• Petróleo: una cuestión para profundizar

    Necesitaba ocurrir un accidente, como este de Chevron en Bacia de Campos para que se diera al menos una alerta en el actual debate brasilero sobre petróleo. Estamos totalmente volcados a discutir el volumen de producción y de esta actividad extractora y de su posible rentabilidad futura, especialmente royalties/regalías, cuando la cuestión que realmente importa es otra: las enormes amenazas que también están asociadas al petróleo. Este es un debate público hasta aquí prácticamente inexistente. Sólo en el interior de los movimientos ambientalistas y de círculos restringidos a especialistas el petróleo es evaluado en su dimensión de riesgo y límite para la humanidad y el planeta, especialmente por su contribución en la forma de energía fósil para la emisión de carbono y el calentamiento global.

    Desde el descubrimiento de las reservas de pré-sal, al contrario de discutir lo que se haría con el petróleo y la mejor forma de usarlo, fuimos directo a un debate de beneficios monetarios y su distribución. Estamos comportándonos como ganadores de una gran lotería, antes de jugar. En función de las cifras imaginadas, hasta una especie de “guerra federativa” está en el escenario político. También, de un Congreso corporativo como el que tenemos, una federación de intereses pequeños que están lejos de hacer justa representación ciudadana, y no da para esperar nada mejor de lo que una disputa por repartir una torta que aún necesita ser horneada.

    Para avanzar en este debate, necesitamos primero reconocer que en la historia, el petróleo entró en nuestro ideal político de una forma extremadamente positiva, como símbolo de un bien común que permitiría controlar en lo posible la construcción de una nación industrial independiente. Fue en los años siguientes a la II Guerra Mundial, en el comienzo de los años 50 del siglo pasado. Con la campaña “El Petróleo es Nuestro” el país fue llevado a nacionalizar el petróleo, tanto a las posibles reservas de explotación. En aquella época fue creada la emblemática Petrobras, aun hoy presente en el imaginario político popular como un patrimonio colectivo. Tal vez, su origen más político que productivo explica la preservación de Petrobras, a pesar de las múltiples amenazas que sufrió y de flexibilizaciones que fueron realizadas en el monopolio.

    Según esta afirmación y reconociendo el papel central conquistado por Petrobras en el sistema energético y en la economía brasilera, necesitamos reconocer que el mundo, en el comienzo de la segunda década del siglo XXI, está viviendo una profunda crisis. El lado financiero y de vergonzoso casino global en que estamos enlodados es lo que se hace más visible, y hasta escandaloso, en la crisis. Hay también una crisis climática y ambiental que al menos da la sensación de estar tocando en nuestra puerta como una terrible amenaza, y no sabemos bien cómo es. Ya la crisis alimentaria da para sentir en la plaza y el supermercado sus devastadores efectos en el gasto mensual. Hay una crisis de valores y de la política, de ilegitimidad de las instituciones y de representantes delante de la crisis, siendo un caldo cultural para las diferentes protestas de indignados en el mundo. Basta pensar un poco que el enigma aparece sintetizado: este modelo de desarrollo y de organización social y político no da más, está desmoronado. Estamos frente a una crisis de civilización industrial productivista y consumista que genera exclusiones y desigualdades profundas, al mismo tiempo que amenaza la integridad del planeta.

    Es aquí que el petróleo entra de lleno. La industrialización como la conocemos y que tardíamente llegó al Brasil, tiene como base técnica energía fósil y uso limitado de la naturaleza. Su principal objetivo es la acumulación de riquezas, en la forma de valores monetarios y no la satisfacción de necesidades humanas y el bienestar. Su fantástica capacidad de producción no respeta límites naturales y no tiene como motor la garantía de patrones dignos de vida para todos los seres humanos del planeta. Una pequeña parcela gana y gana mucho, mientras que la gran mayoría ve amenazadas sus formas de sobrevivencia y vive en condiciones de exclusión y pobreza, discriminación y desigualdad social.

    Surge la pregunta: ¿vamos a explorar el petróleo para qué?, ¿para alimentar un sistema industrial productivista y consumista inviable?, ¿para exportarlo como commodity, profundizando nuestra dependencia primaria-exportadora en un mercado globalizado?, o ¿vamos a usarlo como reserva estratégica para hacer nuestra propia conversión energética e industrial para un modelo de bio-civilización que garantice la sustentabilidad de la vida y del planeta?, ¿cómo vamos a explorar el petróleo?, ¿a cualquier costo, viendo la renta fácil e inmediata, sin estrictas reglas para una exploración de menor riesgo ambiental?, Aquí cabe recordar la famosa “maldición del petróleo”, puede generar rentabilidad fácil, pero nos puede inviabilizar como sociedad justa, democrática y sustentable.

    Que el gigantesco desastre provocado por Chevron –pequeño frente a todo el riesgo del pré-sal- nos haga pensar un poco más en serio sobre nuestro futuro, el futuro de nuestros hijos y nietos.

    Cândido Grzybowski

    Tomado de: Edición N° 00282 – Semana del 25 de Nov. al 1 de Dic. de 2011

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