Como para siempre

 

La lección es muy clara: Vivamos cada momento con alguien como si fuera el último, despidámonos como si fuera el último adiós, abracemos como si nunca más volviéramos a sentir ese abrazo y demos un beso como si fuera el último -“como si fuera esta noche la última vez”…-.

 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, periodista y escritor – @alvarogonzalezu
 
 

Nos ha sucedido a todos siempre, pero a medida que nos corren los años es más notable, ya sea porque sucede más a menudo o porque somos más conscientes de ello.

Recordar cuándo fue la última vez que abrazamos a alguien, que le dimos un beso, que le estrechamos “esos cinco”, que pasamos un rato con él o que simplemente nos vimos o lo vimos. Me refiero a tantas personas que se van volviendo cotidianas en nuestra vida por razones de afectos, de convivencia, de trabajo o porque hacen parte de la escenografía de nuestra rutina. Unas más cercanas que otras pero que están -estamos- ahí como las montañas, el mar o el aire. Las creemos eternas, nos creemos.

Y aunque es una reflexión propiciada por la incertidumbre nacida de la emergencia de salud mundial que hoy vivimos y por la cuarentena que nos dejó enclavados en islas, no es solo por los tiempos de crisis que la traigo en esta columna: es algo que nos ha pasado muchas veces en cualquier tiempo y nos seguirá sucediendo hasta que sea uno mismo quien se vaya para siempre.

Hablo por mí hoy: Cuando abracé la última vez a mis hijos, cuando les di ese beso, nunca supe que podría pasar mucho tiempo y que, quizás, sería por última vez. Y con esto último no quiero ser fatalista, pero, además de que hoy es una realidad por pesadilla que parezca, puede suceder en cualquier momento: con pandemia o sin pandemia.

Es que ya me ha pasado, como esa vez que me despedí de mi padre, de mis abuelos, de algunos amores, de tantos amigos y de cientos de personas cercanas cotidianas, esa vez nunca supe que era la última vez. Como tampoco supe que era la última vez cuando con tantos compartíamos momentos, nos reíamos juntos, conversábamos, brindábamos o cenábamos la última cena, ¡salud!, ¡buen provecho!

La lección es muy clara: Vivamos cada momento con alguien como si fuera el último, despidámonos como si fuera el último adiós, abracemos como si nunca más volviéramos a sentir ese abrazo y demos un beso como si fuera el último -“como si fuera esta noche la última vez”…-. No quiero decir de manera literal que pensemos en ese momento feliz como el último: sería absurdo borrarlo con tristeza y pesimismo. No, quiero decir que todos esos momentos los disfrutemos al máximo, con la intensidad que se merece la alegría de estar vivos y de tener a tanta gente cerca y en contacto.

Sentir y expresar “qué rico abrazarte y despedirme de ti”, “es tan rico que espero volver a abrazarte pronto y darte un beso, conversar contigo; compartir tramos de vida contigo”.

Por eso apreciemos mucho el valor de un beso, de un abrazo, de una conversación, de cualquier actividad conjunta. Incluso, no solo con los seres humanos: también apreciar y extasiarnos con las demás criaturas de la naturaleza -que también somos- y los bellos lugares, pequeños y grandes; con los paisajes, ríos y riachuelos; con el agua cuando nos bañamos y la bebemos o con el aire cuando respiramos y aleteamos los brazos. Abrazar montañas y valles, abrazar a este planeta porque no sabemos cuándo dejaremos de ser lo que somos para ser su vientre en otras entidades. Abrazar la Tierra es disfrutar el bello e inevitable camino hacia fundirnos con ella que inicia desde que nacemos.

Por eso vivamos como si fuera la última vez, pero sin pensar ni sentir que es de verdad la última vez.

No sé si me hice entender.

No hay nada más fatal, más triste y doloroso que dejar una palabra de amor pendiente, un sentimiento sin aflorar, un abrazo atado al cuerpo propio, una sonrisa dibujada en la mente, un sentir de alegría sin alumbrar, una conversación sin sonido, dos pocillos de café servidos, unas excusas adosadas a la soberbia, un perdón anudado al rencor, unas gracias sujetadas por la arrogancia.

Hazlo hoy, ¡inténtalo hoy! De lo contrario te quedará algo terrible, algo casi imposible de arrancarte: el remordimiento. Y si no le temes a lo que sea, témele al remordimiento.

Con la prudencia del caso, claro, con la sinceridad por delante, claro, haz todo como si fuera la última vez, no te guardes nada, actúa como para siempre.

SUSPIRO: Y claro, no sabemos amable lector cuándo será la última vez que usted lea mi columna semanal, sin dramatismos ¡eh!, pero sea por lo que sea, ese día llegará, y yo estaré agradecido de que usted me haya leído porque espero haya sentido un leve toque en su corazón que con eso me basta.

Edición 675 – Semana del 28 de marzo al 3 de abril de 2020
   
 
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