¿Un nuevo curso democrático
para la Unión Americana?

 

Las fórmulas de la descentralización y la independencia de los Estados han fracasado en toda la línea en esta emergencia. Los colegios electorales muestran la aberración de una no proporcionalidad, y la sobre representación común para los estados con menor número de habitantes, y gran peso rural, que, sin embargo, todos y cada uno, tienen derecho a ser representados por dos senadores, sin importar la población votante.

 
Miguel Ángel Herrera Zgaib, PhD.
 
Director XVI Seminario Internacional Gramsci, 9-13/X/20. Presidente de la IGS-Colombia
 
 

“Son los votantes los que deciden el ganador de una elección, no el presidente ni el Fiscal General…No hemos visto evidencia alguna de algo que pueda interferir en que se certifiquen los resultados…”
Carta de exveteranos del Departamento de Justicia de los EUA.

Presidencialismos e historia de los Estados Unidos de Colombia

En los escenarios electorales del presidencialismo más prosaico, como lo es Colombia, la elección principal queda resuelta en materia de votación de un día para otro. Más aún, no existen las encuestas a boca de urna, para dizque no influir sobre los votantes indecisos, y tampoco se permite el voto de las fuerzas armadas para evitar que se “politicen” desde el año 1958. La última es una decisión por la que aún se honra al patricio liberal, Alberto Lleras Camargo, peón de brega internacional de los Estados Unidos, desde la segunda posguerra; y el padre cofundador con Laureano Gómez de la fórmula consociacional, que tuvo su arraigo en el tardo medioevo, del Frente Nacional. Estudiada para Colombia por Jonathan Hartlyn. A esta le añadió Lleras el carácter no deliberante de las FFAA, que defendió en el discurso del Teatro Patria, en diciembre de 1958.

Este no es el mismo caso del republicanismo liberal estadounidense, donde la elección presidencial del pasado inmediato es ahora bloqueada por el presidente Donald Trump y sus áulicos. Él porfiaba en que sería reelegido, con un mes de antelación al 3 de noviembre, como mínimo. Empezó a alertar, como corresponde a la sociedad del espectáculo en la que se creó, sobre un fraude que preparaba el “establishment” demócrata; a través del servicio postal nacional, porque los ciudadanos, con millones de votos por correo, para elegir presidente y congresistas, estarían no solo atontados sino manipulados. Después, con el resultado adverso, el bravucón Trump acompañado del fiscal general, William Barr, el más obsecuente mayordomo del presidente, no esperó a que todos los estados de la Unión certifiquen los resultados, lo cual ocurrirá el próximo 8 de diciembre.

Hasta ahora el triunfo tiene que ver con el conteo no acreditado como definitivo, y con base en las tendencias registradas por los principales medios de comunicación masiva, incluido Fox TV. Por ello, la VOA habla todavía de “proyección, no de triunfo”. Los demás medios bloquearon de forma instantánea el decir del presidente Trump, cuando buscó denunciar un fraude sin mostrar prueba alguna, ante la audiencia nacional. Como buen farsante no acepta la derrota. Tampoco espera a lo decidido por el conteo estatal definitivo, para luego acudir a las cortes estatales, y a la instancia superior de la CSJ. Por el contrario, el tóxico Trump ha movilizado en su pantomima al poder ejecutivo y los organismos complementarios a su alcance. Convirtiendo a la democracia estadounidense en una combinatoria de Tíovivo y Royal Dumbar Circus, como los recuerdo en mi niñez girardoteña, endulzada entre nubes de algodón.

A lo anterior, este comediante de medio pelo sumó un primer despido, el del secretario de defensa, Mark Esper, quien se negó a movilizar el ejército para contener los disturbios raciales que estallaron en varios estados, a raíz del asesinato de George Floyd. Éste es el primero de una cadena de despidos. Trump sí ha logrado que el líder de la mayoría del senado, Mitch McConnell, quien, conforme a los resultados conocidos, aspira a mantenerse al frente del Congreso, señala que “Donald Trump está 100% en su derecho de investigar cualquier posible irregularidad en la votación…y no tiene la obligación de aceptar las proyecciones de los medios”. (Ver ET, 10/11/20, p. 1.8)

El fiscal en virtud de su poder ordenó a los funcionarios de este organismo de la rama ejecutiva que investiguen un supuesto fraude en las elecciones sin evidencia a la vista. A lo anterior se sumó la orden presidencial perentoria de no colaborar en la transición de poder, e impedir el acceso de Joe Biden y su staff al Departamento de Estado. Una actuación casi sin precedentes en la historia de la república recreada en la Convención Constitucional de Filadelfia del 14 de mayo al 17 de septiembre de 1787.

En presidencialismos como el colombiano, la expectación baja, mientras los perdedores saben que lo pierden todo. Después el ganador ocupa el trono ejecutivo de una monarquía constitucional que no tiene pesos ni contrapesos. Así empezó a diseñarse, con alcances nacionales en la Constitución de 1886, en lo político jurídico superestructural, que extirpó las veleidades del federalismo decimonónico que le jugó a la elección indirecta de los colegios electorales durante gran parte del siglo XIX, con hitos en los años 1843, 1849, cuando aquella votación tuvo que refrendarse con el voto del Congreso, con la célebre frase del líder conservador Mariano Ospina Rodríguez, presionado por la movilización de las Sociedades Democráticas contra el hirsuto librecambismo y la esclavitud, que apoyaron primero a López: “Voto por José Hilario López para que no se asesine al Congreso”.

La seguidilla continuó en 1858, después que se reprimió en 1854, el golpe de José María Melo, el general bolivariano, quien gobernó por pocos meses con el apoyo de los artesanos, las Sociedades Democráticas, y parte del ejército, hasta su derrota por el bipartidismo que se inaugura en contra de cualquier oposición política con raíces subalternas populares. Se coronó en la Constitución de Rionegro de 1863. Es lo que recuerda el editorialista Alfonso Gómez Méndez, que señala como se proscribía que el presidente era elegido por el voto de los Estados. Que en el presidencialismo original de factura estadounidense quiere decir: por el voto mayoritario de los Colegios electorales de los Estados de la Unión, como sigue operando hasta el pasado 3 de noviembre.

Más aún, en Colombia, la Constitución reaccionaria de 1886 no se atrevió todavía a prescindir de las que denominó “asambleas electorales”, nunca voto universal y directo, puesto que se trataba de preservar una suerte de república que vestía las lúgubres galas de una monarquía constitucional. Este maquillaje duró hasta el año de 1904, cuando para favorecer la elección del general Rafael Reyes se instrumentalizaron los votos de la provincia de Padilla, lo que hoy se llama departamento de la Guajira, con el uso descarado de las actas en blanco, que llenó Juanito Iguarán para derrotar al fin, a otro general de prosapia azul, Joaquín F. Vélez.

La vieja Constitución tiene una prolongación extra, después de derogada en 1991. Bajo la fórmula del estado ampliado, es decir el complejo de sociedad política más sociedad civil, su necesario correlato supérstite en el Código Civil, que rige las relaciones entre privados en la sociedad civil; en el ámbito de ejercicio de la libertad negativa de las personas, ejercida a través de los llamados “organismos privados”, decía Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel. Él analizaba el proceso de desarrollo del estado y la nación italianas durante el Risorgimento. Dicho Código Civil, que elaboró para Chile don Andrés Bello, por fin, es ahora objeto de debate. El monumento al bonapartismo sale a la palestra, para ajustar la institución de la propiedad privada y sus ramificaciones después de siglo y medio de vetusta vigencia. Por lo pronto es una iniciativa en la que interlocutan la academia y el Ministerio de Justicia, mientras sufre los embates de la Intergremial y el capital financiero alebrestado.

Es un debate que recuerda tareas históricas incumplidas. A propósito de las revelaciones y el arrepentimiento de los responsables de la muerte de Álvaro Gómez Hurtado, y de Chucho Bejarano, extremos en el entendimiento de la regulación del latifundio privado, resultado de los despojos coloniales y republicanos tempranos. Después de 130 años, queda claro que aún no zanjamos el problema de acordar las reglas de lo fundamental, esto es, el modo de producir y reproducir las condiciones de existencia de nuestra sociedad abigarrada, según palabras de René Zavaleta, que sigue siendo Colombia, con su existencia bizarra parada sobre el latifundio improductivo y la voracidad del capital financiero, en el tercer milenio.

Porque los grupos y clases subalternas, esto es, el país nacional de Jorge Eliécer Gaitán, han estado dominados, casi nunca dirigidos de manera consensuada, con ellos, después de la Campaña libertadora de 1819. Y pugnan todavía por hacerse estado, y conquistar la hegemonía en la sociedad civil y en la sociedad política, esto es, las superestructuras complejas. Esta es la hora de ahora, que marca la perspectiva estratégica apropiada para el desenlace de la nueva crisis de hegemonía abierta globalmente en el año 2008.

En rebeldía contra el país político

El país político perfilado por el general Francisco de Paula Santander, organizado después de 1832, estableció reglas para “el gobierno de leyes” a cargo de las elites, a través, primero de los dispositivos de los Colegios Electorales, que fue la fórmula establecida por el republicanismo estadounidense, refractario a la democracia como lo defendieron y triunfaron Madison, Hamilton en los papeles del Federalista. Aquí se ensayaron los colegios a partir de 1843, en procura de un bloque bipartidista exclusivo y excluyente, con el que se crearon las casamatas y trincheras que pusieran tatequieto a las pretensiones populares de raigambre Bolivariana, que aparecían a estos generales “libertarios” como una suerte de presidencialismo imperial en favor del autoritarismo de Simón Bolívar.

Así lo consignó la interpretación del conservador Alfredo Vásquez Carrizosa en El poder presidencial en Colombia: la crisis permanente del Derecho Constitucional, como antecedentes, donde se vale de manera errónea de la caracterización hecha por el sociólogo, ensayista venezolano, Laureano Vallenilla Lanz. Él escribió sobre el caudillismo en América, para defender con vena positivista la dictadura de Juan Vicente Gómez. Influido en parte por los trabajos del español Joaquín Costa, 1846 – 1911, quien escribió el trabajo Oligarquía y Caciquismo, 1901 – 1902. Allí indicaba que tal dupla siniestra seguía siendo la forma de gobierno de España a comienzos de siglo, cuando fue vapuleada por los Estados Unidos. Él insistía sin éxito en la urgencia de cambiarla, hasta que vino la segunda república, ahogada en sangre por el general Francisco Franco.

Es apenas hasta en el año 2019, cuando el país oligárquico con sus extensiones bipartidistas, que tuvo que reconocer la oposición institucionalmente, en el modelo contrahecho de democracia representativa de Colombia. La existencia de la figura constitucional de la oposición permitió que fueran elegidos una cuota mayor, no proporcional todavía, de congresistas en el año 2018, y quienes se sumaron los congresistas de las ex Farc – EP, una cuota pactada como resultado de los Acuerdos de Paz. Una exigencia que no fue satisfecha, cuando se planteó la propuesta de hacer un Acuerdo de Paz incluyente e inclusivo con anterioridad al ejercicio constituyente de 1991.

Este es el síntoma institucional, que el régimen político existente, el poder constituido, después de haber ensayado el presidencialismo a través de los colegios y asambleas electorales del siglo XIX, conserva una precariedad histórica no resuelta, en materia de legitimación de la dominación que ejerce, y abarca todavía tanto a la sociedad política como a la sociedad civil. Es una dirección en función de dominio, como refería Gramsci el diseño institucional del Risorgimento, más de un siglo atrás para Italia.

Su reproducción se mantiene acorazada, en buena parte, por la separación entre las elecciones de los poderes ejecutivo y legislativo, que afecta a las otras ramas del poder público, puesto que el acuerdo bipartidista sobrevive, a través de las contrarreformas al orden de 1991, y los ordenamientos consignados en el Código Civil, que permanecieron intactos. A pesar de la culminación del acuerdo del Frente Nacional, y el reformismo neoliberal establecido por los constituyentes de 1991, que fueron elegidos por menos del 30% de la ciudadanía apta para votar.

La semana que sacudió a la Unión Americana

“Lo que dice Trump es peligroso y equivocado. Si hay fraude hay que demostrarlo”.
Rick Santorum, senador republicano.

“Estoy acostumbrada a generar consenso en mi propio grupo”.
Nancy Pelosi, líder demócrata de la mayoría en la Cámara.

El caso de la crisis del sistema político de los Estados Unidos de América quedó probado. La tendencia se había mostrado con el disputado resultado en la elección presidencial del año 2000. La votación del estado de la Florida, aquella vez, el reconteo llegó hasta el Tribunal Supremo, donde se registró el disenso de Ruth Bader Ginsburg, la magistrada recién fallecida, cuya vacancia fue cubierta casi de inmediato, por el presidente Trump y su mayoría congresional que cambió la tradición inaugurada por el más ilustre de los republicanos, Abraham Lincoln.

Lo acontecido a lo largo de la semana que empezó el 3 de noviembre, para cualquier ciudadano interesado en el mundo de la política, ha quedado claro, antes del martes y después, que en el presidencialismo estadounidense tiene que modificarse, y que ha de conservar, en cambio: uno, no separar elecciones presidenciales y de congreso, porque establece una relación directa y proporcional de la decisión de los votantes a nivel estatal y federal. Las dos cámaras de la república liberal americana reflejan relativa fidelidad, el grado de las relaciones de fuerzas existentes al interior de las elites que dominan, y cada vez menos dirigen a los subalternos, y aliados, al interior de la formación sociopolítica estadounidense, aquejada de pandemia y con ininterrumpidos brotes recesivos.

Dos, que en materia de “checks and balances”, quien gana la presidencia no se lleva para sí todo el poder, sino que vive, en la realidad la experiencia de contrapesos en los otros poderes, y, con bastante regularidad, de una o las dos cámaras del poder legislativo. Tal y como lo vemos ahora en la contienda electoral bipartidista entre Biden y Trump. Todo parece indicar, que, con menos congresistas, la mayoría de la cámara seguirá en cabeza de la octogenaria y aguerrida representante de California, Nancy Pelosi.

Lo que sí es necesario modificar y centralizar es el proceso de las votaciones y sus modalidades. El voto tiene tres modalidades principales, presencial, por correo, y anticipado. Pero, cada uno de los estados tiene su propio código electoral, y así la casuística en los modos de validar e invalidar los sufragios, así como el tiempo límite para depositar el voto, el primer martes del mes de noviembre, en forma válida. Y para certificar el conteo definitivo, que abre la oportunidad para atacar sus resultados.

Ésta, en parte, ha sido la razón para el actual “despelote”, que se ha sobredeterminado por la entronización descarada de la política espectáculo, trasladada casi sin mediaciones del escenario de la sociedad civil estadounidense, dominada por décadas por la lógica de la sociedad del espectáculo diagnosticada tempranamente por el estudioso Guy Debord en la Francia de la posguerra. Está puesto a prueba el particularismo histórico, que no el excepcionalismo norteamericano, que acompañó la solución político institucional para el tránsito caótico de la forma confederada de la república americana a la república federal que hizo aguas después de 200 años. Peor aún, sus ciudadanos, que no aceptaron desarmarse desde la fundación de la república federal. Ahora los vemos deambulando por las calles, exhiben sus arsenales, y acompañándose de frases altisonantes y en abierto desafío a sus opositores en los Estados litigiosos, cinco, uno de los cuales no ha terminado el conteo de sus votos.

Como lo leíamos arriba, Trump hace algo más de un mes comenzó anunciar un probable fraude de los demócratas en la elección. Ahora, con mayor vehemencia y descaro insiste en la misma denuncia, y su cuerpo de abogados con Giuliani a la cabeza, empezaron por Pennsylvania, demandando un reconteo. Con todo tipo de leguleyadas han querido lograr detener el conteo de los votos que provienen de tres fuentes principales.

Signos de un “despelote” inducido

“Trump es una combinación perversa entre el narcisismo más agudo y el exhibicionismo más obsceno”.
Fernando Mires.

“Los estadounidenses tendrán probablemente que poner orden en sus asuntos”.
Dimitri Peskov, portavoz del Kremlin.

Ahora que todos los Estados menos uno contabilizó los votos depositados el pasado martes, quedó la huella de la proyección de los resultados de las votaciones en cuatro de los cinco estados. A partir de las cuales, el pasado sábado, en Wilmington, Delaware, la pareja Biden Harris se presentarán en público como los vencedores absolutos en la contienda presidencial. En la punta quedó Joe Biden en cuatro estados decisivos, Nevada, Pennsylvania, Arizona y Georgia, en tanto que Donald Trump ganó la cuenta en Carolina del Norte.

En número de delegados quedó al frente Biden, con 279, mientras que Trump suma 213/4. Es igualmente cierto que se superaron cifras absolutas en materia de votos, y que el candidato demócrata lleva una ventaja superior a los 5 millones en materia de voto popular, sin precedentes en la historia de la Unión Americana.

En Arizona, después de haber punteado el exvice, la distancia empezó a acortarse al siguiente día, hasta el punto de ser Trump el que volvió a encabezar la contienda y perder al final. En Pennsylvania, el repunte de Biden “encabritó” los ímpetus de desafío en el incumbente, más cuando la secretaria de Estado, Kathy Boockvar, le había cantado la tabla cuando era una ciudadana corriente hace cuatro años.

Con la pandemia, los defectos, particularidades y retraso del sistema electoral de los EUA han quedado probados hasta el absurdo, las formas de conteo exhiben una suerte de barroquismo, digno de una novela de terror al modo de Edgar Allan Poe, que dedicó su talento a otros menesteres, libando ajenjo. Tres casos se citaron para probarlo: los que pasó en los condados de Allegheny, Filadelfia, Maricopa y Fulton, en los Estados de Pennsylvania y Georgia. Este problema se resolvería del todo si hubiera una contabilidad nacional de voto, y una Registraduría nacional del estado civil, a la manera de la que existe en varios países, y en Colombia en particular.

Las fórmulas de la descentralización y la independencia de los Estados han fracasado en toda la línea en esta emergencia. Los colegios electorales muestran la aberración de una no proporcionalidad, y la sobre representación común para los estados con menor número de habitantes, y gran peso rural, que, sin embargo, todos y cada uno, tienen derecho a ser representados por dos senadores, sin importar la población votante. De otra parte, están los colegios electorales, las trincheras y casamatas del orden burgués, quienes son los que siempre eligen presidente, pero no computan los votos emitidos. Lo que sí hacen de modo tradicional es verificar la identificación y el acceso de cada ciudadano a la cabina de la votación.

Algunos resultados y novedades

“Nosotros no elegimos a quien va a ser presidente de los norteamericanos”.
Arancha González, Minexteriores de España.

“Hay leyes de recuento si los márgenes son cercanos”.
Ben Ginsberg, asesor de G. W. Bush en la elección de 2000.

El presidente, por lo pronto, sigue insistiendo en que irá hasta la Corte Suprema para combatir el fraude del que ha sido objeto él y su partido. Repite una y otra vez, que se están, dice, contabilizando votos que fueron depositados en fecha posterior al martes 3. Por tal razón estos serían nulos. Así las cosas, su decir es que ya ganó las elecciones el mismo día 3 de noviembre. Después de “desestresarse” jugando al golf en su propiedad de Virginia, regresó con renovado brío para utilizar los poderes ejecutivos a su alcance, y producir así, un desequilibrio manifiesto, y el descrédito ante la opinión pública, harta del bombardeo incesante de fake news, a través de sus más 80 millones de seguidores en las redes sociales.

Sin embargo, cuando en tono airado, en conferencia de prensa para todo el país, repetía esta historia, fue cortado por la mayoría de las cadenas, empezó a entender que el juego de “amigos y enemigos”, el mundo binario de la política sólo camina en auditorios donde la mayoría de edad intelectual y moral está en pañales. El mundo civilizado está a la expectativa de qué hará la ciudadanía subalterna, si pondrá en su sitio al niño malcriado que llegó a la presidencia, por la veleidad antisocializante de la elite democrática, que no puso a Sanders a la cabeza de la candidatura presidencial que rivalizó con él, en compañía de Hillary Clinton como vicepresidenta.

La lección quedó aprendida en parte, por los subalternos; y en lugar de Bernie, el establishment demócrata entronizó a Joe, añadiéndole a la fórmula la potente e inspiradora presencia de una representante de las minorías Kamala Harris, cuya simpatía abre corazones, y un ejercicio competente del derecho como fiscal estatal que ofrece promesas de seguridad en la garantía de todos los derechos, vacíos de contenido para millones de estadounidenses, migrante o no; y, en particular, siempre a la esperar de remover privilegios que se mantienen y agrandan desde el pasado colonial. Una promesa que Colombia tampoco cumple después del pacto de 1991.

La respuesta de la calle demócrata haciendo coro con su candidato ha sido “Count Vote”, y la prudencia del candidato hasta que se concretó la posibilidad de triunfar, ha mantenido la serenidad, sin declararse de modo prematuro como el vencedor. Al mantenerse la tendencia y aumentarse los guarismos en favor de Biden y Harris, el pasado sábado habiendo reunido los votos de 279 delegados, dio paso a la celebración, en la compañía de ambas familias.

Ese día no hubo saludo alguno de Donald Trump, sino un grito continuado de guerra: el cuestionamiento del sistema electoral y de la limpieza de la votación, sin exhibir pruebas, sino un rosario de conjeturas que no resisten las refutaciones de sus rivales. Este show trágico cómico hace expresa una suerte de delgada línea que divide, sin embargo, a la divisa republicana; por lo cual, una vez se confirme el triunfo de la pareja Biden/Harris, no es para nada exagerado señalar como gran novedad, la aparición de un tercer partido, develado esta semana, en ciernes, el partido de la reacción, que logró arrastrar más de 70 millones de votos para la presidencia, marcando la quiebra el bipartidismo de más de doscientos años.

Un doble quiebre

Porque tiene dos cabezas, la que dirige el millonetas Donald Trump, rey del falso paraíso de la hamburguesa industrial, que tiene a McDonalds como cabeza de puente.  Quien ha resistido con éxito el embate demócrata de apoderarse del control del senado; y acortado la distancia entre representantes republicanos y los electos por su adversario, como que tuvo más de 70 millones de votantes.  La otra cabeza es la del llamado socialismo democrático que representa Bernie Sanders, y que tiene una interlocución explícita con la vicepresidenta, que podría estar signada el desprendimiento de una fuerza de signo social-demócrata en el que los jóvenes, migrantes, minorías y parte del trabajo subempleado o desempleado.

Han reconocido en él un liderazgo inteligente, y una trayectoria independiente con pocas máculas, aunque demasiado maduro en términos de edad para gobernar una nación cada vez más joven. Bajo su cobijo está una generación de dirigentes, hombres y mujeres, que se forjan apoyando sus dos aspiraciones a la presidencia que las marchitó el “establishment” demócrata, y que, por poco le cuestan una nueva derrota a su partido.

No hay duda, que los subalternos en los EUA han puesto de nuevo en práctica la máxima que, en materia de democracia, la gente, la ciudadanía es superior a sus dirigentes, como lo recordó Gaitán en su mayor momento de gloria, por mediocres o calculadores que aquellos puedan ser. Lo que acontece en los EUA es prueba clara de una verdad en movimiento, esto es, que asistimos a una nueva ola de la revolución democrática, que de pronto adquiere las proporciones de un tsunami.

Esta ola, por lo pronto, vuelve a sacudir el mundo de la representación alienada del capital, de modo particular. Ahora ocupa el ojo de la tormenta reaccionaria, cuando la democracia subalterna tocó las playas del continente americano, y en particular, los puertos del Sur primero, en Bolivia y Chile, y en el Norte durante la semana azul, le garantizó el triunfo presente a Joe Biden, contrariando muchos pronósticos de última hora. Aprendamos todos la lección: un gigante despierta y sacude la pandemia neoliberal en la América de norte a sur.

Edición 708 – Semana del 14 al 20 de noviembre de 2020
   
 
Importante: Cada autor es responsable de sus ideas y no compromete el pensamiento de Viva la Ciudadanía.
Se permite la reproducción de nuestros artículos siempre y cuando se cite la fuente.
 
 
 
 
comentarios suministrados por Disqus