La tienda de la esquina

 

Las grandes superficies les han hecho y harán algún daño a las tiendas –a los barrios…– pero es y será un daño también ‘superficial’, eso, superficial, porque jamás podrán penetrar en el sabor de la tienda, jamás podrán tener su alma, su aliento y su calidez.

 
Álvaro González Uribe
 
Abogado, periodista y escritor – @alvarogonzalezu
 
 

“El que tiene tienda que la atienda”, dice el sabio refrán. Más que una estrategia de buen negocio, sin duda ese es el primer encanto de las tiendas de barrio que las vuelve buen negocio, no tanto porque el dueño esté pendiente sino porque la tienda sin el tendero o tendera ‘don tal’ o ‘doña tal’ no tendría mayor atractivo.

El encanto es algo que seguramente está incluido en lo que llaman “goodwill”, pero que significa mucho más desde la óptica social y cultural. Y esa óptica no tiene precio en dinero.

El tendero o la tendera. Personaje clave en el barrio, en el pueblo. Casi todos tenemos en nuestra mente una tienda, en el barrio, en el pueblo, en la ciudad, en la vereda, en el camino. O en la esquina, que es la más popular, casi un referente cultural: “La tienda de la esquina”, que, aunque no quede en la esquina siempre será ‘la tienda de la esquina’, en donde no venden ciertas cosas como la calidad humana según le escuchaba a mi papá, pero quizás sí: calidad y calidez humana era lo que vendían en las tiendas y todavía en muchas: calidad humana expresada en confianza, en aglutinante social, en identidad barrial.

Últimamente las grandes superficies y otras cadenas encadenantes le están apostando a pequeñas superficies en barrios y hasta en caminos. Quizás desplacen o acaben las tradicionales tiendas en algunos lugares y las ventas de algunos productos, pero jamás desplazarán las ‘tiendas de la esquina’ así ocupen cuatro esquinas y más, porque no podrán vender dos huevos ni fiar media libra de sal, porque no podrán desplazar a don Víctor ni a doña Clara ni a Guillermo, a los tenderos y tenderas, esos amigos y amigas, esos seres humanos muy humanos que nos escuchan, que saben de nuestras penas y carencias, que nos hablan de fútbol y de política, que incluso dudando nos fían porque el que fía se quedó en la tienda o porque aunque solo confían en Dios nos prestan o porque aunque vendan al crédito y no al contado conservan opulenta, rolliza y rozagante el alma.

Las grandes superficies les han hecho y harán algún daño a las tiendas –a los barrios…– pero es y será un daño también ‘superficial’, eso, superficial, porque jamás podrán penetrar en el sabor de la tienda, jamás podrán tener su alma, su aliento y su calidez.

Hoy en ciertos barrios –que ya no se pueden llamar barrios– de grandes ciudades hay cada vez menos tiendas de la esquina, pero siguen existiendo en muchas partes. Y esta pandemia les está devolviendo importancia, ¿por qué?, porque son referentes en esos pequeños mundos y precisamente esta pandemia está haciéndonos circunscribir la vida a los pequeños espacios autosuficientes, los barrios, por aquello de no poder-deber recorrer largas distancias, de tenernos que mover en nuestros entornos en donde entonces debemos satisfacer casi todas nuestras necesidades.

Yo tengo recuerdos de muchas tiendas. Pero hay una que para mí se quedó como la imagen típica de la tienda. Y no era en una esquina. Hoy sería en la carrera 43 D entre calles nueve y diez, en Medellín: La tienda de don Víctor era, es, mi tienda para siempre: Bolis, velas, bolas (de cristal), botones, cremas, rosquitas, panderos, sabores, (ver más abajo), lunas, polvorosas, papel de globo y de cometas, laminitas del álbum de moda, Carta Rojas, Kol-canas, cucas y pregunte por lo que no ve.

También recuerdo la tienda de doña Clara, cerca, en la tradicional Calle del Frito, la calle más antigua de Medellín. Doña Clara atendía por una ventana de barrotes de madera gruesos. Con la tienda de doña Clara había una anécdota de antología: el patio de atrás de unos vecinos daba al patio de atrás de la casa de doña Clara; a veces nos subíamos por una pequeña escalera y a grito tendido le gritábamos: “doña Claraaaa, un sabooor”, y ella muy diligente nos llevaba el sabor. (Sabor: Paquete pequeño con un polvillo de varios colores para disolver en agua como refresco pero que nos lo comíamos vivo, en polvo).

¡Ah!, y es que otra cosa: Aunque no necesariamente todas, otro ingrediente maravilloso de esas tiendas que les agregaba más sabor era –es– que quedaban –quedan– en la misma casa del tendero o la tendera. Recuerdo a veces la tienda por alguna extraña circunstancia cerrada y uno tocando en la puerta con el fin de comprar algo urgente para alguna receta ya en proceso o para cualquier proceso ya en acción. ¿Se imaginan tocando en ese gran superficial supermercado-almacén cuando esté cerrado? ¿Saldrán los accionistas?

Hoy el homenaje es para la tienda de la esquina, aunque no quede en una esquina, para todas las tiendas, tenderos y tenderas. El más especial para la tienda de don Víctor que hace años ya no; para don Víctor Restrepo mi tendero favorito ya por siempre -con él crecí, desde su tienda hacía ‘domicilios’ en triciclo-, don Víctor, un personaje de esos que pasan a las historias y por qué no a la Historia, siempre amable, siempre con una solución, con un dicho; honor para sus descendientes que a veces veo por ahí caminando. Y va uno muy especial para una tienda vivita y coleando: para la “Miscelánea”, de Guillermo, en plena avenida de El Poblado, cerca al parque y pregunte por lo que no ve.

Edición 691 – Semana del 18 al 24 de julio de 2020
   
 
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