Si las rutas hablaran…

 

El fenómeno social del narcotráfico parecería que ha penetrado la mayoría de las esferas del país. Tanta riqueza y opulencia, qué paradoja, ha traído violencia y degradación. Así son las bonanzas, que por agua llegan y por agua se van.

 
Ricardo Villa Sánchez
 
Abogado, Magister en Desarrollo Social – @rvillasanchez
 
 

Cuando vivíamos en Bogotá, fuimos a ver la obra Si el río hablara… Desde que empezó, no sé si era el momento, el estrés, la vergüenza, o el dolor, no pude contener las lágrimas. Relataban la relación entre el cuerpo, la memoria, el odio, el amor, el miedo y el olvido, en el sonar del viaje por el río de la vida y la muerte, para, al final dejar muchas preguntas sin respuestas, que quizá sólo tendrán solución, cuando construyamos un nuevo relato poético de nación, que nos una, así nos duela.

Hace poco recibí el Informe de Masacres en Colombia durante 2020, de Indepaz. Terrible título que lo pone a uno a pensar en ¿hacia dónde vamos?, o ¿para qué a esto regresamos? Concluyen que 182 personas han sido asesinadas en 44 masacres cometidas en el año de la pandemia, en que sigue fluyendo la tragedia, mientras nos seguimos bañando en las mismas aguas de la violencia, la corrupción, el narcotráfico, la minería ilegal, la trata de personas, el mercado negro de armas, el contrabando, y en la que la condición humana, nos obliga a aislarnos por el riesgo de ser contagiados por el virus o por el miedo a defender los derechos humanos, y a ejercer el liderazgo social.

En este informe, a vuelo de pájaro, en los municipios y departamentos donde se han presentado más de una masacre, nos dejan la duda, no sólo de si el río hablara, sino de que el clamor del pueblo exigiendo la presencia del Estado, brindando la seguridad en las fronteras; oportunidades y soluciones a tantas carencias; voto libre, servicios públicos y trabajo digno, no pudieran detener el estruendo de las rutas de la economía de la criminalidad.

Sin ameritar mayor análisis, se podría mencionar que distintos estudios han evidenciado, históricamente, la presencia en estos territorios de grupos armados organizados, de terror, de falta de libertad política, de anomia, de economías subterráneas, en rutas que bajan desde la triple frontera con Perú y Brasil, por el rio Amazonas al Atrato, al Golfo de Urabá; nos llevan al Lago de Maracaibo, desde la región del Catatumbo; o recorren los nudos y macizos que trifurcan la cordillera de los Andes para que por ahí bajen los grandes ríos de la Magdalena y del Cauca, que empalman por el norte y el occidente, respectivamente, con el mar caribe y el océano pacifico, donde estarían los epicentros de crímenes contra la humanidad y de ecosistemas de la criminalidad.

Además de estas cifras perversas de terror, que no son planas, sino son vidas; si se le pone color al mapa, alfileres y líneas, se encontraría este patrón: ¿Será que las masacres se presentarían en los corredores entre los territorios montañosos donde habría cultivos ilícitos, laboratorios de drogas y sus narco-puertos? ¿Será que esa es la fuente de la disputa territorial?

El fenómeno social del narcotráfico parecería que ha penetrado la mayoría de las esferas del país. Tanta riqueza y opulencia, qué paradoja, ha traído violencia y degradación. Así son las bonanzas, que por agua llegan y por agua se van. Máxime si la cadena nace en los territorios olvidados, donde todo llega tarde, pululan la pobreza, la desesperanza; rutas del despojo, el desplazamiento forzado y de la estela de sangre, muy ricos en su diversidad, que no es casualidad que sean los principales afectados por esta plaga, tipo mecedora, en la que sus habitantes, así se resistan a aceptar esta realidad, o así deseen, le pidan a sus dioses o, hasta al Estado, alternativas dignas de supervivencia, quedarían en la mitad del fuego cruzado de actores armados que van, capos que vienen, sin poder, ni siquiera preguntarse: ¿Cuándo los asesinos encontrarán la Paz?

Edición 697 – Semana del 29 de agosto al 4 de septiembre de 2020
   
 
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