Gobernanza territorial o Barbarie

 

Creo que no estaba “despistado” el líder indígena Kimy Pernía, cuando decía que las comunidades indígenas embera katío del Alto Sinú tenían que desarrollar sus propias normas de gobierno, teniendo en cuenta los ‘mandatos de sus ancestros’, de conservar sus territorios. Según él, ese era el camino para oponerse a los ‘bárbaros’, que se llevaban la madera y destruían los bosques, y dedicaban las tierras de su amado resguardo Karagabí, para criar ganado o sembrar coca. Kimy, sin conocer el término, se estaba refiriendo a lo que posteriormente llamarían “Gobernanza Territorial”.

 
Efraín Jaramillo Jaramillo
 
Colectivo de Trabajo Jenzera
 
 

“Has de saber Sancho… que todas estas borrascas que nos
suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo…”
Don Quijote

La televisión colombiana viene presentando un ciclo de películas denominado “aislados”, en las cuales se documenta el contexto social y las condiciones de vida de algunas comunidades en diferentes regiones del país —Pacífico, Amazonia, Caribe—, cuyos rasgos comunes es un relativo “aislamiento voluntario” de la sociedad nacional. No es un total aislamiento geográfico y cultural de pueblos indígenas —llamados “no contactados”—, que decidieron “voluntariamente” vivir al margen de la sociedad occidental y que, aunque reducidos y hostigados por la colonización de caucheros, misioneros, coqueros y guerrilleros, persisten tenazmente en sus modos de vida, rehusando cualquier contacto con personas pertenecientes a la llamada “cultura occidental”1.

En los casos que muestra este seriado documental, se trata, por el contrario, de un aislamiento geográfico de algunas familias, originado en procesos de colonización antiguos y con larga trayectoria de adaptación a nuevos ecosistemas. En el caso del Pacífico y la Amazonia, se trata de procesos de movimientos internos en la propia región. Gracias a sus conocimientos e interdependencia recíproca con el medio ambiente, este aislamiento les permitió a sus pobladores mantenerse al margen de procesos productivos orientados por la economía de mercado, que inducía a las comunidades a una explotación insostenible de los recursos ambientales.

No obstante, hay un tercer tipo de aislamiento más reciente, que se ha intensificado de manera progresiva durante los últimos 50 años. Se trata de un aislamiento “no voluntario” de personas y familias —a veces de comunidades enteras— provocado por situaciones de diverso orden. Las circunstancias son extremadamente variables: Desde aquellas poblaciones que, huyendo de la violencia, se internaron en territorios para ellas desconocidos, hasta familias campesinas desposeídas de la tierra, buscando nuevos horizontes, donde reconstruir sus vidas. Desde comunidades, que dirigidas inicialmente —y después abandonadas a su suerte— por el Estado o grupos rebeldes, se internaron en la manigua, hasta aquellas que fueron compelidas por actores armados a abandonar una región para la expansión de monocultivos de palma aceitera, banano y otros cultivos de plantación, incluida la coca.

Este aislamiento —a diferencia de los anteriores— supone un sentimiento de soledad y abandono, y al mismo tiempo, un entorno en el que han perdido significación los objetivos y valores que son esenciales para vivir en sociedad. Para describir una situación social de tal naturaleza, Durkheim usó el concepto de “anomia”, un término que se refiere a una situación social caracterizada por ausencia de normas. En realidad, significa la disolución de lo que entendemos por sociedad.

Existen una serie de indicadores subjetivos de los fenómenos de anomia que están asociados a la evolución de la estructura social y económica del capitalismo: exclusión social, abandono, incertidumbre y ausencia de autorrealización individual o colectiva. Es en ese contexto que Durkheim empleó el término de “anomia social”, para describir cómo las desigualdades sociales, producto de las dinámicas económicas del capitalismo, influyen en las comunidades, que al advertir que las normas bajo las cuales viven carecen de un sentido de justicia y equidad, dejan de observarlas.

Algunos pueblos indígenas —desafortunadamente pocos—, han intentado por diferentes vías, invertir esta anomia social que, por lo general, produce “alienación” en las comunidades. Con el término de “alienación” la sociología de orientación marxista explica el ‘distanciamiento’ (enajenación, o extrañamiento) que experimentan individuos o comunidades, respecto a las condiciones sociales, de las cuales son tanto sus creadores, como sus resultados.

Una de esas vías que usualmente transitan las organizaciones indígenas para afrontar procesos de alienación en sus comunidades, es la de instaurar o fortalecer formas de gobierno, propias y autónomas, socialmente convenidas y culturalmente adaptadas, en concordancia con las urgencias del momento, de mantener sus territorios al margen de cualquier actividad económica que destruya sus bienes ambientales. Es una modalidad de gobierno que ha sido definida como “gobernanza territorial”.

Subrayo ‘pocos’, pues en la práctica, como se deduce de la investigación colaborativa de los estudiantes de la Escuela Interétnica del Pacífico, la intervención de agrupaciones externas a las comunidades —ONG públicas y privadas, misioneros, partidos políticos o grupos armados —ha sido decisiva en la instauración de normas de gobierno en las comunidades, que se presentan como “reglamentos internos”, pero que poca utilidad tienen para el control sobre el uso de los recursos naturales.

En contextos sociales caracterizados por exclusiones políticas y desigualdades socioeconómicas, estos aislamientos territoriales producen espacios asimétricos, donde la vida cotidiana de las comunidades, se desenvuelve en un contexto de diferencias: las tierras fértiles son destinadas para ganaderías y cultivos agroindustriales que arruinan y erosionan los suelos tropicales —no aptos para actividades agropecuarias y monocultivos de plantación—, mientras las comunidades “involuntariamente aisladas”, se encuentran “confinadas” en áreas donde la degradación ambiental ha sido alta. Una situación que las ha forzado a cambiar sus sistemas de producción adaptados a las condiciones agroecológicas del bosque tropical, y a adoptar con limitadas condiciones de producción, técnicas de cultivo extrañas a su medio, que acarrean riesgos ambientales y reducen la natural capacidad de resiliencia de los suelos.

En alemán existe el término “unheimlich”, de difícil traducción al español, por la multiplicidad de situaciones que puede describir: desconocido, extraño, angustioso, siniestro, etc. En sentido literal ‘unheimlich’ es un adjetivo que significa estar fuera del hogar (Heim), en un lugar desconocido, en el que nos sentimos extraños y aterrados, y con algún umbral de ansiedad, provocada por precariedades materiales. Para describir situaciones de esa naturaleza, Freud utilizó ese término para explicar el estado anímico de aquellos pacientes, que presentaban señales de angustia, al percibir que se encontraban en otra realidad que no era la de ellos.

Así es exactamente, como se ven a sí mismas estas comunidades aisladas: perciben que se encuentran en un lugar desconocido, un entorno que no es el suyo, y en situaciones de “anomia social” que generan procesos de “alienación”, lo que invariablemente conduce a la pérdida de identidad y menoscabo del ‘sentido de pertenencia’ a un determinado territorio y colectividad social.

Y así como Freud calificaba de “psicóticas” a las personas que sufrían trastornos mentales, caracterizados por una desconexión con la realidad —o que se perciben en otra realidad—, las comunidades involuntariamente aisladas pueden ser calificadas de “desarraigadas”, un término que la antropología ha agregado a su léxico, para expresar que hay individuos que pierden —voluntaria o forzadamente— los vínculos con su territorio, rompiéndose todas las relaciones orgánicas y parentales que los unen a él. Es una situación que sucede, entonces, cuando alguien es separado de su entorno social, cultural y territorial, donde tiene sus raíces, ligado a una comunidad a la cual pertenece y le brinda seguridad.

A manera de conclusión, en casi todas las regiones del Pacífico —pero también, y de forma creciente, en otras regiones como la Amazonia y la Orinoquia— encontramos comunidades que experimentan situaciones de desarraigo, y/o situaciones de anomia social y alienación, que las coloca en situaciones de indefensión ante la penetración de proyectos económicos y políticos “contraproducentes” —por llamarlos de alguna manera— que no satisfacen necesidades humanas, sino que han generado en ellas nuevas formas de pobreza —económica, cultural, ambiental, espiritual—, nuevas amenazas y nuevas vulnerabilidades. Lo que demuestra que, en situaciones de desigualdad, como las que existen en nuestro país, cualquier aislamiento territorial, se desarrolla en un contexto de diferencias, donde las comunidades entran en un circulo vicioso que aumenta su decadencia y las aleja cada vez más de la posibilidad de conformar una gobernanza propia.

Creo que no estaba “despistado” el líder indígena Kimy Pernía, cuando decía que las comunidades indígenas embera katío del Alto Sinú tenían que desarrollar sus propias normas de gobierno, teniendo en cuenta los ‘mandatos de sus ancestros’, de conservar sus territorios. Según él, ese era el camino para oponerse a los ‘bárbaros’, que se llevaban la madera y destruían los bosques, y dedicaban las tierras de su amado resguardo Karagabí, para criar ganado o sembrar coca. Kimy, sin conocer el término, se estaba refiriendo a lo que posteriormente llamarían “Gobernanza Territorial”.

Edición 671 – Semana del 29 de febrero al 6 de marzo de 2020

1 En la Amazonia colombiana, según las investigaciones de Roberto Franco, existen varios grupos indígenas aislados, entre ellos los yuri y los passé, cuya presencia ha sido confirmada en el Parque Nacional Natural Río Puré.

   
 
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