Un huesito…

 

Ya no es la alegría del regreso del ser amado, no, es como cierto consuelo luego de la mendigada entrega de los restos de quien debió haber regresado caminando por entre la puerta; es la certeza que da paso al duelo irrevocable y que convierte la ansiedad de la esperanza más remota en resignación, amén.

 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, periodista y escritor – @alvarogonzalezu
 
 

“Nadie se resigna a perder un familiar para siempre. Nadie está dispuesto a no hacer un último esfuerzo para hallar, así sea, “un huesito”. A uno le viene la esperanza con ese caso. Vamos a ver. Ha pasado mucho tiempo, pero la peor diligencia es la que no se hace”.

Fueron las palabras de María hace pocos días en Dabeiba, Antioquia. Su hija desapareció a los 16 años cuando fue reclutada. (El Espectador, 23-2-2020).

Para María y cientos de colombianos se desató la esperanza por cuenta de la agridulce identificación de los restos de Edison Lexander Lezcano Hurtado la semana pasada en el cementerio de Dabeiba. Edison había desaparecido hace 16 años. Es el principio de otro capítulo más de otro tomo más de la nutrida enciclopedia de las guerras de Colombia: el de ponerle nombre y apellidos a los vestigios de esa práctica horrorosa de inventar enemigos, vestirlos de enemigos y luego asesinarlos como enemigos en combate con el fin de mostrar resultados por parte de agentes del Estado.

“Bajas” sin combate -asesinatos- a cambio de días libres, condecoraciones, ascensos y votos para próximas elecciones. Todos ponían: Ciudadanos humildes ponían sus vidas y sus familiares ponían-ponen sus lágrimas; agentes del Estado ponían sus garras y luego ponían sus pechos inflados exhibiendo medallas.

No, no tengo pruebas documentales que me indiquen que era una política de Estado. Solo opino sobre los hechos que se han comprobado hasta ahora y con eso me basta para opinar mi horror y mi dolor. Con un solo hecho me basta, con algunos hechos sí que más y con decenas me espanto. Solo con Edison y con la frágil esperanza del posible huesito de la hija de María tengo para llorar más a esta Colombia donde huesitos y jirones entierrados son el único sosiego de tantos ciudadanos que a fuerza de humillaciones se han vuelto generosos en sus reclamos.

Ya no es la alegría del regreso del ser amado, no, es como cierto consuelo luego de la mendigada entrega de los restos de quien debió haber regresado caminando por entre la puerta; es la certeza que da paso al duelo irrevocable y que convierte la ansiedad de la esperanza más remota en resignación, amén.

Y claro: Hay desaparecidos, asesinados, enterrados y mutilados en cuerpo y alma por parte de todos los actores de las guerras. Con mi pluma silenciosa me he dolido de todos durante varios años. Mi palabra no clama en la tarima, pero susurra desde el papel o la pantalla como una gota intermitente que salpica en círculo uniforme. Mi dolor ha sido siempre y por todos. Pero hoy mi dolor es por esos asesinados cuyos verdugos al disfrazarse de Estado eran más letales con sus víctimas. Y con el Estado y con Colombia.

Por todos los medios y redes sociales la semana pasada circuló el nombre de Edison Lexander. Por todos los medios y redes sociales desde hace dos meses circulan el municipio de Dabeiba y su cementerio, Las Mercedes. Allí se ha ido y se irá desenterrando la verdadera historia que quedará en la memoria ciudadana que esta sí nunca se podrá cambiar. Esos restos que van siendo rebautizados no son una versión sino una verdad histórica indeleble inmune a la tergiversación y al olvido, y también ajenos a los incisos de las justicias y sus penas. ADN por ADN son página por página del nuevo libro de historia patria.

Yo no sé cómo encontrarle, aunque sea ese huesito a la hija de María. Solo tengo mi pluma para darle esperanzas que es muy poco, casi nada. Yo no te conocí Edison Lexander, no fui tu amigo ni tu compañero del alma tan temprano pero sí lo fuimos de país y tengo mi pluma para llorarte, ¡qué digo!, ni siquiera esta vez mi pluma: tomo prestada la de ese poeta de tierra y llanto, de poesía profunda y dolorosa y de verdad y entrañas, Miguel Hernández.

Elegía, jirones de elegía por Edison y por la hija de María en Dabeiba; elegía por miles de colombianos humildes desenterrados o aún enterrados bajo el suelo y cielo de mi Colombialma:

“Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano. /…/ Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, / un empujón brutal te ha derribado. /…/ Quiero escarbar la tierra con los dientes, / quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes. / Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la noble calavera / y desamordazarte y regresarte…”.

Edición 671 – Semana del 29 de febrero al 6 de marzo de 2020
   
 
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