Una coyuntura histórica de verdades

 

Estamos viviendo una coyuntura histórica de verdades. Una coyuntura más dolorosa y profunda que la del Covid-19, donde está en juego la salud y la vida de todos y todas en tanto sociedad, nación y Estado, que precisa hoy más que nunca de las verdades, la corrección y la no repetición de horrores por parte de quienes han tenido y tienen todavía el poder y la responsabilidad para evitarlo.

 
Hernando Llano Ángel
 
Profesor Departamento de Ciencia Jurídica y Política, U Javeriana – Cali
 
 

Asumo el riesgo de la repetición obsesiva y de ser tediosamente monotemático. Pero parece que estamos lejos de comprender el momento histórico que vivimos. Quizá porque somos arrastrados por el vértigo de una realidad inverosímil, donde alternan los escándalos políticos con las catástrofes sociales, al punto que olvidamos rápidamente lo que acontece. Más ahora que la realidad virtual está desplazando y casi suplantando a la realidad existencial. Al extremo que hace posible la instalación ficticia del Congreso de la República. Un Congreso virtual que termina siendo presidido por un senador, Aturo Char Chaljub, poco virtuoso. Un Congreso virtual dirigido bajo la voz cantante de Char que, según lo denunciado por la prófuga Aida Merlano, está incurso en subastas electorales1. Un presidente del Congreso que pronto deberá entonar ante la Corte Suprema de Justicia un parlamento exculpatorio sobre sus faenas electorales. Como lucidamente lo expresará, hace ya siete lustros, el entonces Procurador General, Carlos Jiménez Gómez, “Colombia es un país de 24 horas”. Así olvidamos lo que pasó ayer y conservamos algo de cordura para sumirnos hoy en la realidad paralela y claustrofóbica que nos impone el Covid-19. Una realidad que es para miles de personas una pesadilla familiar al ser despreciadas o fustigadas por su condición dependiente y vulnerable de ancianos, mujeres y niños2.

Sanos contras apestados

Pero muchos nos creemos a salvo porque logramos, gracias a nuestros privilegios y seguridad económica, permanecer sanos e incontaminados, refugiados en la calidez afectiva de nuestros hogares. No somos conscientes que la vida se nos está reduciendo a una lucha implacable e imperceptible de sanos contra apestados. Una lucha que incluso logra lo inimaginable, distanciarnos familiar e íntimamente, pues tememos contagiar a quienes más amamos o, peor aún, ser víctimas mortales de su amor. Pareciera que el temible fantasma de la lucha de clases hubiese sido derrotado y estuviera en retirada por el asedio del Covid-19. Nadie imaginó que la biología terminará siendo una enemiga más poderosa que la misma lucha de clases, pues le ha propinado las mayores pérdidas y derrotas al autocomplaciente e invencible mercado capitalista. Aquel que hace apenas tres décadas proclamaba victorioso el “fin de la historia”, parece que hoy está asistiendo al fin de su propia historia de iniquidades y mentiras. Hasta tener que apelar, como lo hace la Unión Europea y en nuestro medio destacados académicos e intelectuales ante la CEPAL, a la solidaridad social y no a la ganancia insaciable del capital. Aquel que ayer despreciaba y fustigaba el Estado, mientras exaltaba el mercado –cuanto más libre mejor para la humanidad– hoy recurre al apoyo y la protección desesperada de ese Estado como tabla de salvación para la humanidad y su injusta prosperidad. Al extremo que empresarios exitosos e inescrupulosos como Trump, han forjado su capital y triunfo político contra el mercado global, promoviendo al máximo el chovinismo de America First contra el mundo entero. Por todo ello, no deja de ser una ironía fatal y para algunos incluso una prueba de la conspiración comunista contra el mundo libro, que el Covid-19 haya surgido en una de las ciudades chinas más industrializadas y conectadas con el mercado global, como Wuhan.

La fatal dicotomía mental

Esa fatal ironía, le permite hoy a Trump y sus seguidores reducir la vida y la política a una nueva cruzada del mundo libre contra el comunismo chino que, en la realidad, es un productivismo y consumismo capitalista desaforado promovido por el partido comunista a través del control férreo del Estado. Todos los entusiastas seguidores de Trump no tienen en su cabeza más espacio que para pensar dicotómicamente. Así, reducen la vida a dos categorías: “America First” contra China o incluso el resto del mundo (pues ya Trump se apresuró a acaparar millones de dosis de la futura vacuna producida por Pfizer y Biontech). También reducen la existencia humana y su rica diversidad a dos sexos, hombre o mujer, o incluso a un combate misógino del hombre contra mujer. La disputa política nacional a dos partidos: republicanos contra demócratas y, en su máxima expresión global de codicia y depredación, pretenden someter el planeta a la disyuntiva de capitalismo o muerte, pues niegan la crisis climática y promueven a toda costa el predominio de la energía fósil sobre las fuentes de energías renovables y alternativas. Lo peor de este reduccionismo mental dicotómico es que resulta más contagioso que el mismo Covid-19 y se difumina por todas las latitudes. Entre nosotros, tenemos muchas manifestaciones de ese pobre y destructivo universo dicotómico. Pero una que parece estar haciéndonos profundo daño es la polarización política entre los partidarios del uribismo y sus adversarios, que toma expresiones tan deplorables como la de dividir falsamente el país entre “paracos” y “mamertos”. Más allá de la pugnacidad visible en los medios de comunicación, es sobre todo en las redes sociales donde adquiere mayor virulencia, alcanzado niveles inimaginables de odio y desprecio, sustentados en la propagación de falsas dicotomías como la de buenos contra malos, belicistas contra pacifistas, demócratas contra terroristas, hasta llegar a la confrontación insalvable de “Petrista, mamerto” contra “Uribista, paraco”. Allí muere toda posibilidad de diálogo e interacción y con ella también la de convivir como ciudadanía en una nación democrática, pluralista y con paz política, donde se puedan contar las cabezas civilizadamente en elecciones sin fraude en lugar de cortarlas y desaparecerlas en fosas comunes y cauces de ríos3.

La JEP y la Comisión de la Verdad

En estos días esa dicotomía parece estar empecinada contra la JEP, deslegitimándola como una institución supuestamente cómplice de los crímenes cometidos por las Farc, y también contra la Comisión de la Verdad, como refugio de izquierdistas afines con la lucha armada. La raíz de esta campaña, más allá de los réditos electorales que buscan quienes la promueven, se encuentra en la incapacidad de reconocer que estamos viviendo una coyuntura histórica de verdades. Coyuntura histórica, porque ella conlleva la posibilidad de que por fin depuremos la política de las armas, pero también de sus relaciones espurias con el crimen y la corrupción, que se han convertido en las dinámicas determinantes para alcanzar la presidencia de la República desde el magnicidio de Galán hasta nuestros días4.

Y coyuntura de verdades, porque debemos tener la entereza de no aceptar que la violencia y el crimen legitimen nunca más ningún proyecto político, sea bajo las banderas de la “seguridad democrática” o la “justicia social”. Por eso causa tanto repudio e indignación los subterfugios y las coartadas de los excomandantes de las Farc para justificar o legitimar crímenes como el reclutamiento forzoso de menores, la violencia sexual entre sus filas y los secuestros sistemáticos, bajo eufemismos como retenciones, prisioneros de guerra y reglamentos guerrilleros. Así como resulta absolutamente inadmisible llamar “falsos positivos” a los asesinatos y las ejecuciones extrajudiciales cometidas por miembros de la Fuerza Pública en desarrollo de la directiva 029 de 20055 del ministerio de defensa, punta de lanza de la mal llamada “seguridad democrática”. Ante semejante atrocidades se enfrentan la JEP y la Comisión de la Verdad. Atrocidades que dejaron tantas víctimas y donde hay de por medio tantos victimarios, determinadores y cómplices, como funcionarios y empresarios, que es imposible tener una justicia plena, inquisitiva y punitiva, capaz de identificar y condenar a todos los culpables. Lo que se precisa es una justicia de verdades y reparaciones, donde los principales victimarios, desde los rebeldes hasta los institucionales, con sus numerosos cómplices y beneficiarios oportunistas, reconozcan plenamente sus responsabilidades ante las víctimas y estén dispuestos a repararlas simbólica y materialmente, sin el cinismo y la indolencia de tratar de justificar o legitimar sus incontables crímenes. Porque la magnitud, profundidad y duración del conflicto armado que todavía persiste, causando más dolor y víctimas, nos sitúa a todos, pero especialmente a la JEP y la Comisión de la Verdad, frente a una encrucijada insalvable para la justicia ordinaria, expresada así por Hannah Arendt ante los crímenes del nazismo: “Es muy significativo, elemento estructural en la esfera de los asuntos públicos, que los hombres sean incapaces de perdonar lo que no pueden castigar e incapaces de castigar lo que ha resultado ser imperdonable”.6 Para resolver esa encrucijada, así sea parcialmente, existen la JEP, la Comisión de la verdad y la Unidad de Búsqueda de personas dadas por desaparecidas. Por todo lo anterior, es que estamos viviendo una coyuntura histórica de verdades. Una coyuntura más dolorosa y profunda que la del Covid-19, donde está en juego la salud y la vida de todos y todas en tanto sociedad, nación y Estado, que precisa hoy más que nunca de las verdades, la corrección y la no repetición de horrores por parte de quienes han tenido y tienen todavía el poder y la responsabilidad para evitarlo. Contra tan letal virus histórico, el del odio, la violencia política y la iniquidad de nada sirve lavarse las manos, sino tener plena conciencia de lo ocurrido y rectificar. Bien lo sentenció José Saramago: “Somos la memoria que tenemos y las responsabilidades que asumimos”. Si no lo hacemos ahora, seguiremos transmitiendo de generación en generación el virus que engendra victimarios impunes y víctimas irredentas, en una sociedad enferma y vergonzosa que no puede llamarse democrática y mucho menos proclamar nacional e internacionalmente una paz con legalidad.

Edición 693 – Semana del 1º al 7 de agosto de 2020

4 Como el mismo César Gaviria lo reconoció, fue presidente porque sobrevivió al narcoterrorismo de Pablo Escobar; Samper por los generosos auxilios del narcotráfico; Pastrana por intercambiar la zona de distensión del Caguán por votos en la segunda vuelta contra Serpa; Uribe gracias al miedo generado por las Farc y el apoyo del paramilitarismo en vasta regiones del país; luego (2006 – 2010) cambiando ilícitamente un articulito de la Constitución y Santos junto a Duque, uno por repudio a la guerra y su daño a los negocios y el otro por miedo a la paz y las responsabilidades institucionales en el conflicto armado, contando ambos con apoyos por debajo de la mesa de Odebrecht y el Ñeñe Hernández.

5 Directiva ministerial Colombia. Justicia por Colombia.

6 Arendt, Hannah, (1983) La Condición Humana. Barcelona, Edit. Paidós, p.260.

   
 
Importante: Cada autor es responsable de sus ideas y no compromete el pensamiento de Viva la Ciudadanía.
Se permite la reproducción de nuestros artículos siempre y cuando se cite la fuente.
 
 
 
 
comentarios suministrados por Disqus