Nuestros dioses implícitos

 

Anhelando que nos salve el consumo mientras vivimos y trabajando día y noche para continuar en este ciclo. Tenemos ahora todo un panteón de nuevos dioses a nuestro alcance: computadores, celulares y televisores que se muestran complacientes a nuestro alcance y que proyectan nuestro éxito. Nos amplifican, nos reconfortan y nos dominan. Son nuestros dioses implícitos.

 
David Cruz1
 
 

No hay ningún enigma detrás de personas atiborradas forcejeando en interminables filas para endeudarse por un televisor gigante en medio de una pandemia. Las creencias que adoptamos siempre han moldeado nuestra conducta; así nos cuesten nuestra propia supervivencia. Tal vez el asombro frente a este hecho se debe más bien a lo forma como encubrimos nuestras creencias actuales, que parecen ocultar lo mucho que nos dominan.

Antes, los asuntos de fe cumplían un papel fundamental en el espacio público. Basta recordar que en Colombia no hay plaza de pueblo que omita la iglesia, como espacio de confluencia social, justo al lado de la alcaldía y el banco. Es normal que el pico de la iglesia con una cruz en lo alto se mantenga aún como el edificio más alto de muchos municipios. A su lado giraba la vida de la comunidad, recordando las creencias que la articulaban. Ahora, la fe está a la sombra. No porque las iglesias hayan desaparecido, ni porque los humanos dejáramos de creer. Sino porque nuestras creencias se han desplazado: ya no satisfacemos nuestras necesidades espirituales únicamente a través del culto a Dios, a Jesús, o la virgen; también celebramos lo que somos a través del consumo. Comprar, más que por utilidad, se ha vuelto un mecanismo de celebración, un ritual que hace parte de las creencias más fuertes de nuestra época: que somos lo que poseemos.

Por eso, cuando se abre la posibilidad –puede que ilusoria– de adquirir más fácilmente aquello que determina nuestra identidad, las personas corren el riesgo de contagiarse. No dudan en poner el riesgo su salud si pueden llevarse a casa algo que es más significativo, como los objetos con lo que fortalecen su identidad y se celebran a sí mismos. El éxito en esta vida ya no está en servir a los otros o en perseguir una vida sin pecado –como lo predicaban algunos cristianos–; sino en el consumo, como una muestra de nuestro éxito individual, de que tenemos la capacidad de gastar y de sumar un objeto a la lista de nuestras posesiones. Es un acto casi que irreflexivo porque hace parte del sentido común de nuestra era. Así, como en el pasado los católicos peregrinaban a tierra santa para constatar los pilares de su fe; en la actualidad, peregrinamos a los templos del consumo sin importar los peligros, para celebrar que podemos gastar o endeudarnos para acumular.

La diferencia es que antes la fe estaba explicita; hoy, en cambio, se esconde bajo el velo del individuo, como si fuéramos impenetrables a esas nuevas pulsiones que también moldean nuestros anhelos. Como si no nos acostáramos en las noches presenciado el derroche de riqueza que pasa en la televisión y deseando gozar algo de esto. Anhelando que nos salve el consumo mientras vivimos y trabajando día y noche para continuar en este ciclo. Tenemos ahora todo un panteón de nuevos dioses a nuestro alcance: computadores, celulares y televisores que se muestran complacientes a nuestro alcance y que proyectan nuestro éxito. Nos amplifican, nos reconfortan y nos dominan. Son nuestros dioses implícitos.

1 Abogado, Universidad Nacional. Magister en Derecho, Universidad de los Andes. Profesor de la Universidad de los Andes y Abogado de Incidencia Nacional de la Comisión Colombiana de Juristas.

Edición 689 – Semana del 4 al 10 de julio de 2020
   
 
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