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La insoportable realidad de nuestra desigualdad

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Jaime Alberto Rendón Acevedo
Centro de Estudios en Desarrollo y Territorio
Universidad de La Salle

Que la desigualdad haga parte de las agendas de hoy, que se haya logrado posicionar el tema como una real vergüenza de un sistema incapaz de generar justicia y bien-estar, es un logro muy importante. El riesgo es que pase el boom, en este capitalismo que es capaz de volverlo todo un éxito comercial hasta lo que no le conviene.

Se ha producido una especie de boom en las discusiones en Economía a raíz del libro de Thomas Piketty sobre el capitalismo del siglo XXI, este libro ya ha obtenido el mejor efecto posible: el poner el debate sobre la desigualdad en la agenda de periódicos, políticos y académicos. Ya solo por eso merece todo mi afecto. Esto no lo pudo hacer Stiglitz con el Precio de la desigualdad y tampoco lo pudieron hacer los indignados de Europa o New York. Sen, publicó su Idea de la Justicia y Acemoglu y Robinson se preguntaron por qué fracasan los países. Pienso que el libro de Piketty es la gota que permite hastiarnos de una vez por todas de la inmoralidad de un sistema que ha sido capaz de concentrar la riqueza al punto que ha generado una inmensa mayoría de excluidos, de seres humanos que a diario mueren por no tener las mínimas condiciones necesarias para su existencia mientras unos pocos, muy pocos por cierto, disfrutan de las bondades de la riqueza.

Y resulta interesante porque ha puesto en duda dos conceptos que para las corrientes de pensamiento dominantes (neoclásicas en la ortodoxia económica así como neoliberales con sus apuestas por la política, donde estos últimos asumen para si los postulados de libre mercado de los primeros), se trata de la concentración de la riqueza aún en tiempos de mayor crecimiento económico y las desigualdades producto de proteger al capital y a los más adinerados vía menores impuestos.

Frente al primer punto, en las más modernas escuelas de economía, esas que gozan de todo el influjo de los centros de poder, se les enseña a los estudiantes, y a los profesores que no estén con esto pues se les van arrinconando, que la economía debe de crecer y en este proceso, mediante la generación del empleo requerido, el mercado por si solo deberá generar mejores condiciones de ingresos y por lo tanto una mayor equidad en la sociedad. Dicho de otra forma, el modelo dominante hace prevalecer el crecimiento económico aduciendo que el desarrollo es el resultado natural de la evolución de los mercados. Por esto las políticas públicas tienen un papel secundario y la participación del Estado debe de ser mínima con el fin de no alterar las condiciones propias de los agentes en el mercado.

En el segundo punto, el asunto se ha convertido en una situación aberrante. El postulado es básico: Si se cobran menos impuestos a las empresas, al capital y a quienes son poseedores de las grandes riquezas de la sociedad, estos se verán motivados a invertir más, a generar un mayor gasto, aspectos que tendrán que redundar en un mayor crecimiento económico.

¡Bien dice Stiglitz que los planteamientos neoliberales son de una ingenuidad sorprendente! El dejarle al mercado el ajuste hacia la equidad negando las políticas públicas y con ello la intervención del Estado, es algo así como poner a Garavito (la Bestia, probablemente el mayor asesino de niños que ha existido) como director de un jardín infantil. El afán por la acumulación, las lógicas propias del sistema que permiten la apropiación de los excedentes sociales en las más grandes empresas (léase empresas transnacionales) siempre dejará por fuera la necesaria la generación de empleos e incluso la redistribución del ingreso; por el contrario, el sistema ha demostrado que ante las innovaciones, los cambios tecnológicos o las crisis, han sido el empleo y los salarios quienes a la baja terminan siendo los mecanismos de ajuste, la forma como el capitalismo defiende sus tasas de ganancia.

En efecto, en Colombia se tiene un magro resultado en materia de equidad, aun a pesar del “adecuado” manejo macroeconómico, de los años de crecimiento e incluso de las apuestas que se hacen desde las distintas administraciones gubernamentales. Las estadísticas oficiales si bien presentan un crecimiento anual promedio superior al 3% en las últimas dos décadas, la inequidad parece no ceder. Incluso con reformas que han tendido al abaratamiento del salario y a la reducción de impuestos al capital.

Por ejemplo, la desigualdad medida a través del índice de Gini (cuanto más cercano a uno es mayor la desigualdad), de acuerdo con las cifras oficiales fue para el año 2012 de 0.54, cuando en el año 1990 era de 0.47. Es decir, la profundización en el modelo de libre mercado y las llamadas reformas para las aperturas de la economía han venido profundizando la desigualdad, que si bien presenta algunas leves mejores respecto a los últimos cuatro años, como se lee, un análisis de mayor alcance histórico muestra los fracasos del modelo para generar justicias redistributivas.

Cálculos realizados por la economista Juliana Londoño, no ya con datos del DANE sino de la DIAN, es decir, tomando como referencia no las respuestas en la encuesta de calidad de vida sino en las declaraciones de renta, muestran una desigualdad aún mayor. Comparando cada año con los dos métodos, la desigualdad por impuestos es en promedio, mayor en 3 puntos. Es decir, mientras que para el año 2010 el GINI medido por encuestas era de 0.554, el índice medido por impuestos fue de 0.587. Datos aterradores cuando se considera que la pasada reforma tributaria presentó beneficios a las empresas, mientras la inequidad tributaria entre personas y tipos de empresas se ha venido profundizando.

Desde estas perspectivas, los datos revelan otra aterradora realidad. El 1% más rico del país concentró para el año 2010 el 20.5% de la riqueza generada. El 0.1% concentra el 7.4% y el 0.01%, unas mil familias, el 2.6%. Cifras similares a las presentadas cuatro años atrás.

Pero, la escasa justicia se materializa en distintos momentos de la vida nacional. Si este GINI sorprende, el de la concentración de la tierra es abominable. Este se ha calculado en 0.86, una tendencia perversa hacia la concentración perfecta, pasada además por la exclusión, el despojo, las armas y la sangre. Una mala carta de presentación para nuestro mundo rural que pelea por no perecer ante el embate de las importaciones y las presiones de las multinacionales agroquímicas.

Ni que se diga de la educación, esta que está llamada a ser una carta por la equidad, por el contrario, se ha convertido en un instrumento para la desigualdad. Hay formación de élite, hay educación para el montón y hay educación de mala calidad impartida por instituciones que poco saben del tema y para nada están interesadas en hacer apuestas serías para la formación y la calidad. El resultado de esto es salarios altos para la élite, formada para dirigir y los demás son solo eso… los demás; allí donde están nuestros jóvenes, estos y estas que sueñan y buscan una vida mejor, de mayor dignidad.

En definitiva somos un gran país de la desigualdad. Un país donde no solo la inequidad vía ingresos, riqueza y oportunidades es una de las mayores del mundo (la séptima para ser precisos), sino que se excluye a las mujeres, a las personas con discapacidad, a la comunidad LGTBI, a los de izquierda, pero también a los de derecha e incluso a los del centro, se excluye a quienes no sean “iguales”, porque trastocado tenemos el concepto de la justicia y mucho más el de equidad.

Por todo esto, que la desigualdad haga parte de las agendas de hoy, que se haya logrado posicionar el tema como una real vergüenza de un sistema incapaz de generar justicia y bien-estar, es un logro muy importante. El riesgo es que pase el boom, en este capitalismo que es capaz de volverlo todo un éxito comercial hasta lo que no le conviene.

Pero lo dudo, no puedo ser optimista sobre todo en momentos donde el país necesita análisis profundos, medidas de políticas coherentes y consecuentes con el propósito de acabar con la pobreza y disminuir la desigualdad. Mientras tanto nuestros dirigentes, los mismos por quienes nos disponemos a votar, no le presentan al país sus ideas de presente y futuro, pero si exponen sus miserias, su falta de ética pública y su inmensa inmoralidad.

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