El maestro rural en medio de conflictos y pandemia

 

Años antes, cuando el magisterio era un apostolado comprometido de lleno con la comunidad, los maestros eran escasos, el pago exiguo y atrasado, las comunidades los disputaban y en su afán por conservarlos en muchas ocasiones no les cobraban vivienda ni comida, los mejores platos eran para ellos y en sitios retirados de todo, monte adentro, solo faltaba que les lavaran los pies para que la atención fuera perfecta.

 
Víctor Negrete Barrera – Arnulfo Mestra Díaz
 
Centro de Estudios Sociales y Políticos de la Universidad del Sinú
 
 

Las comunidades y sus maestros

Este trabajo lo adelantamos tomando como base los corregimientos Santafé Ralito y Caramelo y las veredas Volcanes y Carrizola en el municipio de Tierralta, Alto Sinú, en el sur de Córdoba. La población aproximada es un poco más de dos mil habitantes, el número de estudiantes supera los mil quinientos, teniendo en cuenta que muchos de ellos provienen de otros corregimientos y veredas vecinas, atendidos por 95 profesores, de ellos el 5% es normalista y los demás licenciados, algunos con especializaciones o maestrías. El promedio de edad es de 35 a 40 años. En las cabeceras de cada uno de estos lugares están las sedes principales con preescolar, básica primaria, básica secundaria y media vocacional y las subsedes en comunidades más pequeñas, retiradas y dispersas con preescolar y básica primaria con profesores que atienden varios grados.

En esta área encontramos maestros con características particulares de acuerdo con la ubicación de sus residencias habituales.

El que vive en cabeceras urbanas y regresa en las tardes

Es el que va a las áreas rurales en horas de la mañana a dictar las clases que le corresponden y regresa en las tardes. Representan el 75% del profesorado, casi todos se movilizan en motocicletas. Sus lugares de residencia están en Montería, a 90 kilómetros de distancia y Tierralta a 30 kilómetros. Dentro de este grupo encontramos los que llegan tarde al trabajo y regresan temprano; aprovechan los paros y jornadas de protesta para ausentarse y cuando llueve o sucede alguna calamidad pública tampoco asisten a clases. Desconocen la historia del pueblo donde laboran, la vocación e intereses de sus estudiantes, la mentalidad e idiosincrasia de sus gentes, sus recursos y posibilidades de desarrollo. El 80% de ellos no quieren estar en la zona por la inseguridad, escasez de servicios, vías en mal estado e imposibilidad de superación, entre otros, agravado ahora con el Covid-19 y el aislamiento preventivo obligatorio.

Aunque el colegio tenga amplitud de terreno desocupado, fincas productivas en los alrededores y recursos humanos con disposición de transferirles conocimientos, técnicas y entrenamientos, no les motivan estas posibilidades que pueden servir para proponer estudios o experimentaciones en el camino de formular un nuevo y provechoso aprendizaje.

Un número reducido de estos educadores valiéndose de metodologías y conocimientos útiles incentivan en los educandos el amor por la historia local, los valores de la comunidad y el interés por resolver problemas y necesidades propias. Tratan de introducir nueva información y crear otras actitudes, valores, principios y capacidades que promuevan bienestar, convivencia, justicia y honestidad. Están dispuestos a motivar las manifestaciones de creatividad en el arte, las artesanías, la literatura, la tecnología y los deportes.

El que vive en cabeceras urbanas y regresa los fines de semana

Pasan la semana laboral en sus lugares de trabajo y los fines de semana viajan a sus casas de residencia situadas en municipios de Montería, Cereté, Sahagún, Cotorra y Tierralta. Representan el 15% del profesorado y en su totalidad quieren estar al lado o más cerca de sus familias, tener una vida mejor y buscar otras oportunidades.

Años antes, cuando el magisterio era un apostolado comprometido de lleno con la comunidad, los maestros eran escasos, el pago exiguo y atrasado, las comunidades los disputaban y en su afán por conservarlos en muchas ocasiones no les cobraban vivienda ni comida, los mejores platos eran para ellos y en sitios retirados de todo, monte adentro, solo faltaba que les lavaran los pies para que la atención fuera perfecta.

En la actualidad, aunque disminuida un poco la atención, la familiaridad que les profesan tanto el grupo que los acoge como la comunidad en general la mantienen intacta. En muchas ocasiones el maestro sin querer termina involucrado en conflictos íntimos o muy particulares como cualquier otro miembro del grupo.

Dada la experiencia ganada con la cotidianidad local tiene en el proyecto educativo institucional, la nuclearización y la investigación, instrumentos importantes para socializar los conocimientos comunitarios y convertir la escuela en el epicentro cultural por excelencia. Los obstáculos empiezan cuando no encuentran apoyo en las secretarías de educación seccionales ni en los programas del ministerio. A pesar de ello cuando tiene disposición y compromiso elabora, con los interesados, la historia de la escuela o la comunidad, el estado de las fuentes de agua, la fauna y flora, el lenguaje, la alimentación, las creencias, la música, las actividades económicas, servicios, vivienda y decenas de iniciativas que están al alcance del esfuerzo de los profesores y estudiantes.

El que vive en el área rural

A este grupo pertenecen aquellos maestros y maestras que trabajaron y viven en el área rural. Viejos y jubilados algunos, reflejan en sus espaldas, rostros e iris de sus ojos el peso y las cicatrices que ha dejado el trabajo y las condiciones difíciles del campo.

Muchos de ellos fueron maestros en fincas y deambularon de una a otra sin medir distancias ni cansancios, logrando sobrevivir al conflicto que no cesa en la zona. Los distintos actores armados los respetaron por su entrega desinteresada, su disposición a servir, su tolerancia y solidaridad, su ejemplo de vida y sobre todo su persistencia en la convivencia a pesar de las diferencias. Son dueños de una letra impecable, una narración fluida y sentimental, un respeto profundo por la patria, la familia y el pueblo donde viven. En varias comunidades los veneran.

En los pueblos ven acercarse el día que puedan disfrutar de una paz absoluta en un cementerio tranquilo, debajo de un árbol frondoso, sin olvidar nunca la alegría que les proporcionó el nombramiento, los instantes cuando llegaron al pueblo y conocieron la escuela donde enseñarían y por esas cosas del destino descubrieron en una celebración patronal, a la orilla de alguna quebrada o río o en la compañera de trabajo el amor que lo hizo feliz según lo había adivinado su madrina cuando miró el residuo del tinto que tomó esa mañana desesperado por no saber qué hacer con su vida.

Los maestros actuales representan solo el 10% de todo el profesorado. Al parecer el estudio y práctica de la pedagogía no llama mucho la atención de los jóvenes, sobre todo de las mujeres que siguen siendo minoría. Estos docentes siguen siendo tratados con cierta condescendencia por los actores del conflicto y ante la inseguridad que generan, la gente espera de los maestros que sean ejemplo de prudencia, dignidad, mediación y confianza. Defienden la institución ante comentarios falsos o mal intencionados y con frecuencia tienen proyectos o propuestas que al final no logran hacer realidad por distintas razones. Son comprensivos, amigables y dispuestos a servir a estudiantes y padres de familia sin distinción de ninguna clase. Aún no encuentran explicaciones satisfactorias por qué el 40% de los estudiantes no asumen sus responsabilidades como les corresponde y cada año que pasa disminuye el número de alumnos.

Entienden muy bien que la educación pública rural que ejercen no es mejor o peor que cualquier otra, simplemente es diferente. Los distintos gobiernos y sus elaboradores de políticas educativas tratan de homogenizar todo lo que es distinto sin tener en cuenta las enormes diferencias de todo tipo que existen entre municipios, departamentos y regiones, sin desconocer lo que nos es común como país. El resultado son los programas de estudio alejados de contextos y la imposibilidad para muchos estudiantes de desempeñarse con relativo éxito en el medio donde seguramente continuarán su vida, siempre y cuando el gobierno haga presencia con obras y programas. De continuar el desamparo gubernamental el abandono del campo seguirá inexorable a pesar del esfuerzo que hace la población por sobrevivir y adaptarse.

Consideran que la educación pública rural no está en condiciones de cumplir estrictamente las tareas y competencias que le exige el gobierno por las siguientes razones:

a) La dispersión y aislamiento de numerosas comunidades que les ocasiona dificultad de movilidad por falta de vías y transporte, presencia y control de grupos armados ilegales, periodo de lluvias y tiempos de cosechas que requieren mano de obra de los hijos.

b) La finalización de los programas de estudio tampoco es posible en su totalidad por falta de nombramientos de docentes, carencia o insuficiencia de laboratorios, bibliotecas y conectividad, entre otros.

c) El acompañamiento y apoyo familiar en los trabajos de estudio y orientación es débil por el bajo nivel de escolaridad de los padres.

d) Difícil acceso a las tecnologías de la información: baja cobertura de internet y telefonía celular, altos precios de equipos tecnológicos (computadores, tabletas y celulares), costosas tarifas de telefonía móvil y desmantelamiento el año pasado de los kioscos digitales, el programa Vive Digital del Ministerio de las tecnologías de la información y comunicación.

e) La falta de capacitación de los docentes, estudiantes y padres de familias en acceso y manejo de estas tecnologías según lo hemos vivido con ocasión del Covid-19 y cuarentena.

f) Recomiendan revisar los criterios, objetivos, metodologías y evaluaciones que soportan la educación pública rural, particularmente la de los cinco municipios del sur del departamento incluidos en los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial.

Edición 681 – Semana del 9 al 15 de mayo de 2020
   
 
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