El itinerario vital de un obstinado

 

Esta no es más que una breve semblanza y una pequeña expresión de gratitud, a ese amigo integral que nos dejó el pasado 19 de agosto, al más grande, empecinado y terco líder de la pedagogía en Colombia, a ese obstinado que nos legó, como un encantamiento, su impronta de honestidad y compromiso, demostrándonos siempre, que la pedagogía y la política son la misma cosa.

 
Julio César Carrión Castro
 
Universidad del Tolima
 
 

Ítalo Calvino en sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, cuenta una leyenda que considero pudiéramos aplicar apropiadamente a la parábola vital de Abel Rodríguez Céspedes. Dice Calvino que el emperador Carlomagno se enamoró perdidamente de una muchacha y este hecho produjo enorme preocupación en la corte, pues el soberano, dada la ardorosa pasión que mostraba por la joven, llegó a descuidar los asuntos del imperio e incluso a perder hasta la dignidad real. La muchacha muere repentinamente y los dignatarios se tranquilizaron, pero por corto tiempo ya que el amor del rey no disminuyó. Carlomagno ordenó embalsamar el cadáver y conducirlo a sus aposentos a fin de no separarse de ella. Esta macabra pasión llevó al arzobispo Turpin a sospechar de algún encantamiento y entonces, examinó el cadáver hallando bajo la lengua un anillo con una piedra preciosa. Extrajo la sortija y sólo entonces Carlomagno ordenó dar sepultura al cadáver, pero volcó todas sus atenciones hacia el arzobispo, quien para escapar a tan embarazosa situación arrojó el anillo al lago Constanza. Según Calvino, la leyenda cuenta que Carlomagno, entonces, se enamoró del lago y jamás, durante el resto de su vida se apartó de sus orillas…

Es esta perseverancia en pos de un ideal lo que mejor refleja la obstinación y el enamoramiento por la pedagogía que mantuvo Abel Rodríguez en el decurso de toda su existencia; desde cuando, adolescente, cursara sus estudios de Maestro en la Escuela Normal de Ibagué, de donde se graduó en el año de 1965. Pasión que mantendría como maestro rural en La Arcadia, vereda del municipio de Algeciras (Huila); luego como docente en el Distrito de Bogotá, en las Granjas de San Pablo y, después, siempre, como preclaro dirigente sindical del magisterio y en cada una de las circunstancias políticas e intelectuales que harto conoce la nación entera, y particularmente los educadores.

Pero no hay nada mistérico en este compromiso, en los comportamientos y actitudes de Abel Rodríguez Céspedes, pues ellos obedecían simplemente a algo que pareciera ya agotado en un medio social tan dado a moldear seres humanos deformados por el mercantilismo, la simulación y el pragmatismo cínico; se trata de la coherencia intelectual y la honradez, de la que siempre hizo gala durante todo su trasegar político y social, incluso rodeado de muchos posudos, oportunistas, tránsfugas y renegados que simularon insumisión, honestidad y rebeldía, mientras se acomodaban. Se trata de ese ejemplo de tenacidad, de esa virtud de obstinación que le llevó a aventurarse más allá de esquemas, rigideces y ortodoxias, navegando, incluso, entre los peligrosos meandros de la burocracia, sin temor a zozobrar y sin abandonar jamás la nave de las utopías. Abel fue un militante activo de esa nave de locos que son las utopías.

Obstinación, enamoramiento, pasión por un ideal de servicio social que permanentemente le acompañó, a pesar de múltiples tropiezos y vicisitudes y que nos permiten hoy, tras el pesar de su partida, definir el talante de un hombre de principios, de un ser humano integral, en medio de una punzante realidad que denuncia la incapacidad, la desidia y la traición de muchos.

Porque para nadie es ya un secreto que, en el actual contexto político de este descuadernado país, se ha venido imponiendo la dinámica pragmática de los abandonos éticos y el travestismo ideológico de quienes, vertiginosamente, ascienden en el escalafón social desde los vericuetos administrativos, transitando de las militancias democráticas de izquierda, al acomodo muelle en que los ubican sus intereses arribistas y logreros, tirando en el camino sus sueños, sus quimeras y hasta las amistades.

Abel Rodríguez Céspedes, como presidente de la Federación Colombiana de Educadores – Fecode, no sólo logró dar continuidad a las históricas luchas sindicales del magisterio colombiano por las más sentidas reivindicaciones económicas, salariales, asistenciales y prestacionales, y por exigir el respeto institucional por sus logros, conquistas y derechos, sino que buscó fundamentar la presencia política y participativa de los educadores en todo el territorio nacional, más allá del simple activismo militante o partidista. Como si esto fuese poco, fue Abel Rodríguez quien dirigió el Movimiento Pedagógico, una corriente intelectual que se propuso en los años 80 del pasado siglo, rescatar el liderazgo ético, político y cultural del magisterio. Se trató de un movimiento cultural que asumió la pedagogía como núcleo básico del quehacer de los docentes.

Las actividades del Movimiento Pedagógico se desplegaron gracias al concurso de un amplio y plural grupo de intelectuales y estudiosos de la pedagogía y la educación, entre quienes estaban: Felipe Rojas Moncriff, Alberto Martínez Boom, Araceli de Tezanos, Olga Lucia Zuluaga, Martha Cecilia Herrera, Jesús Alberto Echeverry, Alejandro Álvarez Gallego, Gustavo Téllez Iregui, Gonzalo Arcila, Hernán Suarez, Carlos Vasco, Carlos Augusto Hernández, Humberto Quiceno, Orlando Pulido Chávez, Mario Díaz, Marco Raúl Mejía, José Fernando Ocampo, Jorge Gantiva, Antanas Mockus, entre otros, reunidos en torno de Abel Rodríguez y de la Revista Educación y Cultura, cuyo primer número se editó en el mes de julio de 1984.

Lamentablemente, luego del retiro de Abel de la dirección de Fecode (fue presidente de Federación de Educadores entre los años 1978 y 1988), el movimiento pedagógico decayó, siendo asumido y entendido, vergonzosamente, como un simple agregado de carácter “intelectualista”, por parte de las diversas capillas politiqueras que anacrónicamente continúan pontificando entre el gremio de los educadores.

Fue concejal de Bogotá entre 1988 y 1990. Cofundador de la Central Unitaria de Trabajadores – CUT. En 1991 fue delegatario a la Asamblea Nacional Constituyente. Ocuparía cargos públicos como el de Gerente del primer Plan Decenal de Desarrollo Educativo entre 1996 y 1998, llegó a ser viceministro de educación y luego Secretario de Educación del Distrito Especial de Bogotá del 2004 al 2009, habiendo logrado la completa gratuidad para la educación primaria y secundaria. Autor de varios libros, sobre educación y cultura, como “Estado y educación, régimen y realidad” de 1991 “Hacia una democracia educativa para el desarrollo” de 1993, “La educación en Bogotá”, “20 años de la ley general de educación, resultados y posibilidades”, 2015, entre muchos otros. Creó la Corporación Tercer Milenio, para impulsar el desarrollo de la educación y la cultura.

Esta no es más que una breve semblanza y una pequeña expresión de gratitud, a ese amigo integral que nos dejó el pasado 19 de agosto, al más grande, empecinado y terco líder de la pedagogía en Colombia, a ese obstinado que nos legó, como un encantamiento, su impronta de honestidad y compromiso, demostrándonos siempre, que la pedagogía y la política son la misma cosa. Abel había nacido un 24 de mayo de 1947, en la recóndita vereda Llano Largo del, también, abandonado y perdido municipio de San Sebastián del Río de las Piedras – Tolima, a las orillas de un río encantado llamado Opia, que aún nos dispensa las maravillosas ostras de agua dulce.

Edición 697 – Semana del 29 de agosto al 4 de septiembre de 2020
   
 
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