Una cosita chiquita

 

Una cosita chiquita –insignificante, hasta podría decir uno de ignorante– nos viene a reclamar el trono de “reyes de la creación”, no usurpa, no, nos viene a poner en nuestro sitio que es el mismo del homo sapiens en la llanura huyendo desnudo de fieras y relámpagos o corriendo tras otras criaturas para comérselas.

 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, columnista y escritor
 
 

¡Qué lección la que nos esperaba este 2020! Es una cosita chiquita, tan diminuta que solo la han visto en vivo algunos científicos y que los demás solo podemos ver en fotos como una bolita con punticas alrededor. Pues esa cosita chiquita nos grita a toda la humanidad: ¡Pare! Y nos lo dice de una manera silenciosa pero más elocuente y atronadora que las sorprendentes explosiones que producen traspasar la barrera del sonido o los misiles interoceánicos o las bombas atómicas desde la de Hiroshima, todas fruto de la “maravillosa” inteligencia humana, de la creatividad científica, pero claro, también de la grandiosa estupidez humana.

Una cosita chiquita –insignificante, hasta podría decir uno de ignorante– nos viene a reclamar el trono de “reyes de la creación”, no usurpa, no, nos viene a poner en nuestro sitio que es el mismo del homo sapiens en la llanura huyendo desnudo de fieras y relámpagos o corriendo tras otras criaturas para comérselas.

Una cosita chiquita que avanza más arrolladora que el ejército mongol, que las hordas de Atila, que las filas del imperio romano o que las tropas aliadas en Normandía.

Una cosita chiquita nos dice que somos mucho más chiquitos que ella, que no hemos logrado nada y que, por el contrario, hemos retrocedido enredados entre tuercas, tornillos, circuitos y espectros espectrales; nos dice que la llegada a la luna en verdad sí fue solo un paso de un hombre; que las pirámides y las demás “siete maravillas del mundo” eran y son castillos de arena.

Una cosita chiquita nos dice que el puente más largo, el edificio más alto, el túnel más prolongado, el auto o el avión más veloces, la inteligencia artificial más inteligente, la banda más ancha, la fortuna del hombre más rico del mundo, y que otros y todos esos “mases” son menos que cosas chiquiticas; nos dice que el gobernante más poderoso y el monarca más soberano ostentan coronas de latón frente a la omnipotente corona de esa cosita chiquita.

Esa cosita chiquita nos dice que el avance de la humanidad no ha sido tal, que nunca podremos hablar de avance mientras no sepamos ni podamos dominar cositas chiquitas como esa, pero, en especial, dominar otras que ni siquiera son chiquitas porque no tienen átomos ni materia alguna, no tienen mensura física: la estupidez, el odio, la codicia, la intolerancia, la soberbia.

No es la primera cosita chiquita que nos pone en vilo ni será la última. Lo primero es adquirir la fortaleza mental para afrontarla y comprender que se trata más que una cosita chiquita: es nuestra forma de pensar, nuestro comportamiento, nuestro rumbo. ¿Medidas? Muchas: draconianas y débiles; físicas y mentales; rudimentarias y avanzadas; grises y coloridas... Coloridas y mágicas, como las que adoptó José Arcadio Buendía para que Gabo no tuviera que interrumpir Cien años de soledad que estaba saliendo tan buena novela como en verdad terminó páginas después:

“…Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadido al pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía de la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como les quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar sus campanitas para que los enfermos supieran que estaban sanos. No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad solo se transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas por el insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir…”.

En el realismo no mágico que hoy vivimos no es dejar la “inútil costumbre de dormir” sino que para muchos será dejar la de pronto inútil costumbre de vivir, que quizás dormir sea morir un poco y viceversa. Una cosita chiquita no dejaba dormir a los pobladores de Macondo y otra cosita chiquita desvela hoy a este Macondo planetario ante el temor de que a muchos nos ponga a dormir para siempre.

Trinovirus: A lo mejor quien mutó no fue el virus sino los seres humanos... Desde hace mucho somos nuestro propio virus.

Edición 674 – Semana del 21 al 27 de marzo de 2020
   
 
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