Reflexiones en torno a la relación entre “Educación y Democracia” desde la exigencia por el derecho a la educación y el anhelo por la construcción de ciudadanías activas y críticas.

Carlos Zarco Mera

Los términos “educación” y “democracia” develan realidades sustantivas para la construcción de nuestras sociedades, para nuestra supervivencia como humanidad y para hacer posible el buen vivir, la calidad de vida. Por lo mismo son términos complejos, polisémicos, que atañen a situaciones multidimensionales. Representan a la vez realidades y anhelos; diagnósticos y expresión de utopías. No en vano se han escrito y se seguirán escribiendo tratados, estudios, declaraciones y proclamas en torno a ellos.

Teniendo en cuenta eso, es bueno tratar de delimitar la situación y la perspectiva desde la que nos acercamos a hablar de educación y democracia en cada ocasión. En esta, quiero referirme a ambos términos desde mi experiencia como educador y como animador de una red latinoamericana de organizaciones civiles comprometidas con la educación popular. Por ello mis reflexiones, si bien se nutren de múltiples lecturas y análisis conceptuales, quieren poner énfasis, en esta ocasión, en algunas ideas que hemos ido descubriendo en el debate sobre nuestras prácticas políticas y sociales y en el continuo análisis de la realidad que nos desafía.

Primero señalaré los sentidos que aquí enfatizaré para las palabras democracia y educación y luego colocaré algunas líneas de acción que estamos tratando de construir y que suscitan continuos debates, en el esfuerzo por hacer realidad el derecho a la educación de todos y todas y por construir ciudadanías activas y críticas.

Por democracia entenderé un sistema de gobierno y una forma de vida. Como forma de gobierno, la definición más simple la ha dado Aristóteles: es el gobierno de los muchos y como eso de que muchos nos pongamos de acuerdo no es nada sencillo, Rousseau estaba convencido de que la democracia es un régimen que conviene muy bien a los dioses, pero no a los seres humanos.

Pero el hecho es que hoy se ha construido en gran parte del mundo la convicción de que el mejor sistema posible –siempre imperfecto y perfectible-  para regular nuestra convivencia y para definir las grandes decisiones nacionales y mundiales es el democrático, es decir el gobierno de los muchos. No el gobierno de uno sólo que caracteriza a la monarquía o el gobierno de unos pocos ilustrados o poderosos que caracterizaría al régimen aristocrático u oligárquico.

En nuestras sociedades densamente pobladas, masificantes, multiculturales, multiétnicas, en las que defendemos el derecho a la diversidad, afirmamos que lo mejor es la democracia:  la forma de gobierno que funciona a través de representantes del pueblo, elegidos entre varias ofertas de país elaboradas por diversos partidos, para tomar las mejores decisiones posibles, con una alta participación de la ciudadanía, mediante la deliberación, el debate y la construcción de consensos, orientadas a cultivar leyes e instituciones para regular y fomentar nuestra convivencia con sentido de solidaridad, a desarrollar nuestra economía con sentido de justicia y a estimular la lucha política con un sentido pacífico y pacifista.

La democracia es una cuestión, entonces, de instituciones y leyes, de construcción colectiva del espacio público y  de construcción de ciudadanía.

Como forma de vida, la democracia nos remite al desarrollo de nuestras capacidades de diálogo, al cultivo por la diversidad y a la disposición para aprender de los otros que siempre son, en mayor o menor grado, diferentes; a nuestro gusto por la ética, es decir a aprender a saborear los valores, a nuestra habilidad para resolver pacífica y constructivamente los conflictos que son constitutivos de nuestro ser humanos y humanas; en fin, al desarrollo de nuestra responsabilidad social en el ejercicio de nuestra libertad.

Refiriéndonos ahora a la educación, dada mi experiencia, diré que refiere a procesos de aprendizaje, o sea a la  construcción de conocimientos, de ideas, de significaciones, de afectos, de capacidades, de valores, sobre la relación con los demás, sobre la relación con la naturaleza, sobre la relación conmigo mismo y sobre la relación con lo trascendente. Esta construcción implica prácticas de transmisión, de asimilación, de apropiación y de auto-generación de esos conocimientos, capacidades, afectos, y valores. Necesariamente, estos procesos de aprendizaje requieren de una relación entre educadores y educandos, entre quienes dominan –por experiencia acumulada- ciertos saberes y quienes quieren o necesitan aprenderlos; pero dado que es una relación entre personas, se genera un intercambio de saberes didácticamente dirigido.

Siguiendo la síntesis que elaboró la comisión internacional presidida por Jacques Delors para la UNESCO en 1995, la educación, como práctica social, se sostiene en cuatro pilares:

a)     Aprender a aprender que implica el desarrollo de habilidades cognitivas para el análisis, la síntesis y la construcción de hipótesis y rutas de conocimiento.

b)     Aprender a hacer que tiene que ver con el desarrollo de capacidades técnicas, tecnológicas, artesanales, artísticas y científicas.

c)      Aprender a ser que refiere al desarrollo de valores y al gusto por la ética, al desarrollo de convicciones y a la superación de toda forma de fundamentalismo.

d)     Aprender a convivir que exige el desarrollo de nuestras habilidades para el diálogo, para el trabajo en grupos, para la construcción de consensos y la resolución pacífica de conflictos.

Siguiendo nuestra tradición más latinoamericana en torno a la educación popular, la educación, se ha dicho, es la práctica de la libertad y de la responsabilidad, es la formación para la actividad social y política a favor de la solidaridad y la justicia.

La necesaria retroalimentación entre educación y democracia

Si nos quedamos con esas referencias conceptuales sobre democracia y educación nos podemos preguntar ahora sobre la relación entre ellas y casi de manera lógica, podemos decir que hay una relación “natural” entre ambas; que ambas se hacen posibles y se retroalimentan en su potencialidad y calidad. Es decir, una buena educación puede contribuir a garantizar una buena democracia y una buena democracia puede contribuir a garantizar una buena educación.

La educación nos debería preparar para el ejercicio de la democracia, prepararnos para  ayudar a fortalecer y recrear nuestras instituciones y leyes, para construir significados y referencias de participación y convivencia en el espacio público y para construir nuestra ciudadanía crítica y activa. La democracia nos debería garantizar nuestro derecho a gozar de nuestros derechos humanos, entre ellos, el derecho a la educación.

Tocando nuestra realidad

Volvamos ahora un momento la mirada y el pensamiento a nuestros países, a nuestra América Latina para constatar una vez más el drama de nuestra realidad, la ambivalencia y ambigüedad de nuestras historias, lo lejano de nuestras aspiraciones, la fragilidad de nuestras democracias y el deterioro de nuestros sistemas educativos, la resistencia y búsqueda de alternativas de nuestras sociedades.

Si nos atenemos a los indicadores que hacen visible a la democracia, es claro que en nuestros países las elecciones no son totalmente libres, que los partidos políticos, en su mayoría están distantes de los clamores de la ciudadanía, que en la competencia electoral brillan por su ausencia las propuestas de nación, que estamos atrapados en la lógica de la mercadotecnia y la venta del producto-candidato, que muchos de nuestros representantes se hacen famosos por incapaces, por corruptos, por frívolos; que priva la apatía y la desconfianza hacia la política; que millones de personas están más preocupadas por supervivir que por ejercer su ciudadanía; que las políticas y grandes decisiones nacionales se toman por presiones de elites o grupos de poder económico; que nuestras instituciones están corroídas por el influjo de la delincuencia organizada; que nuestras leyes están de adorno, que la economía atenta contra los derechos más elementales de las personas, que se multiplican los conflictos y la violencia. En fin, que se deterioran nuestras posibilidades de convivencia, de participación y capacidad de gobernarnos.

Si miramos ahora hacia la educación constatamos, entre otras cosas, el abismo de las condiciones de aprendizaje entre las escuelas para los pobres y las escuelas para los ricos, la precariedad del trabajo y rol de los maestros y maestras, la distancia entre las escuelas y las comunidades en que están ubicadas, la ausencia de diálogo y la afirmación del autoritarismo entre directivos, maestros y alumnos; el predominio de los medios de comunicación como socializadores y constructores de significados en el espacio público, la pérdida de rumbo en los planes y políticas educativas, la exclusión de millones de personas del derecho a la educación.

Alzando la mirada hacia el horizonte desde las nuevas realidades que están emergiendo

En medio de estas realidades que marcan a la mayoría de nuestros países se están construyendo alternativas, se están buscando caminos para la justicia, la equidad y la democracia, desde diversos ámbitos: desde procesos locales, desde gobiernos, desde organizaciones de la sociedad civil, desde movimientos de carácter mundial, desde organismos de cooperación internacional.

Nuestras aspiraciones por un mundo mejor, nuestra convicción de que otro mundo es posible se nutren de pensamientos innovadores, de las situaciones y prácticas que ya son una realidad, de procesos que son y están llamados a ser, de experiencias que, desde la resistencia y desde la incidencia, van conformando realidades democráticas y realidades educativas con un sentido de emancipación humana, social y política.

Desde esta constatación quisiera ahora nombrar algunas de las dinámicas que estamos construyendo para recrear nuestra institucionalidad democrática. Algunas de estas dinámicas se han venido construyendo desde hace varios años pero es cierto que continuamente nos exigen nuevos análisis y valoraciones para seguir orientando nuestras prácticas.

  1. Como nunca, estamos pensando al Estado, tratando de recuperar su sentido de bien público, de Estado de Derecho y de Justicia, tratando de apropiarnos de nuestras instituciones de gobierno, de repensar la administración de justicia, de participar activamente en la elaboración de leyes, de activar la relación con nuestros Congresos. Estamos pensando proyectos de nación
  2. Con especial fuerza estamos enfatizando la dimensión subjetiva y cultural de la democracia y estamos tratando de resignificar los espacios públicos para fortalecer la cultura de la convivencia, la participación y el cultivo de la diversidad
  3. Por ello hemos podido identificar las dimensiones más íntimas de la subordinación y la discriminación social: la subordinación de género, la de generación que coloca a los jóvenes siempre como sospechosos, la subordinación que margina a quienes carecen de ciertas capacidades físicas, la étnica que sigue despreciando a los pueblos indígenas y afroamericanos, la subordinación por razones de diversidad sexual, por mencionar algunas frente a las cuales han emergido movimientos sociales que están cambiando, para bien, nuestras relaciones sociales. No en vano es contra muchos de estos movimientos contra los que se levantan los autoritarismos de siempre.
  4. Producto de muchos de estos movimientos sociales, estamos afirmando, como nunca, el protagonismo de la sociedad civil y de la ciudadanía como aspectos sustantivos de la calidad de nuestras democracias.
  5. Estamos empezando a tener claro que hay que seguir construyendo movimientos pero que también es fundamental construir y reconstruir nuestras instituciones.
  6. Empezamos a ser concientes de la relevancia de los medios de comunicación como medios de socialización y de la importancia de vigilar su actuación, de procurar incidir en sus contenidos y, por qué no, de generar medios de comunicación desde la sociedad civil.
  7. Como nunca hemos afirmado la centralidad de los derechos humanos en su integralidad e indivisibilidad y como nunca estamos buscando mecanismos de exigibilidad y justiciabilidad de los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales.
  8. Estamos siendo especialmente sensibles a la necesidad de democratizar la democracia, de democratizar la globalización, de democratizar la acción de las transnacionales, de democratizar el sistema de Naciones Unidas. Progresivamente se está afirmando la necesidad de pensar y construir una ciudadanía interamericana y global.
  9. Un aspecto que consideramos hoy central tiene que ver con que todas las instituciones y actores públicos rindamos cuentas, que demos razón de lo que hacemos, de por qué lo hacemos y de cómo usamos los recursos disponibles. La transparencia sería así, el mejor antídoto contra la corrupción.
  10. Considero que nuestras historias nos han ayudado, poco a poco, a entender la ineficacia de la violencia como medio para cambiar la realidad y por ello apelamos, cada vez con más fuerza, a la potencialidad del diálogo y la negociación, a la posibilidad de construir consensos y a la necesidad de mecanismos para superar las lógicas militaristas en la construcción de nuestras sociedades.
  11. Como nunca estamos concientes de la importancia de recrear a los partidos políticos. Si la democracia requiere de ellos, es necesario que nos tomemos en serio el debate sobre la crisis de los partidos y sobre la importancia de recrear su función desde movimientos ciudadanos participativos y democráticos.

Nuevas dinámicas y enfoques desde la educación

La lucha por mejorar la calidad de nuestras democracias ha nutrido también el debate educativo. Quisiera mencionar también algunas dinámicas que estamos construyendo en este sentido.

  1. Estamos tratando de sistematizar mucho del acumulado educativo y pedagógico que se ha generado en nuestras sociedades para favorecer la participación y la construcción de ciudadanía.
  2. De manera especial estamos tratando de incidir en las políticas educativas, de recuperar a la escuela como espacio de formación para la democracia, de activar la participación de estudiantes, de madres y padres de familia, de maestros y maestras. Si el sistema educativo es el principal mecanismo que como sociedad nos hemos dado para educar, para socializar a niños, niñas, jóvenes y adultos, entonces tenemos que poner nuestra mirada en los sistemas educativos, en su democratización y en su calidad.
  3. La conciencia de que la educación debe superar la perspectiva de la escolarización y estar al servicio de los procesos de aprendizaje, de la construcción personal y colectiva de ciudadanía, es decir, de identidad, de sentido de pertenencia y de comunidad.
  4. La importancia de revisar el continuo educativo del sistema escolar; de superar la fragmentación de los diversos niveles (preescolar, primaria, secundaria, educación terciaria, educación “superior”) y de volver a pensar el conjunto de los perfiles educativos que nuestras sociedades requieren.
  5. En ese sentido, la idea del “aprendizaje a lo largo de toda la vida” nos ayuda también a afirmar el derecho a la educación, a entender que la construcción de conocimientos y habilidades para la vida tiene al sistema educativo como centro pero no se agota en él y a la importancia de crear mayores flujos entre las prácticas educativas dentro y fuera del sistema formal.
  6. La idea de comunidades de aprendizaje está siendo especialmente fructífera, nos remite a la necesidad de activar, en cualquier espacio educativo, la participación de los diversos actores y la construcción de procesos dialógicos e investigativos para la construcción de aprendizajes.
  7. Pero si queremos incidir es necesario formarnos más y fortalecer nuestra capacidad de organización e interlocución. Por ello, estamos impulsando coaliciones a nivel nacional e internacional a favor de la educación. A través de campañas, de la afirmación del derecho a la educación, de la realización de debates, de foros, de presión ciudadana, estamos tratando de incidir en la calidad de las políticas educativas. Iniciativas como el Foro Mundial de Educación, la Campaña Global de Educación, la coalición para una Campaña Regional, los foros nacionales de sociedad civil, los compromisos sociales a favor de la educación, son ejemplos de esta dinamización social para la incidencia pública.

A manera de conclusión

Es cierto que nuestra América Latina está viviendo momento de fragilidad democrática, de desencanto social y de una gran incertidumbre respecto al futuro. Es cierto que vivimos en un mundo marcado por el poder militar y económico de un país y que hoy ese país es gobernado por un pequeño grupo de personas ignorantes, de pensamiento fundamentalista y enormemente peligrosos. Es cierto que los conflictos y las guerras se multiplican. Pero también es cierto que estamos gestando nuevas realidades, que hay consenso en que la pobreza y la exclusión social es la gran vergüenza de nuestro mundo “moderno”, que seguimos creyendo en nuestra capacidad como humanidad para recrearnos, de que es posible que predomine el homo sapiens por encima del homo demens, de que desde la educación y la política podamos restituir su valor a la dignidad humana, podamos activar la responsabilidad social y democratizar nuestras democracias.


[1] Secretario General del Consejo de Educación de Adultos de América Latina (CEAAL): asociación con 206 centros afiliados en 21 países de América Latina y el Caribe.

10 Respuestas to “Reflexiones en torno a la relación entre “Educación y Democracia” desde la exigencia por el derecho a la educación y el anhelo por la construcción de ciudadanías activas y críticas.”

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