La cotidiana “normalidad” de la peste… y de la muerte

 

La “invasión repugnante”, del Covid-19, como si se hubiese previsto, después de la sorpresa y el pánico que provocara en los primeros tiempos, se transformó poco a poco en una cómoda y resignada aceptación, luego, a partir del momento en que el miedo y la reflexión se conjugaron, las mentalidades, la psicología popular, fue tendiendo hacia la consideración de una supuesta “nueva normalidad”.

 
Julio César Carrión Castro
 
Universidad del Tolima
 
 

“La peste o no se la imagina o se la imagina falsamente”. Albert Camus.

Con la intención de querer historiar cosas a las cuales no se les presta mayor atención por parte de muchos cronistas e historiadores, y siguiendo la propuesta genealógica hecha inicialmente F. Nietzsche y luego por Michell Foucault, de registrar y escarbar los bajos fondos, hasta encontrar los atavismos y herencias de muchos de los acontecimientos contemporáneos, entendiendo que existen situaciones invariables y repetitivas, que cada momento de la historia establece marcas e improntas, indefinidamente repetidas. A sabiendas de que no existe una teleología, ni una causa final, consideramos que el presente es un acontecer que, desde las pequeñas miserias de la cotidianidad, irremediablemente se reitera.

Sabemos que son falsas todas esas disquisiciones metafísicas acerca de “un futuro mejor”, tanto como los sueños y las pretensiones de una “paz perpetua”, por tal razón queremos, con jovialidad, mostrar el sendero de la decadencia conceptual, que se nos pretende presentar como marcha triunfal del progreso, como una historia ya depurada, pero que realmente –contra todo mesianismo o determinismo historicista–, se trata de una terrible y decadente repetición histórica que asumimos como un presentismo fatalista.

A pesar del constante temor, de las advertencias, del miedo, del pánico a las muchas pestes, plagas, epidemias, contaminaciones, contagios y pandemias, que nos han asolado, como lo advirtiera Albert Camus en su premonitoria obra “La peste” de 1967: “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras toman las gentes siempre desprevenidas...” , pues nunca se hacen cuentas ni es posible una auténtica prevención ni corrección y “cien millones de cadáveres, sembrados a través de la historia, no son más que humo en la imaginación”. Miedo y zozobra convertidos siempre en tranquilidad y costumbre, luego de teatrales lamentos, prevenciones y advertencias.

Precisamente el gran historiador de las mentalidades, de las costumbres y de la vida privada y cotidiana, George Duby en su obra “Año 1.000, año 2.000 La huella de nuestros miedos” estableció el paralelo existente entre los miedos medievales y los miedos que atenazan a los seres humanos al ingresar al tercer milenio. Dice Duby: “Si uno se pregunta por lo que puede acercar miedos de hoy y miedos de antaño, tal vez en esto se pueda encontrar el paralelismo más estrecho. Porque, tal como en el caso del Sida, todas las epidemias y la peste negra en particular, se consideran como castigo del pecado. En plena desesperación, se buscaban responsables y víctimas propiciatorias: fueron los judíos y los leprosos. Se dijo que habían envenenado los pozos. Y así se desencadenó la violencia contra unos hombres que parecían los instrumentos de un Dios vengador que azotaba a sus criaturas con esa enfermedad”.

Duby establece con absoluta claridad que la peste negra en realidad se expandió gracias al “progreso”; fue el resultado de la movilidad establecida por los descubrimientos geográficos y la expansión comercial. “Se trasmitía esencialmente por intermedio de parásitos, sobre todo por las pulgas y las ratas. Era una enfermedad exótica, contra la cual el organismo de los europeos carecía de defensas. Vino desde el Asia, por la ruta de la seda. La epidemia, esa catástrofe, es también, entonces, efecto del progreso, del crecimiento. Se había desarrollado el comercio europeo, los comerciantes genoveses y venecianos iban a negociar hasta los confines del Mar Negro, y allí entraban en contacto con los mercaderes del Asia”. Así mismo, la peste –asevera Duby– provocó un “auge generalizado del nivel de vida” ya que alivió a Europa del exceso de población y, pasada la epidemia, el sistema terapéutico establecido (ahorcamientos, linchamientos, quema de brujas) se hizo más fuerte, probando su supuesta eficacia.

Así como ayer se culpaba a los judíos, a los leprosos, a los pecadores y a los alejados del Dios cristiano, de todos los males que asolaban a Europa; de la lepra, de la peste y hasta de la locura, hoy se culpa a los sectores marginales, a los migrantes, a los pobres, a los seropositivos, a los homosexuales, a los considerados “anormales” y a los alejados de Dios, nada ha cambiado. Persiste la búsqueda del responsable de las guerras, de las epidemias y de la muerte y siempre se señala al “otro”, al distinto, al “raro”, al extraño, al extranjero, al migrante...

Como lo ocurrido tras la peste negra hace mil años, el tardío capitalismo, que ha aprendido a acomodarse y a sobrevivir tras las más diversas crisis y epidemias, espera que el coronavirus logrará establecer un nuevo horizonte de posibilidades, impulsará mejoras laborales mediante la “reactivación económica”, la implementación de la virtualidad, la flexibilización, el teletrabajo, la polivalencia de los trabajadores y el “emprendimiento social”, que habrán de incrementarse de manera sustantiva las ganancias de los empresarios y los inversionistas, siempre y cuando se fortalezca también la vigilancia, el control y la represión policíaca sobre los sectores indisciplinados y rebeldes.

La “invasión repugnante”, del Covid-19, como si se hubiese previsto, después de la sorpresa y el pánico que provocara en los primeros tiempos, se transformó poco a poco en una cómoda y resignada aceptación, luego, a partir del momento en que el miedo y la reflexión se conjugaron, las mentalidades, la psicología popular, fue tendiendo hacia la consideración de una supuesta “nueva normalidad”, que incorpora la peste en su triste cotidianidad. Ya se alejó el miedo, el pánico, la pavura; de nuevo se regresa al cotidiano trasegar de unas “almas muertas” que desfilan ya, sosegadas y tranquilas, en la rutina de la muerte y la pandemia. Pero estamos seguros, con Albert Camus, que con esa “peste que suprime el porvenir” ... nadie será libre jamás, mientras subsista la plaga del capitalismo, en todas sus variantes (incluido el de rostro amable que sueñan los “progresistas”) es una plaga, es una peste que debemos superar tarde o temprano.

Edición 701 – Semana del 26 de septiembre al 2 de octubre de 2020
   
 
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