¿Qué aprender de Trump y Uribe en la Pandemia?

 

Tenemos a la vista dos casos paradigmáticos. El primero es Donaldo Trump, un especulador financiero que cuando cumple, paga ínfimos impuestos a la sociedad de la que vive y se lucra. El otro, su partner colombiano, Álvaro Uribe Vélez, mentor de Iván Duque, comparsa en el reino redivivo de la seguridad democrática con el rosario de muertos que lo singularizó antes y ahora.

 
Miguel Ángel Herrera Zgaib, PhD.
 
Presidente IGS-Colombia
 
 

En esta semana tenemos en Colombia y Estados Unidos, a dos representaciones, a su modo, de personalidades carismáticas, Álvaro Uribe y Donaldo Trump, quienes hacen política en remedos de democracia plebiscitaria que teorizó Max Weber hace casi 100 años.

La aguda pluma de este sociólogo alemán de la política las concibió y comprendió, después que él sobrevivió a los desastres en cadena de la Gran guerra europea, al colapso de la república de Weimar y, con la mirada escéptica del ascenso de la URSS, cuya burocratización pronosticó como parte necesaria del despliegue de la racionalidad instrumental en el mundo de la segunda modernidad.

Es probable también que la Alemania posguillermina le llegaran los ecos de la gripa española que no afectaron su frágil salud física, y las recurrentes recaídas y depresiones que amargaron su existencia. A pesar de los diligentes cuidados de su devota esposa Marianne, quien garantizó la recuperación de su enciclopédico legado para una época desacralizada.

Los tiempos de Donaldo y Álvaro

Un siglo después, tenemos a la vista dos casos paradigmáticos. El primero es Donaldo Trump, un especulador financiero que cuando cumple, paga ínfimos impuestos a la sociedad de la que vive y se lucra. No más de US $750 dólares por año, como lo certificó el New York Times. Es un político que prueba hasta el absurdo el aserto de Marx, quien en su carta a Joseph Weydemeyer, un alemán que era su corresponsal vivía en New York, e intentaba una publicación regular Die Revolution para los trabajadores migrados de Prusia y sus alrededores.

A Weydemeyer explicó brevemente que él no había descubierto, tampoco inventado la lucha de clases. Esa era una obra de los historiadores burgueses. Su cosecha sí tenía que ver con una teoría de la lucha de clases que le permitió explicar la historia humana sucedida. E indicar que en la moderna sociedad burguesa lo dominante era la economía, y que esta ocurrencia y recurrencia relativas se explicaba con base en el modo de producir las condiciones de existencia modernas. Para los curiosos, esto lo repitió y expuso un epistemólogo marxista archifamoso, Louis Althusser.

Todo parece probar hasta la fecha que, sobre el particular, a Carlos Marx no le faltaba razón, y para la muestra están los botones del saber de la economía neoclásica y el marginalismo probando el dictum marxiano.

Mr. Trump, que no parece muy afecto a los libros, que no sean los de doble contabilidad, que tanto aprecian los potentados que estafan al mundo entero que produce bienes reales e inmateriales, siempre o casi siempre se da la maña de cabalgar sobre pérdidas. Él, como en las cuentas del buen cristiano, repite que quien peca y se arrepiente empata, y vuelve y juega. Amparado en el “in God we trust”. La religiosidad que tanto impresionó a Max Weber, el viajante de tren por los Estados Unidos de comienzos del siglo pasado.

El show debe seguir

Pues bien, Mr. Trump, después de haberlo escuchado interrumpir y gesticular hasta el absurdo con su rival y comparsa, el casi octogenario Joe Biden, delante de una audiencia televisiva estafada por sus diatribas de espectáculo de vodeville, que superó los 70 millones de personas de diversas procedencias. Al día siguiente reportó al mundo que estaba contagiado del Covid-19, y junto a él, la exótica primera dama, Melania.

Por estas calendas él se encuentra recluido en el Hospital Walter Reed, de veteranos de la guerra, en las cercanías de Washington. Allí estaré por varios días en observación, para determinar cuál es la evolución del virus alojado en un paciente asintomático que entre otros contagió a su propia esposa, en el ejercicio de su profesión de culebrero ambicioso que quiere a toda costa ser reelecto, menospreciando todas las normas sanitarias que el doctor Fauci le recordó en sus diatribas regulares.

Ahora el turno es para su partner colombiano, Álvaro Uribe Vélez, el mentor de Iván Duque, comparsa en el reino redivivo de la seguridad democrática con el rosario de muertos que lo singularizó antes y ahora. Álvaro también está recluido, pero en su palacio de chalán redomado, gran señor terrateniente y ganadero.

Una destreza que lo hizo tan cercano a los patrones del narcotráfico, desde los tiempos del reinado familiar de los Ochoa, y que ahora lo tiene al borde de la cárcel, juzgado por conductas criminales, dos, que resultaron de querer castigar y calumniar a un joven rival político, Iván Cepeda, que con acuciosidad lógica y valor civil rastreó sus cuentos e impostura.

La prueba de fuego para el caporal

Llegada la causa a las máximas instancias de la justicia, con todo y negociados circulando por esos pasillos, a Uribe Vélez le fue fallada en contra suya la acusación contra Iván Cepeda, un filósofo hijo de un militante comunista asesinado en los tiempos de la UP.

Ahora uno de sus gamberros, Diego Cadena, hace todo tipo de maromas, durante 16 horas declarando ante el magistrado César Reyes, para borrar las huellas del trabajo sucio que hacía con el abogado Salazar, para apoyar las acciones de dos luminarias de la abogacía nacional, al revés, Lombana y Granados, que, en lo posible, según repiten, nunca visitan las cárceles.

Pero tan jodida estaba la causa del expresidente y ahora exsenador también, que Lombana se acercó a la cárcel. Allí quedaron grabadas las triquiñuelas y los sobornos intentados con el testigo Monsalve, quien, auxiliado por su compañera de vida, y por orden de la Suprema Corte, con apoyo tecnológico extranjero dejaron constancia de tales trapisondas.

Esta semana se supo que la Corte decidirá el conflicto de competencias a solicitud de la juez de garantías, quien en Paloquemao preguntó que con cuál procedimiento seguir tratando al encauzado, la ley 600 o la 906; al renunciar Uribe a su investidura con el plan manifiesto de encontrar una situación más favorable en la Fiscalía, donde hay un Fiscal proclive a la causa del Centro Democrático. Ya lo veremos para no hacer especulaciones.

Este miércoles entrante se calcula que habrá noticia, no solo de la suerte corrida por Uribe Vélez, al despachar la Corte el conflicto de competencia, si queda en libertad. Al mismo tiempo, probablemente, sabremos también cómo le fue a Trump, con la evolución del contagio obtenido en su calculada fanfarronada, que le permitirá seguir gobernando, o cuando menos encontrar una excusa para no concurrir al segundo debate programado para el 15 de octubre. Esta vez, sí, embozalado y descubierto frente a sus potenciales electores o detractores.

La multitud de los simples expectante

Para las dos sociedades, en plena crisis de hegemonía mundial del capitalismo, aupada por la pandemia. Tenemos a la vista, igualmente, una crisis abierta de la representación democrática neoliberal.

Enfrentados los mercados con el riesgo inminente de una muerte improbable, o el retiro forzoso del presidente que quiere repetir, a todo costo, en los Estados Unidos. Y por la otra parte, Álvaro, quien espetaba desafiante, “que me digan paramilitar y lo que quieran”. Hoy reclama libertad para continuar haciendo lo que acostumbra, embaucar a la opinión pública con su sarta de fake news.

Él, que aún se regodea de haber gobernado dentro de la legalidad, no solo probó ya el encierro en su jaula de oro, sino que ahora hay otros que siguen buscando sus declaraciones de renta, para divulgarlas al gran público.

Entonces se completará la moraleja que oculta este gesticulador carismático que se arropa con la creencia de los simples, a la vez que odia sin tregua. Artífice de primera línea del régimen parapresidencial con que aterroriza a los muchos, y sirve a la riqueza mal habida, y al despojo de los pocos con inauditas tasas de impunidad.

Es posible que haya luz en el túnel de estas pseudo democracias plebiscitarias; y que no terminemos aquí y allá en revejidas dictaduras civiles para desgracia de sus ciudadanías embobadas con los juegos fatuos del capital glocal, e intimidadas en las calles por la impunidad de sus verdugos policías y militares, mal pagos y compensados con la soberbia bestial de ser ellos la autoridad por un rato.

Edición 702 – Semana del 3 al 9 de octubre de 2020
   
 
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