos confinados en los campos de concentración.

Como en toda comparación, hay diferencias: Banquez es el responsable –confeso– de 565 homicidios perpetrados en múltiples masacres, cuando dirigía uno de los frentes del ‘Bloque Héroes de los Montes de María’. Una cifra que es superada en miles de veces por el genocida Eichmann, responsable de haber enviado a la muerte a cerca de un millón de judíos.

No obstante, las semejanzas son tangibles: Se trata de personajes cotidianos y triviales, carentes de ambiciones, casi insignificantes: De Banquez se dice, que era un niño campesino de las sabanas de Córdoba, cuando fue reclutado por las Farc a los 14 años, de las cuales “desertó” para entrar al Ejército, “pensando que era la mejor solución para mí”. De Eichmann se sabe que era un agente viajero, que sólo quería ser masón. Ambos, por esos avatares del destino, terminaron convertidos en eslabones de cadenas criminales que atentaron contra la humanidad y dignidad de varios pueblos: Banquez de un pequeño poblado de campesinos de los Montes de María, Eichmann del pueblo judío.

Hannah Arendt, que asistió al juicio de Eichmann en Jerusalén, lo describe como un individuo que carecía de facultades para pensar por sí mismo, “un autómata a quien le habían arrebatado la capacidad de pensar, sobre todo, de diferenciar el bien del mal, de decidir entre lo justo y lo injusto”: se defendía argumentando, que no era responsable de los hechos que le imputaban –yo sólo controlaba la puntualidad de los trenes–, porque simplemente “estaba haciendo su trabajo” en el marco de la legalidad del régimen Nazi.

Lo mismo se puede decir de Banquez, quien, por obra y gracia de una ideología, no sabía que estaba haciendo: “Yo mismo me pregunto ¿qué pasó en El Salado? Eso fue algo catastrófico, parecía que íbamos a acabar con toda la población cuando las cosas se salieron de control...” Igual que Eichmann, él también había hecho su trabajo: “acepto que estaba ahí en la parte militar”... “yo era un mando medio... eran 400 hombres y los comandantes reales están muertos”... pero “acepto el daño que causé”, aunque todo se habría hecho dentro de la legalidad, pues “nos dejamos llevar por guías de la Fuerza Pública...” Nunca había actuado por su cuenta, solo actuaba recibiendo ordenes: de Las Farc, primero y del Ejército después; más tarde recibió las ordenes de Rodrigo Antonio Mercado Peluffo, alias “Cadena”, cuando entró a hacer parte de las Cooperativas de Seguridad creadas por ganaderos de Sucre; y posteriormente de los jefes del ‘Bloque Héroes de los Montes de María’, de las AUC.

Pero hay más similitudes. La llegada de Eichmann a la SS en 1932 no fue el resultado de una reflexión largamente madurada, ni obedeció a una adhesión ideológica profunda. Más aún, Hannah Arendt afirma que Eichmann no mostraba ningún rastro de antisemitismo o daño sicológico. Hannah Arendt, sorprendida por la simpleza de su defensa, introduce el concepto de “banalidad del mal”. Para ella, Eichmann no era ni un ser perverso ni un fanático doctrinario, como sí lo era el deforme, pequeño, y nada “ario” Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del III Reich. Concluye Arendt diciendo, que el mal no se presentaba sólo en psicópatas como Hitler, Bormann, Goebbels, Goering o Himmler. Se presentaba también en seres convencionales y triviales como Eichmann, un hombre de pocas ambiciones. Algo parecido ocurrió con Banquez, cuyo ingreso a los grupos armados no fue producto de una preocupación –o “toma de conciencia” como le llaman– sobre la adversa situación social que viven sus hermanos campesinos, sino el resultado de un reclutamiento arbitrario por parte de las Farc, cuando era apenas un niño.

Pero a diferencia de Eichmann que acusa a los jefes nazis –todos muertos–, de “haber abusado de su obediencia”, Banquez duda, pues dice que la orden había sido de gente de arriba –todos aún vivos–, y que “no tenía claro si el señor Salvatore Mancuso había explicado algo de eso, porque el señor ‘Jorge 40’ al parecer no aceptó los hechos”.

Pero hay más diferencias y mayores: la primera es que mientras el juicio a Eichmann se realizó en Jerusalén y fue cubierto por Hannah Arendt para la revista The New Yorker, el caso de Banquez, al cual nos referiremos enseguida, ocupa media página de un diario regional del Caribe y circula en un video que se encuentra en la red1.

La segunda es que el juicio a Eichmann le ocasionó una crisis personal a Hannah Arendt, de la que sólo logró sobreponerse –dos años después– en 1963, para escribir las casi 500 páginas de su Eichmann en Jerusalén2. Un informe sobre la banalidad del mal, considerado uno de los más importantes ensayos de ciencia política del siglo XX. Mientras que el conocimiento público más destacado del caso Banquez se presentó en el Santuario de San Pedro Claver en Cartagena de Indias, que guarda los restos del sacerdote jesuita defensor de los derechos humanos en la Colonia. Esta presentación pública se reduce a un ejercicio ritual de ‘sanación’, emperifollado con referencias empalagosas a la reconciliación y a la no repetición. Una de ellas en especial, repugna, pues señala la necesidad del perdón de las víctimas, para que los victimarios puedan superar los traumas y no vuelvan a delinquir. Sí, así como lo leen. Cito: “Que sea esta energía sanadora la que nos acompañe en este ejercicio y que en este diálogo humanizador de Yirley y Carmen [las dos víctimas que participan en el ritual] llegue tanto al corazón de Uber para que nunca más en su vida piense volver al conflicto. Que no se vuelva a repetir”, determinó la sicóloga de la Comisión de la Verdad, encargada de la presentación, antes de iniciar el ejercicio de sanación. Si, a veces, como nos recordó Hannah Arendt, la banalidad la encontramos en todo momento y por doquier, surge de lo cotidiano, de lo burocrático, y en personas cotidianas que hacen bien su trabajo y cumplen de manera protocolar sus funciones.

Con una espectacularidad que envidiaría el santero ingano, Abelino Agapito, “la sicóloga [dice el diario] sacó un frasco de aceite relajante y lo puso sobre la mesa, justo al lado del vaso en el que Carmen guardaba las envolturas de los chocolates que se comía. En la mesa también estaban unas uvas, ‘por si acaso alguno se enfurece mucho, un objeto redondo en la boca ayuda a tranquilizar’, señaló la sicóloga. A lado y lado de la tabla estaban dos velas apagadas. Ante la instrucción de la psicóloga, Yirley Velasco se levantó y tomó la caja de fósforos para disponerse a encender la vela que Uber tenía entre sus manos. Juntos la encendieron mientras Carmen, en una esquina, con la mirada perdida y apretando sus manos, esperaba su turno de encender la luz que representaba su voluntad de iniciar un proceso de reconciliación y perdón”.

Al comienzo del ritual, Uber había preguntado: “¿Ya no se dice victimario?, ¿ahora cómo es?” A lo que la sicóloga Julia respondió: “responsable, actor responsable”. “Es para humanizar la relación”, explicó.

En fin, las víctimas no recibieron de ‘Juancho Dique’ el menor indicio sobre las razones por las cuales sus familiares y amigos fueron asesinados y ellas –para la época niñas–, fueran abusadas. Una verdad que las víctimas de El Salado vienen exigiendo desde hace 20 años, desde que fueron estigmatizadas de pertenecer a las Farc o ser sus auxiliadoras.

Pero la ceremonia no buscaba escuchar de ‘Juancho Dique’ quienes ordenaron la peor masacre sucedida en el Caribe, y porqué se regó de sangre una tierra de humildes campesinos de una región –lacerada también por las Farc– que lleva el bello nombre de “Montes de María”. A cambio, ‘Juancho Dique’ recibió el anhelado perdón, que le “permitirá [como él mismo dice] dormir más tranquilo”. Banalidades del mal.

Gracias Hannah por tu generosa, ilustrativa y muy oportuna visita a los Montes de María.

Edición 670 – Semana del 22 al de 28 febrero de 2020

2 Un estudio sobre la banalidad del mal es un libro de la filósofa Hannah Arendt, publicado en 1963. En el texto la autora afirma que aparte de un deseo de mejorar su carrera, Eichmann no mostró ningún rastro de antisemitismo o daño psicológico.

   
 
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