Tapaboquis nada

 

Algo tan simple como jugar bolas o “canicas” era un gran aprendizaje para la vida. Allí estaban el valor de la palabra, el respeto por el turno (Prior in tempore potior in iure: primero en el tiempo, mejor en el derecho) y la resolución pacífica de conflictos.

 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, periodista y escritor
 
 

“Descoronavirucémonos” un poco.

No, no estoy haciendo un llamado a la desobediencia civil o al contagio irresponsable cuando titulo “tapaboquis nada” porque no me refiero a los tapabocas que debemos usar por estos días (me gusta hablar de “días”…). Me refiero al “tapabocas” que de niños formábamos con los pies como una de las reglas para jugar “bolas”.

Sí, las bolas…, más elegantemente canicas, pero nosotros las llamábamos simplemente “bolas”, de cristal, aunque no siempre eran de ese material. De dicho juego infantil quiero hablar y recordar para que nos “descoronavirucemos” un poco.

Juegos felices.

Eran épocas machistas: Por lo general las bolas eran de hombres –hablo del juego, claro– pese a no ser un juego de impacto, quizás porque a veces exigía arrastrase por el suelo.

Las bolas eran de cristal en su mayoría. Entre las de cristal las había comunes (transparentes con vetas internas de un solo color), tricolores y transparentes del todo. Las dos últimas menos comunes y por tanto más valiosas. Luego estaban las “bogotanas”, cuyo material era una especie de porcelana con colores diferentes en los polos y una banda blanca irregular más pequeña de cinturón. En la cima estaban las “chinas”, de un solo color denso; eran las reinas bolas.

Más por “chicaniar” que, por útiles, también se usaban bolas de metal. Algunas las sacábamos de la boquilla de las botellas viejas de un licor que no recuerdo. Su ventaja para jugar era su misma desventaja: por pesadas eran más mortíferas al chocar con las de cristal, pero su peso las hacía más difíciles de manejar. También estaban los “bolonchos”: bolas dos o tres veces más grandes. No era permitido jugar con estas y, además, eran muy incómodas.

Muchos teníamos la “tiradora”, una bola especial y personal que por el uso se había vuelto áspera y “roñosa”, lo cual facilitaba su aprehensión con los dedos con el fin de afinar su lanzamiento. La tiradora nunca se entregaba cuando el juego se perdía: se reemplazaba por otra común, siempre y cuando se advirtiera antes. La palabra era sagrada.

Ese era el arsenal. Los juegos eran variados. “El hoyo” el más común: Su objetivo era embocar la bola en un pequeño hueco cavado previamente en la tierra, lo cual, una vez logrado, convertía cada bola en asesina letal con el poder de sacar del juego a los demás competidores si se les pegaba un bolazo en las bolas (en las de cristal). El trofeo era la bola perdedora. Cuando una bola no había sido embocada podía empujar a las demás, pero el golpe no era mortífero: se llamaba “arriar” y el fin era alejar las demás bolas del hoyo o de la propia.

También estaba “el arroyuelo”: Se demarcaba un círculo en el suelo dentro del cual cada jugador ponía sus bolas, una o varias; servía una baldosa marcada cuando la cancha era elegante. El objetivo era ganarse las bolas “cace” sacándolas del arroyuelo con la bola propia. “La casita” consistía en armar una pirámide con cuatro bolas a la cual los demás le lanzaban bolas para tumbarla. Si el tirador –apostado a unos dos metros– tumbaba la casita, se quedaba con las cuatro bolas y si fallaba perdía su bola con el dueño de la casita. En el “pipo y cuarta” los jugadores se perseguían con sus bolas. Ganaba quien le pegaba a la bola del otro o quedaba a una cuarta de mano. El premio: la bola.

Pero entre todas las modalidades el hoyo era la clásica. Tenía varias reglas acordadas antes de cada partida en donde la validez de la palabra era sorprendente y admirable: El tapabocas o “tapaboquis” (se usaba acabar los términos en “is” para darle cierta importancia y complicidad al juego) consistía en poner tras la bola los pies en V, abiertos en las puntas y cerrados en los talones. Su uso o prohibición dependía de quien dijera primero “tapaboquis” o “tapaboquis nada”. Si ganaba “tapaboquis”, quedaba la opción de que el objetivo dijera “¡de revueltis nada!” para impedir perder cuando la bola del otro al chocar con los pies se devolviera e impactara la suya en carambola.

Era la fuerza sagrada de la palabra. Quien la expresara primero nada que hacer los demás. Se respetaba como la más solemne y eficaz de las constituciones, jamás se ponía en duda. Una de esas “invocaciones” que más me llamaba la atención (todavía hoy) era expresar antes de cada juego: “¡con todas las buenas para mí y con todas las malas para ustedes!”. El primero en decir esa frase tenía derecho a que las dudas presentadas en el juego se resolvieran a su favor, aunque más que todo era una suerte de conjuro mágico.

Algo tan simple como jugar bolas o “canicas” era un gran aprendizaje para la vida. Allí estaban el valor de la palabra, el respeto por el turno (Prior in tempore potior in iure: primero en el tiempo, mejor en el derecho) y la resolución pacífica de conflictos.

Amable lector y lectora: Con todas las buenas para ustedes en su salud.

Edición 678 – Semana del 18 al 24 de abril de 2020
   
 
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