Entrevista a don Coro

 

Tranquilo, no deseo dañarlos, quiero paz. Es simple: Ustedes deben construir dentro de sí las armas adecuadas para acabarme. En el micromundo sabemos que lo lograrán porque son astutos, en especial ante los apremios. Las instrucciones están en mí…

 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, periodista y escritor – @alvarogonzalezu
 
 

Me desperté de súbito. No recuerdo bien la hora, quizás eran las tres de la mañana. Como siempre he dormido poco eso es fatal para mí porque trato de concentrar el sueño en pocas horas. Una desvelada puede significar anticipar el día. Esa noche, hace pocas noches, mi despertada brusca fue extraña. Sentí “una presencia”, como dicen. Pero esa “presencia” era más extraña que cualquier presencia.

Prendí la luz y ahí estaba puesta en el borde final de mi cama. Era como una pelota grande –calculo un metro de diámetro– de varios colores y erizada con puntas de 20 a 30 centímetros que remataban en unas bolitas. Sí, eso, erizada, ¡un erizo de mar gigante!, era el único parecido que encontraba con algo que hubiera visto. Mi cama, ese despertar, soledad y ese monstruo: con esos ingredientes de inmediato pensé aterrado en “La metamorfosis” de Kafka. Pero no, estaba claro que yo seguía siendo yo y que esa cosa era esa cosa.

Éramos dos, frente a frente y, más extraño aún, ambos como a la espera de un diálogo. Al principio esa cosa no tenía boca ni ojos ni nada por donde uno pensara que pudiera hablar, pero algo en ella me decía que esperaba comunicarse. Recordé los cuentos de aparecidos de mi abuela y estuve a punto de exclamar “de parte de dios todo poderoso que quiere”, pero callé. Se supone que no creo en espantos y presentía ese encuentro cercano diferente y quizás útil.

Mi curiosidad le ganó al temor y empecé yo:

–¿Quién es?–. Y al instante se le dibujó una cara.

– Soy lo que quizás pensaste cuando me viste, Álvaro, solo que tus ganas de hablar conmigo hacen que me veas muchísimo más grande de lo que soy. Para que no nos enredemos, llámame “Coronavirus”, así me dice hoy el común de la gente como tú, pero los coronavirus somos una familia muy grande. Los científicos me bautizaron bien raro: “SARS-CoV-2” y cuando entro en el cuerpo de ustedes los humanos causo una enfermedad que nombraron Covid-19, eso ya lo sabes. Pero repito, llámame Coronavirus. Es más, si quieres dime Coro, para los amigos...

Mi extrañeza y temor se convirtieron en miedo puro cuando empezó a hablar, pero el miedo se volvió terror cuando se presentó con esas palabras (¿sí serían palabras?, ¡qué importaba ya!). Claro, y cuando me invitó al trato de amigos entré en pánico. Respiré profundo y le dije:

– Sí, lo imaginé, casi todo el Planeta lo sabe, pero esto es raro, ¿qué quiere aquí en mi cama y a estas horas?-, exclamé con voz temblorosa. Me arrepentí de mi voz. “No-mostrar-miedo, no-mostrar-miedo…” me repetía, como cuando de niño me enseñaron si se me arrimaba un perro. “Vino por mí”, pensé, “no sabía que así era”.

– Vine porque supe que desde hace rato querías una entrevista conmigo para publicarla. Bueno, acá estoy.

– Gracias, don Coro.

– Adelante Álvaro, tengo poco tiempo, siguiente pregunta.

– Pero, ¿vino por mí? ¿Me va a enfermar?

– No, al menos por esta vez no. Te has cuidado bien. Pero pregúntame cosas menos personales, por favor, tengo mucho trabajo por estos meses, dijo el muy cínico.

– Don Coro, ¿por qué nos ataca a los humanos y de esa manera tan cruel?

– Error, Álvaro, yo no ataco ni soy cruel. Las acciones y pasiones no caben en mí. Por eso me molesta que me digan “enemigo”. Mi proceder es una interacción física y química entre lo externo y mi ARN (ya sabrás que no soy ADN sino ARN, pero dejemos eso para don Google). Me muevo como muchas cosas: como el viento, bueno, como los huracanes; como explota un volcán, sí, como un volcán, recuerda que la Tierra es un solo volcán con muchas salidas. Es un lugar peligroso, Álvaro, también para mí…

– ¿De dónde surgió?

– Pues aunque te suene paradójico somos hermanos… Nací de una mezcla casi mágica de agua y luz, como mucho de lo que nos rodea. No me preguntes dónde ni vayas más atrás, ya te conozco. Nada de Dios ni Big-Bang, hoy estamos acá y ya.

– Puede no responder esta pregunta porque sería suicida: ¿Cómo lo combatimos?

– Tranquilo, no deseo dañarlos, quiero paz. Es simple: Ustedes deben construir dentro de sí las armas adecuadas para acabarme. En el micromundo sabemos que lo lograrán porque son astutos, en especial ante los apremios. Las instrucciones están en mí…

– Perdone que insista don Coro, ¿por qué nos quiere matar a los humanos?

– ¡Uf!, vaya contigo, Álvaro. Bueno, aquí sí me extiendo más aunque breve para semejante pregunta: Mira, solo busco mis espacios. Desde que surgí y soy una entidad autónoma (porque evolucioné como tu especie y evolucionaré también como tu especie) debo, por un lado, alimentarme y, por otro lado, buscar dónde estar. Soy casi autómata, créeme, mejor dicho, es simple instinto de conservación de especie. Tú y tu especie también sienten eso. Y ten en cuenta para que no me juzgues mal, te lo repito con otras palabras: no busco hacer daño. No soy como tu especie que demanda y escarba más espacios de los que necesita, que ha perseguido el tal progreso a costa de los demás compañeros de planeta, arrasando, succionando, destruyendo y revolviendo provocando mutaciones de todo. Sí, sé que están asustados, pero el daño que mi instinto causa es nada comparado con el que la “razón” de los humanos ha causado. Ustedes se excedieron, esa codicia, esa ambición ilimitada, en fin, no vine a regañarte. ¿Estamos?

– Estamos, le respondí, aunque dije entre dientes: “Estamos hasta que usted quiera, don…”.

Pero me alcanzó a escuchar.

– No. Hasta que ustedes quieran. Y puedan… Chao, y giró.

– Pero, ¿y ya?, ¿eso es todo don Coro?, ¿se va?, tengo más preguntas.

– Suficiente, Álvaro. Bastante tengo con las preguntas, esas sí importantes, que me están haciendo los científicos, me debo ir ya, espero no volverte a ver ni ser tu pasajero, pero todo depende de ti y de la gente que te rodee dónde estés.

– Cof, cof, cof, cof-, empecé a toser secamente con pánico cuando don Coro salía por la puerta casi desapareciendo.

– Cof, cof, ¡traidor!, le alcancé a decir entre mi tos, sin ya saber a quién. No respetó su palabra ni mi condición de periodista de ocasión. ¡Se me metió adentro!

Alcancé a escuchar su voz, esta vez solo su voz sin cuerpo que por fortuna no era una voz interior mía…

– No, esa tos la creaste tú con el susto. Yo te aviso con más tiempo, si me sientes, claro. ¡Ah!, y tres cosas: lávate las manos, cambia esas sábanas y duerme con tapabocas por si regreso.

– Cof, cof, cof, cof…

Edición 676 – Semana del 4 al 10 de abril de 2020
   
 
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