¡Ajúa, somos los primeros en corrupción en el mundo!

 

Ocupar esos primeros lugares en corrupción y en desigualdad, en lugar de avergonzar a nuestra clase empresarial, dirigente y política, parece que a sus miembros más notables les pareciera apenas normal. Al final, poco les importan ese tipo de mediciones.

 
Germán Ayala Osorio
 
Comunicador social-periodista y politólogo
 
 

La imagen noticiosa que echó a rodar el noticiero CM&, en la que Colombia aparece en el primer lugar de los países más corruptos del mundo, debe provocar alegría, en lugar de vergüenza. Parece una contradicción o la expresión clara de un fino sarcasmo. Pero no. El regocijo ante semejante imagen de país corrupto se explica porque ayuda a erosionar la narrativa oficial, interesadamente posicionada por los grandes medios de comunicación, que durante más de 50 años indicó y proclamó que el mayor problema de Colombia era la guerrilla y por supuesto, las dinámicas de un degradado conflicto armado interno.

El júbilo que en particular siento al ver la imagen no solo se explica por lo señalado en el anterior párrafo, sino porque permite asociar el honroso primer lugar entre los países más corruptos del mundo, seguido de México, al llamado uribismo, que no es otra cosa que la mayor escuela para la formación y validación de corruptos que haya tenido Colombia, después de la primera, que fue el Frente Nacional.

Y qué bueno que esa distinción como país corrupto se alcance antes de terminar el gobierno de Iván Duque. Esta administración será recordada no solo por los altos niveles de corrupción, sino por el cinismo con el que el propio subpresidente, como le llama, Ramiro Bejarano, ha desestimado las actuaciones sucias, dolosas y corruptas de sus más cercanos amigos. Baste con señalar como ejemplo del impudor, de la contumelia y de la desvergüenza del ladino huésped de la Casa de Nari (antes, Nariño) el interés por premiar al artero, marrullero, bellaco y truhan del exfiscal general, Néstor Humberto Martínez Neira (NHMN), por sus valiosos entrampamientos a “Santrich” y a la JEP. Duque intentó ponerlo de embajador en España, pero al parecer el gobierno español les anunció con tiempo que no avalaría dicho nombramiento. Ya había intentado premiar sus buenas acciones en contra del proceso de implementación del Acuerdo de Paz, ofreciéndole el cargo de embajador en La Haya y el ministerio de la Defensa. Es decir, atacar a la Paz, paga.

La corrupción, público y privada, es el mayor problema que afronta Colombia y la sociedad en general. A lo que se suma que somos uno de los países más desiguales del mundo. Ocupar esos primeros lugares en corrupción y en desigualdad, en lugar de avergonzar a nuestra clase empresarial, dirigente y política, parece que a sus miembros más notables les pareciera apenas normal. Al final, poco les importan ese tipo de mediciones, porque el ethos mafioso que guía sus vidas públicas y privadas se entronizó de tal forma, que violar la ley, cobrar coimas (¡esto es una coima, marica!, exclamaba NHMN) o negociar puestos y contratos, son prácticas tan comunes que, a la primera indagación de un ente de control, de inmediato se piensa que detrás de la pesquisa hay intereses políticos.

Entonces, quienes de tiempo atrás venimos insistiendo en que el más grave problema de Colombia es la corrupción, debemos sentirnos complacidos no solo por lo anunciado en el noticiero, sino porque una vez silenciados los fusiles de las Farc – EP, los estruendos de la corrupción les ha permitido a millones de colombianos ver la triste realidad, pero, sobre todo, identificar a los maestros de la corrupción y a la mayor escuela en donde se adoctrina para violar la ley. Recordemos a Uribe cuando les decía a sus amigos congresistas, luego procesados y condenados por sus vínculos con los paramilitares: voten los proyectos, mientras los meten a la cárcel.

Es tal el júbilo, que voy a recoger la expresión lanzada por el sepulturero de la doctrina Damasco, el general Zapateiro: ¡Ajúa, somos los primeros en corrupción en el mundo!

Adenda: un tuitero muy serio me dice que no hay seriedad en el análisis que permite ubicar a Colombia en ese lugar. Eso poco importa cuando se asume la tarea de debilitar esa narrativa oficial que insiste en que el gran problema del país era o es el conflicto armado interno.

Edición 712 – Semana del 12 al 18 de diciembre de 2020
   
 
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