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¿Para qué reconciliarnos después de tanto años de horror?

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Angélica Hernández

Asesora en Comunicaciones

La Constitución Política de Colombia ha sido el fundamento principal para los pactos de Paz que hasta el momento se han tramitado desde 1.981 con el entonces expresidente Julio César Turbay y el actual Gobierno de Juan Manuel Santos que empezó a hacer acercamientos en septiembre de 2012 con las FARC. En la Carta Magna están consagrados derechos, garantías, condiciones políticas para culminar escenarios de inequidad y situaciones de violencia propias del conflicto armado. Pero, aquellos pactos logrados no han permitido sanarnos, despojarnos de heridas de más 50 años de dolor. Faltaría un acuerdo para la reconciliación.

Virgelina Chará, representante de la Mesa Nacional de Víctimas pertenecientes a Organizaciones Sociales afirma: “sin perdón no hay Paz y mucho menos que podamos vivir pacíficamente. Necesitamos que la cadena de represalias y desquites con la que estamos viviendo se termine. Es importante expresar y encontrar las diferencias para dialogarlas”. Pero, el perdón y la reconciliación están estrechamente ligados al derecho a conocer la verdad. Luz Mery Velásquez, vocera de la Mesa sobre Desaparición Forzada de Antioquia, considera que la verdad es el único mecanismo que permitirá abrazar un proceso de reconciliación porque reconociendo culpabilidades y responsabilidades se podrá cohabitar con reinsertados y así socializarnos e integrarnos.

El conflicto armado en Colombia no nos ha dado espera: 8´421.627 víctimas, 7.3 millones de desplazados, cifras entregadas por la Unidad de Víctimas, y a eso sumarle el sufrimiento que no se puede detallar con números y que como se asevera en el Informe ¡Basta Ya! del Centro Nacional de Memoria Histórica: Si bien la violencia ha afectado a toda la sociedad, se ha ensañado de manera más cruenta con los excluidos y los vulnerados. Nadie ha estado exento de la guerra, es verdad, pero los informes y los datos que registran las violaciones a los Derechos Humanos constatan que la guerra no ha afectado a todos por igual. La guerra recae especialmente sobre las poblaciones empobrecidas, sobre los pueblos afrocolombianos e indígenas, se ensaña contra los opositores y disidentes, y afecta de manera particular a las mujeres, a los niños y niñas. ¿Cruel, verdad…?

Por todo esto es indispensable dignificarnos y humanizarnos ante el sufrimiento de las víctimas. La indignación, la rabia, el juzgar al otro, a veces se cree que es más importante que cualquier otra cosa, pero no es suficiente, no es lo que se necesita en éste momento.

Más que castigar o sancionar, lo que las víctimas esperan es verdad, el conocimiento de lo que pasó, esa será su mayor retribución moral y esa sociedad que está hastiada de guerra y devastación requiere realizar un compromiso, pero de verdad, que acepte el perdón, el sentir y vivir la experiencia trasformadora y edificante de escuchar una manifestación de arrepentimiento. Eso de tolerar no es fácil, pero ¿cuántas vidas se hubiesen salvado sin tan sólo mucho antes nos hubiéramos dado la oportunidad que estamos viviendo ahora?

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