La paradoja de individualismo confinado

 

Las ventanas, tal como las vitrinas, nos muestran un mundo que no podemos abarcar, y la virtualidad se convierte en el remedio para lograr algo de compañía. Es la profecía cumplida: la virtualidad se ha vuelto nuestra realidad, y solo porque reina nos damos cuenta de que es insuficiente.

 
David Fernando Cruz Gutiérrez1
 
 

Hay una experiencia global: por primera vez la especie humana está confinada en sus hogares. El repliegue de la sociedad se vive desde los rascacielos de Nueva York hasta las calles cálidas de La Habana, desde las oscuras aguas del Danubio hasta la corriente color canela del Magdalena. Con anterioridad, las sociedades se habían enfrentado a pandemias, incluso más letales que el coronavirus, pero nunca antes cada individuo tenía la oportunidad de presentar al mundo su propia experiencia. Desde cada confín del planeta, salen comentarios, tweets y videos que nos muestran la experiencia ajena como único medio para algún contacto social. Las ventanas, tal como las vitrinas, nos muestran un mundo que no podemos abarcar, y la virtualidad se convierte en el remedio para lograr algo de compañía. Es la profecía cumplida: la virtualidad se ha vuelto nuestra realidad, y solo porque reina nos damos cuenta de que es insuficiente.

En 2011, el escritor y ensayista Jonathan Frazen en un célebre discurso de graduación había escrito que el objetivo primordial de la tecnología, su telos, era remplazar el mundo natural que había aterrado al hombre pre-moderno con sus frecuentes e incontrolables catástrofes, por un mundo sensible y receptivo a nuestros deseos, un mundo que se doblara ante nuestra voluntad: un mundo obediente, un mundo maleable. Como un profeta, Frazen anticipo que se avecinaba una virtualidad complaciente encaminada a diluir la diferencia entre el deseo y la realidad, y no se equivocó. El lente de la virtualidad está dispuesto para que sea nuestra voluntad la que determine nuestra experiencia, así como nuestra proyección frente al mundo. Es un mundo que se libera de la realidad y la traduce en deseo individual: ropa, carros, cuerpos, filosofía; toda una gran compilación humana a tan solo un clic de distancia. Y, aun así, tan cerca de un catálogo de deseos, al estar confinados nos sentimos aislados, diluidos, como sabiendo que ese mundo es solo una gran caverna. Nos convertimos en las distopías que solíamos leer.

No obstante, la escala mundial de esta situación tiene la potencialidad de convertirse en un sisma para redefinir nuestra humanidad. Cuando estamos literalmente atomizados, vemos las grietas de la ética del individualismo, que desde mucho antes –que llegara Instagram– había consolidado un mundo que se pliega únicamente a los deseos de los poderosos pero que se vendía como asequible para todos. La virtualidad, lo que aumento, era esa apariencia de asequibilidad: la celebración virtual frente a la incapacidad real. En esta experiencia de confinamiento mundial la alegoría de la caverna funciona a la inversa, no es que alguien que escapo de la caverna haya visto el mundo tal y como es, y se tome la molestia de intentar persuadirnos de que vivimos en un mundo falso y que hay algo más allá que es real, no; es cuando lo real se vuelve inasequible que la caverna ya no nos sirve como una escapatoria, porque el mundo del que escapamos ya no está a nuestra disposición y la caverna que era nuestro consuelo ante esa realidad, caduca. Así, terminamos viéndonos entre cristales a nosotros mismos sin poder tocarnos.

Los anhelos humanos son contingentes, es decir que dependen de su contexto, y muchas veces el acto de prohibir empuja al mismo deseo. Tal vez la rebelión del mundo real, esa que desencadena el coronavirus, haya acrecentado ese deseo de cooptar de nuevo las calles vacías de nuestras ciudades, aquellas calles que ahora se nos presentan carentes de sonrisas y lágrimas; la otra posibilidad es que el individuo, cuando está realmente confinado y sus mecanismos de consuelo no son suficientes, vuelve siempre sobre lo real. Paradójicamente, cuando el individuo se emascula de esas relaciones persona-persona, toda la sensación de satisfacción personal que se celebra en las redes, se desvanece. El encierro, al evitar la celebración del individuo, nos recuerda dolorosamente la necesidad de lo social, y de la ayuda mutua. Las protestas que empiezan a saltar en donde la cuarentena acaba muestran la necesidad de recuentro; son la cara de la solidaridad y de la ayuda.

Edición 685 – Semana del 6 al 12 de junio de 2020

1 Profesor de catedra Universidad de los Andes. Abogado de incidencia Nacional de la Comisión Colombiana de Juristas.

   
 
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