Humanos y naturaleza en tiempos de pandemia

 

La destructora acción de los virus que nos tocó en este tiempo ha desnudado el lado oscuro del mundo natural, aquel que desde sus propias lógicas biofísico químicas “no le pide permiso a nadie” como Kant lo recordara, que nos confronta y reta poniéndonos en la disyuntiva de decidir entre ella o nosotros.

 
Oliverio Gómez Hernández
 
Sociólogo, Lic. Y MG en Filosofía
 
  Un aporte para ser más constructivos y prudentes

Gracias a quienes han escrito las lúcidas reflexiones hechas en medio de esta emergencia sanitaria, económica, social y ambiental; es larga la lista si me pongo a mencionar sus nombres y, seguramente, caería en el ingrato olvido de algunos importantes. Han hecho más liviana la pesada carga de abordar un panorama complejo que reta a tod@s para entenderlo. Las siguientes ideas constituyen un modesto aporte de algunos insumos para enriquecer la discusión:

1 – En esta coyuntura histórica han aparecido toda clase de profetas del desastre, inesperados milenaristas, o quienes inventan escenarios fantásticos para refugiarse en ellos y darle la espalda al mundo, que se olvidaron que este microorganismo patógeno no ha sido ni será el último con el que hemos tenido y tendremos que lidiar, si queremos sobrevivir; más ahora que se les ha ocurrido la vesania de crearlos en laboratorios, por cierto que acusaciones van y vienen hoy al respecto y es de esperar que la opinión pública independiente arroje algunas luces. Hasta ahora gracias al conocimiento humano hemos podido enfrentar sus embates y seguimos y tenemos que continuar en esa tarea.

A aquellas personas comprensiblemente angustiadas por el curso de la emergencia actual hay que decirles que arúspices de los infortunios humanos ha habido con o sin pandemia, hay que invitarles también a que tengan perspectiva histórica y, por supuesto, hay que reclamarles mucha disciplina en las medidas preventivas que hay que tomar que son condición sine qua non para salir airosos de esta encrucijada. Así mismo ayuda recordar que dichos agentes patógenos, como el que hoy nos tocó, acompañan la cadena de la vida, algunos más peligrosos que otros, que la ponen en peligro y a la vez nos recuerdan la relativa fragilidad de nuestra condición biológica. Las pandemias de ingrata recordación, citadas por los historiadores y diversos testimonios, por cierto llevadas de modo inmisericorde a las pantallas, han confirmado de modo convincente que en muchos lugares de la Tierra y tiempos distintos hemos tenido que enfrentar, que seguimos y seguiremos enfrentando, esa dura batalla por ganarle al resto de la Naturaleza nuestro lugar para desarrollar el singular y asombroso proyecto humano. Nuestro recordado Gabo nos trajo, por cierto, una estimulante dosis de sensibilidad al respecto en “El Amor en los tiempos del cólera”.

A propósito de la Naturaleza, con seguridad por estos días, hay quienes la miran con cierto desaliento al ser testigos de excepción de cómo aquella quiere devorarnos, como Cronos a sus hijos. “La Madre Naturaleza es al mismo tiempo una Madrastra” ya había escrito Morín e invitaba a no idealizarla. La destructora acción de los virus que nos tocó en este tiempo ha desnudado el lado oscuro del mundo natural, aquel que desde sus propias lógicas biofísico químicas “no le pide permiso a nadie” como Kant lo recordara, que nos confronta y reta poniéndonos en la disyuntiva de decidir entre ella o nosotros. Aquí se hace mucho más patente que en aquella existen amenazas para la vida de seres como nosotros, más frágiles y sin las disposiciones naturales de otros, sin la constitución suficiente para sobrellevar de manera apropiada desde nuestra condición biológica las consecuencias nefastas y mortales de esos agentes patógenos que anidan en su seno. Somos parte de la Naturaleza, esta pandemia nos lo recordó de modo abrupto e inesperado; el ocultamiento de esta verdad, como si fuera vergonzoso para nuestra arrogancia como especie, no ha dejado que nos preparemos lo suficiente para prevenir las consecuencias, si bien hoy estamos más capacitados y en mejores condiciones para enfrentarlas que lo que lo estuvieron otras generaciones que padecieron flagelos parecidos.

No olvidemos que a esas microamenazas a nuestra existencia se le suman las de rango intermedio como la de otros animales, que si nos descuidamos nos escogen como su comida del día, o las macroamenazas como el “cinturón de fuego del Pacífico”, el “cambio climático”, o las provenientes del exterior como la del último Asteroide gigante calificado como “potencialmente peligroso”. Esperemos que estas últimas no cojan a los líderes y poderes mundiales sin las defensas preventivas suficientes por estar ensimismados en sus respetables, pero eventuales ventajas o atributos étnicos y nacionales. Se puede afirmar sin ambages que no ha sido fácil haber logrado llegar hasta este apreciable sitial que hemos construido como Humanidad.

Gran mérito ha habido en todas aquellas personas que en la teoría y la práctica han contribuido a enfrentar y superar las malhadadas secuelas de origen antrópico infligidas sobre la parte favorable de la Naturaleza, propicia para nuestra existencia. La conciencia ecológico-ambiental ya no es una opción discrecional, es un imperativo, una obligación ética, política y jurídica, mucho más cuando los daños provocados amenazan nuestras propias posibilidades. Más allá de la discusión fútil de si somos iguales o no respecto a los demás seres vivos sintientes nos enfrentamos al reto impostergable de mantener un equilibrio virtuoso con esa otra parte de la Naturaleza con la que mantenemos una relación menesterosa y dependiente, que invita a tener más humildad, así tengamos tal potencial que nos ha convertido en amos del mundo y que a algunos les ha creado la fantasía de ser dioses “insatisfechos e irresponsables”, como lo impreca Harari alertando sobre sus peligros. El “desencantamiento del mundo” anunciado por Weber adquiere otra patética versión con este “encantamiento de la Naturaleza” que nos lleva, por lo menos, a reconocer una relación “paradójica y contradictoria” del ser humano con aquella, como lo reseña Lluís Duch. Estamos en y ante la Naturaleza, nuestra condición biológica y de homo sapiens condicionan nuestra libertad y nuestras posibilidades de ser.

2 – Esta coyuntura de emergencia general ha permitido que seamos incluso actores, además de testigos, de una tensión decisiva entre el determinismo natural y la libertad humana; la lógica forzosa, necesidad ineluctable o regularidad obligada de ese mundo no creado por lo humano ha estado poniendo a prueba y en cuestión lo que consideramos el rasgo por antonomasia de nuestra especie, la libertad, la cultura. Cuantos no se han encontrado en esta circunstancia difícil cuestionando los límites de nuestra autodeterminación en diferentes dimensiones, ya como individuo, grupo, comunidad, país, o como Humanidad, al igual que objeta las exigencias solicitadas u obligadas de responsabilidad consigo mismo y con los demás. Hay dilemas no solo morales, hoy son encrucijadas en las que se nos va las probabilidades de vivir o morir, dependiendo de cómo las abordemos y solucionemos.

El “conflicto de derechos”, evidenciado de manera palmaria, se presenta entre la libertad o la vida, tanto nuestra como de los demás; ya no estamos en el nivel de las elecciones subjetivas “pasionales” sino en el de las elecciones objetivas “racionales” de sobrevivencia; y todo ello cuando nos encontramos frente a una amenaza viral- sanitaria contra la que aún el conocimiento humano no ha descubierto cómo vencerla para garantizar la vida de esta especie tan frágil biológicamente. La elección por la vida resignifica el sentido de responsabilidad ineludible para nuestra libertad; no hay mejor expresión de esta que optar por el cuidado y el bienestar de los demás, incluyendo por supuesto nuestros seres queridos, como opción autoconsciente; por ello es censurable la insensata actitud de quienes no acatan las obligadas medidas preventivas o curativas impuestas de modo legítimo para sobrevivir como ser y como especie, para garantizar la vida, pero si tienen un interés protervo hay derecho de resistencia a ellas. No se olvide que, como nos lo cantara tan bellamente Alberto Cortés, “somos los demás de los demás”.

El virus letal que ahora nos toca impone el reto de reconstruir lo que hemos cultivado como nuestro patrimonio (cultura=cultivo), incorporando nuestra libertad en ello, dando lugar prominente a la solidaridad y al compromiso con lo público y los bienes comunes, comenzando por lo que proteja la vida biológica y la vida digna, dejando de lado vanidades y veleidades que van en caminos contrarios que no se esfuerzan por tener sentido de las proporciones. Y esto va para todos, ex parte principis y ex parte populi, para los de arriba y para los de abajo, para no tener que huir al término de este drama, como Florentino y Fermina, del “horror de la vida real” y si, como lo anhelaba nuestro Nobel, abrir “al fin la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aureliano Buendía”.

3 – Las interacciones con los demás se han afectado, se han dislocado, se ha perturbado un presupuesto de nuestra propia existencia: la presencia de los otros; las relaciones sociales se han visto interpeladas, nuestra condición de ser social se resignifica, la insociable sociabilidad kantiana tiene una versión inesperada pues sentimos la ausencia de los demás, admitimos una pérdida así lo expresemos solo en soliloquios que ocupan el tiempo. Hegel y otros ya nos lo dijeron: que “el yo era un nosotros”, que nos hace falta el reconocimiento de los demás, como “su semejante o como su diferente” recuerda T. Todorov, importa es que aporte a nuestra incompletitud. No es grato soportar el distanciamiento social, la ausencia de reconocimiento es la otra cara de la urgente búsqueda de la sobrevivencia; estos momentos límite desnudaron mis propias limitaciones. Los añejos argumentos solipcistas egológicos a que nos acostumbraron atribulados discursos moderno-occidentales mostraron su vacuidad. A contrario, se siente nostalgia por una comunicación razonable, se añora el diálogo y el abrazo, sin dejar de tener conciencia de mi propia realidad valoro y anhelo la otredad, hay conciencia de sí, para sí y para otro, aunque más flexible; se busca y aprecia más a los demás así sea mediado por el ciberespacio. No se trata de una presencia presente absoluta, hay crisis de ese presentismo radical pues no se es ajeno a la preocupación por el mañana de otros ni se es ajeno a lo que está por venir para sí y para todos; hasta hay inquietud por prevenir probables amenazas como las sanitarias entre otras, se hace prospectiva para no dejar solo a la suerte su destino. Esos momentos límite de zozobra nos ponen en la igualdad más terminante, la de la vida o la muerte; aquí reconocemos lo relativo de esa relatividad de la diversidad cultural que muchos han convertido en pretexto para violentar a otros, todos atienden a su manera y de modo diferenciado la amenaza de la pandemia pero, todos también somos responsables de defender la continuidad de la vida, la de esta singular especie, más allá de lo que nos separa nos vemos forzados a estar unidos en esa tarea.

4 – La banalización de la vida o la muerte asoma como un peligro al que ya le habíamos ganado un buen terreno, acicateados por el sufrimiento de otros momentos de infausta recordación; hasta la actuación médica hoy incluso ha tenido que acudir más vehemente a su conciencia ético-bioética para justificar sus decisiones; se asume con aprensión y sentimiento de culpa cualquier opción en que se ponga reparo al derecho a la vida de los demás. Tal convicción ha ido echando raíces en nuestras creencias   y es soporte clave de nuestra concepción civilizatoria, a pesar de los monstruos de ocasión; en esta emergencia es cuando más se ha hecho irrecusable y público el valor de tal principio y la conciencia de tal derecho acosado por la necesidad. Adquiere en esta emergencia el lugar prominente que debió tener siempre, el derecho a la salud, la alimentación y el mínimo vital, por su relación esencial con la posibilidad de la vida. Lo anterior remite al imperativo de recordar que no se puede ser ajeno al problema de la desigualdad, la inequidad, la injusticia social y la pobreza; la existencia de estas víctimas de la historia de exclusión, dominación y explotación recibida como herencia y que condiciona sus duras y vulnerables condiciones de vida no solo es una ofensa a su dignidad, sino que además son una renovada amenaza que recuerda que todos son vulnerables en este latente estado peligroso de contagio. Cobra renovada actualidad el reclamo de condiciones efectivas de vida digna para toda persona humana.

5 – Estas urgencias sanitarias y vitales a que nos enfrentamos han revalorizado el papel de lo público y sus instituciones, de lo que J. Bidet llama la “contractualidad central”; pero asimismo de la cooperación y la solidaridad y la participación disciplinada en lo que exigen las medidas para solucionar la pandemia. Ha pasado desapercibido, sin embargo, el funesto papel causal que en, contravía de lo anterior, ha tenido la manoseada concepción subjetiva del valor tan acogida en economía. Estos graves momentos en que está en juego la vida y donde las subjetividades de consumo tienen como límite el bien común, en este caso la sobrevivencia de todos, pone en evidencia de modo notorio lo mezquino de quienes obstaculizan la intervención pública para corregir los desmanes del idolatrado mercado “libre”, lo engañoso e interesado del apotegma de “dejar hacer, dejar pasar”, es decir de “no hacer nada” por parte del Estado, y lo fatídico del olvido de la evidencia de que las subjetividades o deseos efectivos del consumidor al sumarse constituyen un promedio global objetivo en la sociedad constituyendo un horizonte de producción y de oferta, que además no está exento de medidas complementarias para enfrentar al asunto capital de la escasez y las necesidades. Esta situación límite ha resquebrajado narrativas que se impusieron, incluso por la fuerza brutal, para defender pretensiones protervas de enriquecimiento inmisericorde que olvidaron la justicia debida para los más vulnerables.

6 – Es inexcusable no recordar el significativo papel de la ciencia y en general el conocimiento para atender las amenazas que nos sorprenden. Aquí se hace más patente el gran valor vital que tienen las personas dedicadas a estas áreas de las ciencias de la salud, quienes están en la primera línea de defensa de este derecho humano, pero a quienes no se les ha brindado el reconocimiento debido ni las mejores condiciones gratificantes para su desempeño y existencia. Así mismo se pone de relieve el decisivo aporte hecho por quienes hacen posible con su saber y trabajo el aprovechamiento del ciberespacio para mediar las interacciones humanas en tiempos de microorganismos peligrosos; por cierto que hay cibercriminales y delincuentes informáticos que por ser tan peligrosos en esta coyunturas merecen las más enérgicas sanciones de las autoridades y el repudio de la ciudadanía consciente; la cuarta generación de derechos humanos a la conectividad, la ciberseguridad, la verdad, transparencia, etc., necesita de la comunidad internacional una definición urgente que proteja el derecho a la tranquilidad en ese nuevo mundo y su uso adecuado en estas delicadas coyunturas sanitarias globales. La agricultura es una reserva estratégica para la sostenibilidad alimentaria y garantía para sobrevivir. Todos los saberes y profesiones son convocados en esta emergencia en que se encuentran los pueblos del mundo para hacer su aporte coordinando sus esfuerzos y desarrollando la creatividad para encontrar las más convenientes soluciones.

7 – Hay quienes pensando las soluciones acarician ideas de transformaciones radicales (Marx), de una revolución humana (Byung), una transferencia pacífica del poder (Gandhi), en fin, en cualquier caso, suena con más fuerza las trompetas que desean derribar muros de ignominia e historias de inequidad; nadie niega que sigue teniendo vigencia la movilización por justicia, paz y pan. Hoy, en medio de esta pandemia, hay que invitar a envainar las espadas, a unir esfuerzos para superar este momento doloroso, a enfrentar a quienes conspiran contra la vida de nuestros pueblos y a cooperar para atenuar las consecuencias lamentables que tendrá esta emergencia. Ya habrá tiempo para que quienes sobrevivan sigan discutiendo las opciones, aprendan de la historia, y den ejemplo de prudencia en la resolución de los ineluctables conflictos que caracterizan la existencia del único ser hasta ahora conocido que le da sentido a la presencia de todos los demás seres.

Que tal si comenzamos adoptando una familia vulnerable, aunque sea con una parte del entusiasmo con que adoptamos una mascota; esto último lo hacemos desde hace más de siete mil años cuando comenzamos la domesticación de animales, lo primero no es muy evidente, pero ayudaría comenzar a practicarlo hoy sin esperar otro virus u otra emergencia como esta pandemia que estoicamente enfrentamos.

Edición 679 – Semana del 25 de abril al 1º de mayo de 2020
   
 
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