Más allá del Covid-19

 

Lo que se debe poner en crisis, una vez más, es el proyecto civilizatorio universal, en particular aquel que erigió a la ciudad como su mayor triunfo y ejemplo a seguir. A lo mejor, después de examinar con rigor los problemas de sostenibilidad que en perspectiva sistémica exhiben hoy las ciudades y urbes en el mundo, la humanidad encuentre otras formas de estar en el planeta.

 
Germán Ayala Osorio
 
Comunicador Social y Politólogo
 
 

Más allá del origen real del coronavirus, declarado por la OMS como pandemia, vale la pena revisar varios asuntos, a partir del miedo-terror generado por la industria mediática mundial.

Iniciemos con el aún no claro origen del covid-19. Si resulta cierta la versión que indica que este fue inoculado por fuerzas norteamericanas en la China, o creado en un laboratorio con fines de control poblacional, estaremos ante un nuevo escenario de confrontación político-militar, esto es, una guerra bacteriológica, biológica o virológica de nuevo cuño. Escenario posible, si tenemos en cuenta la desarrollada capacidad humana para eliminar a sus adversarios o a esos otros que lleguen a competir por agua, alimentación o por un lugar donde guarecerse.

Por el contrario, si el virus que produce la enfermedad llamada coronavirus tiene origen ecológico-ambiental en virtud de los deficientes manejos de disímiles residuos, contaminación generalizada del aire, de ríos y acuíferos y la convivencia humana en condiciones de hacinamiento y por lo tanto, en pobres ambientes asépticos; o si provino del contacto con algún animal en particular, entonces, la humanidad entera está llamada a revisar su lugar en el planeta y por esa vía, pensar en escenarios de decrecimiento sistémico: poblacional, económico y cultural.

El discurso unívoco de la modernidad metió a la humanidad entera en una inercia reproductiva que sirvió no solo para someter proyectos de vida distintos (comunidades aisladas, con prácticas sostenibles y con relaciones consustanciales con la Naturaleza), sino para imponer una única racionalidad para estar en el planeta: la racionalidad económica, con la que todo alcanza un valor transaccional.

Con la ayuda de instituciones disciplinantes y de control, el ser humano entró en una espiral de dominio incontrolado de la naturaleza y de auto sometimiento a las condiciones reproducidas en el tiempo de esa inercia de crecimiento (poblacional y económico) que derivaría, por ejemplo, en la construcción de urbes superpobladas, consideradas, sin mayor discusión, como un indiscutible triunfo civilizatorio. Éxito que debe ser mirado a la luz de los millones de seres humanos que sobreviven en condiciones generalizadas de precariedad y a los retos ecológicos-ambientales que imponen ciudades inviables desde la perspectiva de una sostenibilidad sistémica.

Sobre la forma como la industria mediática global asumió el covid-19, hay que decir que los tratamientos periodístico-noticiosos, en general, han sido desacertados, en la medida en que se privilegió la generación de miedo, en lugar de buscar explicaciones científicas del origen, el manejo responsable de la información y la revisión de prácticas culturales asociadas, por ejemplo, al consumo sin control, de artículos de aseo, como ya se ha visto en ciudades de Estados Unidos y Colombia.

El miedo generado por los medios de comunicación es de tal magnitud, que pareciera que la muerte, o morir, haya abandonado su lugar natural en la condición humana, para convertirse en una “ruleta rusa” en la que la suerte se pone por encima de cualquier otra circunstancia, incluso, aquella que indica que somos finitos y la única especie que al parecer hace consciencia de ello.

Mientras encuentran la vacuna al covid-19, y los agentes económicos mundiales miden y evalúan las consecuencias económicas y políticas de medidas como las cuarentenas de grandes urbes, la reducción de viajes internacionales y en general, los efectos en la dinámica global de la economía de mercado, sería interesante que los centros de pensamiento y las universidades promovieran discusiones de fondo no solo sobre los efectos sistémicos que deja esta pandemia, sino sobre la presencia dominante del ser humano en el planeta y sus efectos.

Lo que se debe poner en crisis, una vez más, es el proyecto civilizatorio universal, en particular aquel que erigió a la ciudad como su mayor triunfo y ejemplo a seguir. A lo mejor, después de examinar con rigor los problemas de sostenibilidad que en perspectiva sistémica exhiben hoy las ciudades y urbes en el mundo, la humanidad encuentre otras formas de estar en el planeta. Eso sí, siempre y cuando hagamos conciencia de la necesidad de vencer esa inercia que, asociada a la racionalidad económica, nos convirtió en una especie aviesa, capaz de modificar y dominar los ecosistemas naturales hasta llegar hoy a lo que se considera como el Antropoceno; y de auto destruirse o de destruir a aquellas comunidades y pueblos señalados previamente como “dañinos, peligrosos, civilizadamente inviables” o por cualquier otra razón (cultural, política o económica).

Parece ser que, por cuenta de la industria mediática mundial, pasamos de la sociedad del riesgo, de Ulrich Beck (2002, 2), a la sociedad del miedo a vivir juntos. Termino esta columna con una cita tomada del autor referido:

[...] “la globalización, la individualización, la revolución de los géneros, el subempleo y los riesgos globales (como la crisis ecológica y el colapso de los mercados financieros globales). El auténtico reto teórico y político de la segunda modernidad es el hecho de que la sociedad debe responder simultáneamente a todos estos desafíos”.

Edición 674 – Semana del 21 al 27 de marzo de 2020
   
 
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