El retorno a la escuela, perspectivas inciertas

 

La crisis actual ha convocado a una serie de reflexiones, ensoñaciones y quimeras que, uniformemente, buscan el mejoramiento y adecuación de las instituciones educativas. Esfuerzos liderados por eminentes teóricos, tecnólogos, educadores y reeducadores que buscan fervientemente la puesta en vigencia de nuevos planes de “desarrollo participativo” que permita alcanzar la total homogeneización cultural y educativa, del rebaño humano.

 
Julio César Carrión Castro
 
Universidad del Tolima
 
 

“La bestia en nosotros quiere ser engañada; la moral es una mentira harto necesaria para que seamos arrancados de ella. Sin los errores que residen en los cálculos de la moral, el hombre habría permanecido animal. Por ese medio se ha tomado por algo superior y se ha impuesto leyes más severas”.
Federico Nietzsche. Humano demasiado humano

Una propuesta pedagógica...

El notable escritor británico Herbert George Wells publicó en el año de 1896 –es decir hace más de cien años– una singular novela llamada “La isla del Doctor Moreau”. En dicha obra el autor se introduce en una serie de cuestiones de carácter especulativo, acerca de la evolución, los desarrollos científicos, la manipulación biológica y conductual y los compromisos éticos que conllevan los experimentos e investigaciones con los animales, tales como las vivisecciones, la eugenesia y la eutanasia. Así mismo define Wells un claro debate frente a la pedagogía, la educación, la moral, la religión y la cultura, como mecanismos empleados para la regulación y el control social de los individuos.

Establecer claras fronteras entre el animal y el hombre, ha sido la intencionalidad de muchas corrientes religiosas, educativas y filosóficas. Como lo hemos dicho: “En nuestra cultura occidental judeocristiana el hombre ha sido pensado, falsificado, siempre como una articulación entre cuerpo y alma, es decir, compuesto de un elemento natural e inferior –barro, tierra, animal– y de un elemento sobrenatural y por ello mismo reputado como superior –aliento divino, espíritu. Ante la incontrastable evidencia de la semejanza que guardamos con los demás animales ha existido un enorme esfuerzo del pensamiento por delimitar los espacios de la diferencia. Así, desde muy temprano en el devenir histórico, se fueron estableciendo las fronteras entre el hombre y los animales”.

La novela de Wells busca recordarnos, de manera brutal, ese insoslayable y obstinado parentesco. Edward Prendick es un náufrago que asiste horrorizado a los más desgarradores y siniestros acontecimientos: es recogido y llevado a una isla perdida y sin nombre donde hace sus investigaciones (vivisecciones) el doctor Moreau, un flemático y calculador científico que, al haber sido puesto en evidencia por la prensa, en relación con los crueles experimentos realizados con animales, debido al escándalo suscitado, se vio forzado a retirarse de sus laboratorios en Londres, yendo a refugiarse en esa remota isla. El narrador (Prendick) nos dice que “Moreau debía de tener... unos cincuenta años; era un eminente cirujano, conocido en los círculos científicos por su extraordinaria imaginación y su brutal franqueza en el debate”.

Las múltiples alteraciones, mutilaciones, trasplantes, deformidades, desfiguraciones y manipulaciones, forzadas por el Doctor Moreau sobre el aspecto y la estructura corpórea de muchos ejemplares de diversas especies de animales, tratando de humanizarlos, le resultaban insuficientes, pues, lo más difícil era conseguir el sometimiento conductual, en dichos animales. Asumía Moreau, no sin razón, que: “De hecho, gran parte de lo que llamamos educación moral es una transformación artificial y una perversión del instinto...”. Tratando de lograr este cometido obligaba a estas bestias humanizadas, a recitar una serie de letanías que eran los preceptos o leyes por cumplir: “No caminarás a cuatro patas; ésa es la Ley. –¿Acaso no somos Hombres? –No sorberás la bebida; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres? –No comerás carne ni pescado; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres? –No cazarás a otros Hombres; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?”

Se queja Moreau de no lograr alcanzar el dominio sobre los instintos: “Lo más insatisfactorio de todo es algo que no logro descubrir, algo que reside en el control de las emociones, pero que no sé exactamente dónde se encuentra. Anhelos, instintos, deseos de hacer daño a la humanidad, una extraña reserva oculta que estalla de pronto y llena a la criatura de ira, de odio o de temor”. Y, descorazonado, veía cómo en estas bestias humanizadas perseveraban los primitivos impulsos de agresividad animal que no podían ser domeñados.

Muerto Moreau, ya sin la vigilancia y el férreo control que representaba él y sus ayudantes, los hombres-bestias, de manera definitiva, entran en una incontenible regresión a la animalidad. Prendick finalmente retorna a la “civilizada” Inglaterra, pero revestido de enormes prevenciones frente a sus conciudadanos, pues creía ver en cada uno de ellos esos animales alterados, dispuestos a agredirle en cualquier momento.

Nos narra Homero en el canto X de La odisea, cómo después de haber llegado a la isla flotante llamada Eolia, donde se hallaba el palacio de la hechicera Circe, ésta, ofendida, convierte a casi toda la tripulación de la nave de Ulises, en puercos, mediante el empleo de brebajes maléficos y encantamientos:

“Después que se lo hubo ofrecido y lo bebieron, golpeólos con su varita y los encerró en las pocilgas. Quedaron estos con cabeza, voz, pelambre y figura de cerdos, pero su mente permaneció invariable, la misma de antes. Así quedaron encerrados mientras lloraban; y Circe les echó de comer bellotas, fabucos y el fruto del cornejo, todo lo que comen los cerdos que se acuestan en el suelo”.

También en su poema “Las metamorfosis” el poeta latino Ovidio (43 a. de C. – 16 d. C.) en la fábula V del Libro decimocuarto se ocupó en detalle de esta mitológica aventura, como una más de las múltiples transformaciones acaecidas tanto a los humanos en su proceso de ascensión hacia lo más espiritual, como a los héroes, dioses y semidioses que eran sancionados por algunas oscuras o equívocas situaciones. El descenso o regresión a la animalidad era establecido, ya sea como castigo, o viceversa, como exaltación y homenaje, por parte de los dioses a los humanos, y así lo creían y consideraban griegos y latinos.
Quiero relievar particularmente esta escena narrada, tanto por Hesíodo, como por Homero y luego por Ovidio y muchos otros poetas y escritores, dado el profundo simbolismo que representa en la historia de Occidente, esta inevitable relación animal-hombre y el repudio que ha significado para quienes asumen la dudosa “superioridad” del orgulloso Homo sapiens, base de teorías, tan supuestamente antagónicas, como el creacionismo y el evolucionismo.

Occidente ha difundido también, como un interesante ejemplo de vida, las leyendas en torno a los presuntos sucesos, acontecimientos y anécdotas acaecidos al filósofo griego Diógenes de Sinope (412 a.C. – 323 a.C.) que perteneció a la llamada Escuela Cínica (del latín cynicus y este del griego kynikós –Cínico o perteneciente al perro. Esta palabra designó a los filósofos de la escuela de Antístenes y Diógenes, quienes buscaban hacer de la carencia de posesiones una virtud, además de la frugalidad, proponían la autonomía ética e intelectual de los humanos, frente a quienes cifraban su identidad en las propiedades, los lujos, los trajes, las posesiones y el consumo. (Vale la pena hacer una aclaración: el significado del término evolucionó a descarado, desvergonzado, hipócrita… Por eso hoy se prefiere utilizar el término Quinismo o quínico para rescatar el original sentido de la expresión). En fin, la escuela de Diógenes proponía el retorno humano a una vida similar a la de los animales, con apenas lo necesario, sin ostentaciones ni simulaciones.

Federico Nietzsche en su obra “Humano demasiado humano” de 1878, plantea que existe una especie de tránsito circular en la evolución, en el comportamiento histórico de la humanidad. En el aforismo 247 dice: “Quizá la humanidad no sea más que una breve fase de la evolución de una especie de animales; de manera que el hombre, habiendo sido mono, vuelva a ser mono. Así como la civilización romana volvió a la barbarie, así toda la civilización humana podría volver al embrutecimiento. Si podemos preverlo, procuremos evitarlo”. Propone, entonces, que es necesario y conveniente para la preservación de la humanidad, un movimiento de retroceso, fomentando un sano alejamiento de todo lo que significa la llamada “cultura moderna”, pues, afirma, “nos hallamos en una época cuya civilización está en peligro de perecer por los medios civilizadores”. Dice que, no obstante, “Hay soñadores políticos y sociales que gastan calor y elocuencia en reclamar un cataclismo en todos los órdenes, en la creencia de que por efecto de este se levantaría bien pronto el soberbio templo de una bella humanidad. En estos sueños peligrosos persiste un eco de la superstición de Rousseau, que cree en una bondad de la humana Naturaleza, maravillosa, original, pero, por decirlo así, enterrada, y pone en cuenta a las instituciones de civilización, a la sociedad, al Estado, a la educación, toda la responsabilidad de ese entierro” (Ibíd. Aforismo 463).

Ya en “La genealogía de la moral”, de 1887, en el Tratado segundo referido a “Culpa, mala conciencia y similares”, Nietzsche había planteado que, para la construcción de la conciencia humana y como fundamento de toda pedagogía, el recurso siempre fue el maltrato y el dolor: ¿Cómo hacerle una memoria al animal-hombre? ¿Cómo imprimir algo en este entendimiento del instante, entendimiento en parte obtuso, en parte aturdido, en esta viviente capacidad de olvido, de tal manera que permanezca presente? Puede imaginarse que este antiquísimo problema no fue resuelto precisamente con respuestas y medios delicados; tal vez no haya, en la entera prehistoria del hombre, nada más terrible y siniestro que su mnemotécnica. “Para que algo permanezca en la memoria se lo graba a fuego; sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria”. Éste es un axioma de la psicología más antigua (por desgracia, también la más prolongada) que ha existido sobre la tierra. Incluso podría decirse que en todos los lugares de ésta donde todavía ahora se dan solemnidad, seriedad, misterio, colores sombríos en la vida del hombre y del pueblo, sigue actuando algo del espanto con que en otro tiempo se prometía, se empeñaba la palabra, se hacían votos en todos los lugares de la tierra: el pasado, el más largo, el más hondo, el más duro pasado alienta y resurge en nosotros cuando nos ponemos “serios”. Cuando el hombre consideró necesario hacerse una memoria, tal cosa no se realizó jamás sin sangre, martirios, sacrificios; los sacrificios y empeños más espantosos (entre ellos, los sacrificios de los primogénitos), las mutilaciones más repugnantes (por ejemplo, las castraciones), las más crueles formas rituales de todos los cultos religiosos (y todas las religiones son, en su último fondo, sistemas de crueldades) todo esto tiene su origen en aquel instinto que supo adivinar en el dolor el más poderoso medio auxiliar de la mnemónica...

En el corto período de lo que suele llamarse la edad contemporánea, hemos visto de qué manera el discurso sobre la elusiva identidad del hombre, ha ido discurriendo, sin mayores precisiones, de lo mitológico y metafísico, a lo histórico, a lo cultural y de ahí a lo biológico y científico, sin hallar una clara interpretación de lo considerado propiamente “humano” y sin lograr definir, con exactitud, las fronteras entre el animal y el hombre. El discurso “científico” de la evolución, asumido, casi siempre desde las perspectivas de los grupos hegemónicos, ha sido empleado como explicación suficiente de la existencia de “razas” –o de etnias, como eufemísticamente suele decirse ahora– “inferiores” o más cercanas a los animales, las cuales tienen que ser, por supuesto, “evangelizadas”, “civilizadas”, “culturizadas”, “educadas”, “alfabetizadas”. Por todo ello las llamadas “teorías de la evolución”, están hermanadas no sólo con los mecanismos violentos y coercitivos de la escuela, sino, con las prácticas racistas, discriminatorias, segregacionistas y con las acciones colonialistas y genocidas que colman, precisamente, la historia contemporánea.

En este orden de ideas y dado que, formalmente pareciera que las escuelas, han renunciado al primitivo uso del dolor y del miedo como soporte de sus quehaceres, sin que hasta la fecha se hayan suprimido ni por la crueldad y la violencia, ni por los más sutiles didactismos, en el animal-hombre los instintos, la agresividad y la concupiscencia, pero, asimismo, dado que tampoco hemos querido imitar o reproducir los nobles comportamientos, la frugalidad y el respeto animal, tenemos que llegar a la consideración de que, en gran medida, han resultado inútiles los esfuerzos por alcanzar los valores propuesto de la civilización, la Ilustración y la cultura, máxime cuando por el contrario, nos encontramos es ante el recrudecimiento de los actos agresivos, la falta de solidaridad y el incremento de la barbarie, las hostilidades, el odio y el rencor, en estas sociedades marcadas por las relaciones sociales establecidas por el modo burgués de producción y de consumo, en las cuales jamás ha cesado el espanto.

La crisis actual ha convocado a una serie de reflexiones, ensoñaciones y quimeras que, uniformemente, buscan el mejoramiento y adecuación de las instituciones educativas. Esfuerzos liderados por eminentes teóricos, tecnólogos, educadores y reeducadores que, desde Rectorías, administraciones gubernamentales y académicas, direcciones curriculares, oficinas de desarrollo Institucional de las “empresas educacionales” y otras empresas y organismos estatales, paraestatales y privados buscan fervientemente la puesta en vigencia de nuevos planes de “desarrollo participativo”, para enfrentar no sólo los desafíos propios de la modernidad, e incluso de la graciosamente llamada “posmodernidad”, sino el atascamiento causado por la actual crisis, mediante novedosos lineamientos curriculares, ya no solamente basados en “competencias”, conducentes a la obtención de la acreditación y evaluación de los programas académicos, (cumpliendo con las exigencias de las entidades prestamistas internacionales que, de tiempo atrás, regulan y controlan globalmente el sistema educativo) sino recurriendo, ahora, al llamado “emprendimiento personal”, a la “reingeniería conductual”, a la virtualidad, a las tele-clases y a la “flexibilidad”, que en términos generales permita, de nuevo, alcanzar la total homogeneización cultural y educativa, del rebaño humano, para la supervivencia del mercado y el consumo, en fin, para postergar el colapso del sistema capitalista.

Ahora que las más variadas instituciones de educación, en todo el sistema-mundo del capitalismo tardío que aún soportamos, se encuentran comprometidas en promover nuevos planes educativos para afrontar no sólo la persistencia de la agresividad y la violencia, sino el colapso impuesto por la pandemia del coronavirus, asumo que sería positivo, que tendría sentido revisar las propuestas del quinismo de Diógenes y otros enunciados referidos a una pedagogía para la regresión humana.

Por todo ello y para tratar de confrontar, tanto la fracasada tesis de George Wells en su novela “La isla del Doctor Moreau”, de pretender humanizar a las bestias, como las disparatadas fórmulas de supervivencia de la escuela –y de las enmarañadas relaciones del capitalismo– frente al hundimiento definitivo de las instituciones educativas o campos de concentración escolares, he llegado a considerar pertinente, en coherencia con dichos lineamientos e ideales, revisar la propuesta hecha por Giovanni Papinni en su obra de 1951 “Gog El libro negro”, que contiene una serie de reales y supuestas entrevistas a grandes dignatarios y celebridades. Describe Papini la constitución y fundamentación de un Instituto Científico para la Regresión Humana. Dice (pág. 345):

“El Instituto Científico para la Regresión Humana ocupa un vallecito situado a dieciocho millas de la ciudad. El director de este el conocidísimo biólogo australiano Austen Finlay, quien me había escrito repetidas veces invitándome a visitar su Instituto, único en el mundo, y que tiene ya varios años de vida. Finalmente pude aceptar y no me arrepiento de haber venido hasta acá sólo para esta visita... Me dijo así: — Una de mis primeras lecturas de la juventud fue La Isla del Doctor Moreau, de Wells .... Soñaba con poder hacer en la realidad, muy pronto, lo que Wells había soñado ... recordará que el doctor Moreau intenta hacer humanos a varios animales que ha recogido en una isla educándolos y transformándolo.

...Ese fracaso me hizo reflexionar llegando finalmente a una inversión total de mis conceptos. Sólo Dios puede elevar a los seres de un estado inferior a otro superior, como lo demuestra la teoría transformista que es aceptada ahora por todos los biólogos, incluso por los que militan en las Iglesias cristianas... Pero el hombre, demiurgo principiante e indeciblemente lejano de la potencia divina, puede tener éxito en el camino contrario: puede hacer una regresión del estado superior al inferior. Indudablemente, esta empresa es más fácil puesto que no se trata de añadir, o sea, de crear, sino de quitar, es decir empobrecer y rebajar, operaciones éstas que no son imposibles ni siquiera para los monos de Dios... Guiado por este pensamiento, hace catorce años que fundé el Instituto Científico Para la Regresión Humana, obra que me ha costado muchísimos esfuerzos y cuantiosos gastos, pero que me ha permitido conseguir casi perfectamente la finalidad que me había propuesto. Usted sabe que muchos hombres están disgustados y asqueados de su condición de seres humanos conscientes y responsables. Desde los Cínicos de Grecia hasta los Materialistas del siglo XVIII, son muchísimas las personas que han deseado la paz y la simplicidad de vida de los brutos. En lugar de practicar el ejemplo del doctor Moreau procuré seguir con métodos prácticos y científicos el mito de Circe, y recordará usted que no todos los compañeros de Ulises, transformados en cerdos, aceptaron de su voluntad recuperar su condición de hombre.

…Por todo ello no me fue difícil hallar una docena de nuestros semejantes dispuestos a someterse con alegría a mis experimentos, para un metódico embrutecimiento animal... no se puede transformar a los animales en hombres, pero sí se puede reducir perfectamente a los hombres al estado de animales...”

En su combativo y provocador discurso “Normas para el parque humano” de 1999, Peter Sloterdijk se pregunta cómo podrá el hombre convertirse en un ser humano verdadero o real. “¿Qué amansará al ser humano si fracasa el humanismo como escuela de domesticación? ...si después de todos los experimentos que se han hecho con la educación del género humano sigue siendo incierto a quién o a qué educa para qué el educador…”. Se interroga Sloterdijk acerca de cómo el animal devino homo sapiens, cómo se dio ese paso del animal a la hominización y a la posterior humanización, toda esa aventura de la revolución antropogenética y concluye con “el maestro del pensamiento peligroso, Nietzsche” que: “los hombres del presente son ante todo una cosa: criadores exitosos que han logrado hacer del hombre salvaje el último hombre. Se comprende de suyo que semejante cosa no ha podido suceder únicamente con medios humanistas, educativo – domesticadores – amaestradores… Nietzsche cree percibir tras el claro y alegre horizonte de la domesticación escolar de los hombres un segundo horizonte más oscuro. Él barrunta un espacio en el que darán comienzo inevitables peleas sobre la dirección que ha de tomar la cría de hombres…”, la persistencia en el achicamiento de lo humano, su empequeñecimiento, o la búsqueda y construcción del superhombre que anuncia Zaratustra…

Para intentar responder estos interrogantes hay que tomar en cuenta, precisamente, el fracaso de esa idea de “humanismo”, visto exclusivamente como domesticación. Los diversos criadores de hombres -familias, iglesias, escuelas, academias, medios de comunicación- han conducido siempre sus acciones hacia el empequeñecimiento humano, hacia la formación del animal doméstico, del animal eclesiástico, del animal de consumo, del espectador. Todo sistema educativo trata de lograr una buena crianza, exitosa, según las exigencias del poder o del mercado. Como lo expresara Nietzsche: “Virtud es para ellos lo que vuelve modesto y manso: con ello han convertido al lobo en perro, y al hombre en el mejor animal doméstico del hombre”.

Ante el manifiesto fracaso de los proyectos pedagógicos centrados en la superación, el mejoramiento y humanización de los humanos hacia la libertad y la autonomía, no hacia la mansedumbre, y tomando en serio el aserto, expuesto por el hipotético Doctor Finlay que dice Papini haber visitado, acerca del hecho de que, “no se puede transformar a los animales en hombres, pero sí se puede reducir perfectamente a los hombres al estado de animales...”, mucho es lo que podemos dolorosamente certificar los colombianos: la “bestia en nosotros” está vigente y actuante, como se puede rastrear, no sólo en los innumerables actos de violencia de la historia de este desgarrado país y en la psicopatología cotidiana que nos avergüenza ante el mundo, sino, con la actitud de algunos líderes y caudillos totalmente entregados a impulsar la subordinación generalizada de las gentes, la inequidad, la segregación, el exterminio y la muerte de sus opositores, como si se tratase de procesos “normales” y corrientes del activismo y el quehacer políticos. Asimismo, por el deplorable espectáculo circense de unos presuntos “dirigentes”; un gran número de representantes de las empresas electoreras de muy bajo nivel intelectual y ético, quienes por sus comportamientos y expresiones parecieran estar muy abajo en la escala zoológica, pero que ocupan escaños en el parlamento y altos cargos y dignidades en entidades del gobierno.

Por todo ello vale la pena repetir nuestra inquietud: ¿Renovación de la escuela para qué? ¿Qué queremos? ¿Qué buscamos? ¿Qué debemos promover, una educación para la continuación de esa desastrosa idea del “progreso” o fundamentar una coherente educación para la regresión humana?

Edición 685 – Semana del 6 al 12 de junio de 2020
   
 
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