Álvaro Álvaro: de la iracundia a la concordia

 

Son dos o tres cuestiones centrales las que se tocan en el espectro temático de este texto: la transición de la guerra a la paz generada en la diferencia y no en el consenso, la ocurrencia sucesiva, evolutiva, de un Álvaro a otro Álvaro, y la relación entre contexto histórico y curso biográfico de AGH.

 
Luis I. Sandoval M.1
 
 

La senda que Colombia necesita seguir

La transición colombiana de la guerra a la paz exhibe una singular característica: no parte de un consenso sino de una profunda diferencia entre las fuerzas políticas en escena. Por eso ha sido una transición agitada, turbulenta, incierta...

Esa es la tozuda realidad con que nos encontramos los colombianos a poco andar en el análisis de nuestros varios procesos o intentos de paz. Este ángulo de lectura tiene antecedentes en algunos de mis trabajos sobre guerra, política y paz (cinco libros entre 1998 y 2017)2. El periplo vital de Álvaro Gómez Hurtado (AGH) permite ilustrar algunos aspectos de este trascendental asunto.

Álvaro Álvaro

La vida y muerte de AGH no se entienden sino en el complejo contexto de la guerra y la paz. Por eso esbozo el tema a propósito del 25° aniversario del atentado mortal que se le hizo el 2 de noviembre de 1995. Él actuó en el escenario de la violencia de los años 50 y luego en el de la paz anhelada e intentada, muy parcialmente lograda, de los 80 y 90 del siglo XX.

“Álvaro Gómez Hurtado, como hijo de Laureano, fue un actor inequívoco de ese drama, y no tendría ningún sentido negar el ímpetu y la intemperancia de su juventud, su radicalismo en todos los sentidos de la palabra, lo que Hernando Téllez alguna vez llamó su adhesión pasada a “una idea política detestable””. Tal es la certera observación de Juan Esteban Constaín en su reciente y encomiado trabajo: Álvaro, su vida y su siglo (2019).

Por eso puede decirse que hubo dos AGH: uno el autor de la tesis tremendista de las Repúblicas Independientes y otro el agudo gestor de la formulación e iniciativa de Acuerdo sobre la Fundamental. El primero factor nefasto de violencia, el segundo factor afortunado de convivencia (Álvaro Álvaro: 100 años, Semanario virtual Caja de Herramientas, mayo 24, 2019)

Este sucesivo rol, ayer uno, hoy otro, se expresa bien en la identificación que él mismo decidió adoptar en su tercera y última campaña presidencial (1990): ¡Álvaro Álvaro! Se trataba quizá de poner por delante a Álvaro el convivente y ocultar a Gómez el de los aciagos tiempos de la violencia bipartidista medisecular.

El concepto de régimen

Reconforta constatar que la evolución de AGH fue en positivo, mostrando una trayectoria pública sorprendente. ¡Que no maten a la gente! fue su lema en 1990. En corto tiempo habían ocurrido los asesinatos de los también candidatos presidenciales Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro. Los mató el régimen.

Consideraba AGH que el mayor mal de la nación lo constituía lo que él llamaba el régimen, con lo cual significaba que, atravesando las instituciones, y más allá de ellas, el país era presa de un sistema corrupto de trueques y complicidades, impuesto a través de poderes fácticos que habían acabado con los partidos y con la política como contienda de ideas y como competencia de propuestas y programas con nutrido alimento ideológico.

“Eso era lo que Álvaro Gómez llamaba el régimen: una usurpación de la política para volverla un negocio que solo les servía a quienes entraban en él, obvio, de allí que su rasgo por excelencia fueran la complicidad y el silencio, como en la mafia, y no la solidaridad” …

“Del régimen hacían parte los políticos de profesión y los partidos, sin duda, ellos eran sus operadores principales. Pero también en el régimen estaba la gran prensa y estaban los grupos económicos y los gremios, por ejemplo, y los jueces, y los magistrados, las fuerzas del orden, a veces hasta los sindicatos y los grupos de presión. En fin, todo el que se dejara comprar, todo aquel que se volviera cómplice en ese tupido circuito de intereses creados”

“Por eso Álvaro Gómez se volvió una piedra en el zapato del sistema, compenetrado con él hasta lo más profundo, sí, pero agitando de manera periódica propuestas y tesis que lo sacudían en todos sus nervios, aunque muchas de esas ideas no llegaron jamás a consumarse /elección directa de Procurador y Fiscal General por la ciudadanía/”

“Esa es otra paradoja del destino político de Gómez: la de una especie de espíritu subversivo, por absurdo que suene, ejercido desde lo que él mismo llamó “el talante conservador”Por eso había que cambiar las cosas, decía Álvaro Gómez, para que luego, quizás algún día, valga la pena conservarlas”. (Págs. 28 – 32, passim).

Caracteriza bien Juan Esteban Constaín esa singular forma alvarista de ser conservador. Por eso lo he citado inextenso. Pero, como es obvio, no se pretende con ello negar la posición nítidamente conservadora de Gómez, ni soslayar su afán de combatir posturas que consideraba de izquierda y socialistas o comunistas, en particular respecto al tema de la tierra. AGH conservó hasta el final rasgos fundamentales de su estirpe tradicionalista como se han encargado de mostrarlo los historiadores3. Solo que ello lo asumía sin recaer en los esquemas de ejercicio abusivo de la fuerza por el Estado o del recurso a la violencia por parte de particulares.

Podría decirse que al final de sus días AGH representaba una derecha institucional, apegada a las reglas sagradas del ejercicio republicano de la política. Lo anterior hace comprensible que yo no comparta la tesis de quienes se aproximan a la impresionante figura de AGH dando a entender que toda su vida fue el mismo reaccionario y derechista terrible que nunca abandonó las posturas que lo caracterizaron a mediados del siglo XX. Tal tesis es contraevidente.

La confesión de las Farc

Sin embargo, ahora sabemos que las Farc, obnubiladas, mantuvieron como objetivo militar y finalmente asesinaron a Gómez el de las Repúblicas Independientes –señalamiento al que se atribuye el origen de la guerra del establecimiento contra ellos– desconociendo a Álvaro el buscador de caminos de paz, coautor brillante de la Carta Política de 19914.

Elementos de mucho peso indican hasta el momento que la confesión hecha por los máximos jefes de las Farc sobre el asesinato de AGH corresponde a la verdad, así lo estiman el propio presidente de la Comisión de la Verdad, Padre Francisco de Roux, y numerosos analistas y columnistas, entre ellos la experimentada periodista Patricia Lara (columnas en El Espectador) y el historiador Medófilo Medina (artículo en la Línea del Medio).

Paz sin consenso

En varios testimonios retrospectivos, algunos originados en funcionarios del propio gobierno Santos y de personalidades políticas cercanas al expresidente, otros aportados por quienes participamos en el Consejo Nacional de Paz en el tiempo de los diálogos en La Habana5, se puede apreciar cómo en el último proceso de paz no fue un consenso sino una profunda diferencia entre Santos presidente y Uribe expresidente, entre el SI y el NO frente al Acuerdo, lo que signó el camino de la transición tormentosa que está recorriendo el país.

Amarga constatación: la necesaria y encomiable tarea de obtener la paz política es convertida en terreno para dirimir predominios entre facciones de las propias élites. Se utiliza la causa de la paz como plataforma para obtener o mantener el poder estatal intentando un predominio sostenido en el juego político.

Naturalmente la elección de esa vía contenciosa pone en riesgo la obtención del objetivo mismo ya que es muy difícil que un solo actor, así se imponga por fugaces momentos mediante un triunfo electoral, pueda realizar solo la exigente, la descomunal, tarea de la paz. El mismo diseño tuvieron los intentos de paz política de Belisario Betancur (1982 – 1986) y Andrés Pastrana (1998 – 2002). Cada uno quería protagonizar solo y consideraba que el hecho de haber ganado la elección presidencial le daba fuerza suficiente para llevar exitosamente la bandera de comienzo a fin. Comprobado que no es así.

Lo conversé directamente con el expresidente Betancourt en varias oportunidades, lo constaté con integrantes del Comité Temático en los diálogos del Caguán.

La paz en el acuerdo sobre lo fundamental

No es el tema de guerra y paz un asunto ordinario que puede dejarse al albur del juego corriente de pluralidad y competencia política en el seno de una sociedad. Este asunto atañe a los entendimientos básicos constitutivos o fundantes vinculados a la viabilidad de una nación y al monopolio de la fuerza por parte de un estado garantista. El orden social se estructura a partir del pacto fundante el cual incluye las reglas de juego para el trámite institucional democrático de la conflictividad permanente propia de una sociedad viva y en expansión.

Es por ello por lo que una política de paz de estado necesita contar como primer paso con un consenso general o, al menos, con un acuerdo de mayorías holgadas y suficientes. Posiblemente sea este un terreno en el que resulte pertinente aplicar una de las categorías más afortunadas del ideario de AGH, esto es, el acuerdo sobre lo fundamental6.

De ello se viene hablando hace tiempo: construir un acuerdo básico que permita sacar la violencia del ejercicio de la política. Debió ser lo primero al momento de concebir el proceso de paz política, pero, naturalmente, si tal piso no se puso a tiempo, es obligado hacerlo ahora desde un ejercicio del poder y del gobierno animado por una real voluntad de abrirle ancho camino a la paz como lo establece el mandato constitucional (Art. 22), reforzado por el hecho de que el Acuerdo de Paz Estado-Farc es parte integrante del cuerpo de la Carta7.

No cabe aquí una mayor explicación y sustentación de este punto de vista, solo alcanzo a dejarlo enunciado para un ulterior desarrollo. Realmente son dos o tres cuestiones centrales las que se tocan en el espectro temático de este texto: la transición de la guerra a la paz generada en la diferencia y no en el consenso, la ocurrencia sucesiva, evolutiva, de un Álvaro a otro Álvaro, y la relación entre contexto histórico y curso biográfico de AGH. Habrá que volver más adelante sobre estos y otros temas conexos.

Intereses facciosos

Al no conocerse la autoría del asesinato de AGH en el momento de su ocurrencia por el silencio que decidieron guardar las FARC, la justicia fue conducida por sendas artificiosas; el ominoso hecho fue utilizado perversamente como factor de incriminación de unos contra otros a fin de sacar dividendos políticos.

La paz colombiana sigue presa de este mezquino juego de intereses facciosos lo cual impide que prospere y se consolide trayendo el sosiego, el tranquilo ejercicio de la libertad, que desde siempre merece el pueblo colombiano. Para superar esa malhadada práctica servirá la verdad que trabajosamente se abre camino.

El Álvaro que evoluciona de la iracundia de medio siglo al Álvaro que contribuye eficazmente a los esfuerzos por aclimatar la concordia en el fin del siglo XX es un referente a seguir por el país que aún no ha encontrado las condiciones de la paz total cuando ya han corrido dos décadas del siglo XXI.

Edición 706 – Semana del 31 de octubre al 6 de noviembre de 2020

1 Investigador social, columnista, integrante de REDEPAZ y miembro de la Asociación de Estudios y Acción Política Democracia Hoy DEMHOY.

2 Paz: recrear la democracia desde la sociedad civil (1998), El Proceso de Paz (2000), Guerra, Política y Paz (2002), La Paz en movimiento (2004), La Paz Naciente (2017). Columnas durante 15 años en El Espectador.

3 Henderson, James D., La Modernización en Colombia. Los años de Laureano Gómez 1889 – 1965. Traducción Magdalena Holguín. Universidad de Antioquia, Medellín, julio 2006.

4 “Yo ejecuté la orden de asesinar a Álvaro Gómez”: Carlos Antonio Lozada. El Espectador - JEP 7 Oct 2020 – Por: Gloria Castrillón.

5 Lo más reciente son las declaraciones del Senador Armando Benedetti, ampliamente publicitadas por los medios. “El premio nobel debió haber sido para Humberto de la Calle”: Benedetti - El Espectador - Política - 5 oct. 2020 - 10:31 a.m. Por: Juan S. Lombo – Twitter: @JuanLombo. En mi libro La Paz Naciente (octubre 2017) toda la primera parte: coyuntura crítica está orientada al análisis del plebiscito y del difícil período que siguió. También incluye el libro materiales y análisis sobre las falencias en el diseño de la política de paz. En las numerosas crónicas o memorias del proceso de paz: libros de Enrique Santos, Juan Manuel Santos, Humberto de La Calle, Sergio Jaramillo, Henry Acosta, Marisol Gómez (El Tiempo) y otros trabajos del ámbito académico está por indagarse si el presidente Santos adelantó una acción explicita para construir una verdadera política de paz de Estado con base en un amplio consenso político o si las circunstancias impusieron adelantar el proceso en medio de una honda diferencia entre las élites políticas.

6 Álvaro Gómez explicó en distintos momentos, a través de escritos o intervenciones políticas o académicas, el sentido y alcance de lo que él denominaba Acuerdo sobre lo fundamental, pero quizá la oportunidad en que mejor plasmó su pensamiento al respecto fue en la  intervención el 4 de julio de 1991 en el acto de promulgación de la Constitución. “Hemos manejado una extraordinaria potencia, con toda responsabilidad. Como lo prometimos. Primó siempre el ánimo de acuerdo. Ese acuerdo sobre lo fundamental que ha sido nuestra propia propuesta y nuestro desvelo”, señaló Gómez (El Tiempo, 5 de junio, 1991). Textos míos en que hago referencia al tema: Colombia 200 años sin acuerdo sobre la fundamental, El Espectador, 29 de enero de 2019 y Álvaro Álvaro: 100 años, Semanario virtual Caja de Herramientas, mayo 24, 2019.

7 El propio texto del Acuerdo Final pos plebiscito, es decir, escuchadas y tomadas en cuenta gran parte de las objeciones del NO, incluye la idea de un acuerdo o pacto general de paz en estos términos: 3.4.2. “Pacto Político Nacional. El anhelo del país de alcanzar una paz estable y duradera se funda en el reconocimiento de la necesidad de superar el conflicto armado. El Gobierno Nacional y el nuevo movimiento político que surja del tránsito de las FARC-EP a la actividad política legal, se comprometen a promover un Pacto Político Nacional… Este Pacto Político Nacional que deberá ser promovido desde las regiones y sobre todo en las más afectadas por el fenómeno, buscar hacer efectivo el compromiso de todos los colombianos/as para que nunca más se utilicen las armas en la política, ni se promuevan organizaciones violentas como el paramilitarismo que irrumpan en la vida de los colombianos/as vulnerando los derechos humanos, afectando la convivencia y alterando las condiciones de seguridad que demanda la sociedad… Además, se contemplarán medidas de sometimiento a la justicia. Este pacto buscará la reconciliación nacional y la convivencia pacífica entre los colombianos”. Texto del Acuerdo Final reproducido por la Corporación Construyendo Poder, Democracia y Paz Poderpaz, enero de 2017, pág. 80.

   
 
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