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Muertos de asistencialismo. Un relato de las realidades Wayuu

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Miguel Iván Ramírez Boscán
Miembro - Red de Comunicaciones Wayuu

El Wayuu es un pueblo que se está recomponiendo, reencontrándose desde la cultura, nos han empobrecido es cierto, nos han confundido es cierto, nos han aplacado es cierto, sin embargo, de lo más profundo del corazón Wayuu sigue rugiendo ese indio valeroso y por eso escribimos éste artículo. La cultura que se transmite de boca en boca y que como un faro nos sacará de este estado de empobrecimiento al cual nos han relegado.

 

Conozco a Maritza de muchos años atrás, su familia era dueña de tierras fértiles, sus rebaños de chivos y vacas eran extensos, siempre había abundante hilo para tejer. Fue una familia próspera y con buena vida, resguardando para este concepto el ser wayuu. Vivía a su ritmo, manejando sus tiempos, que eran los mismos de las lluvias, de los sueños, sin embargo, todo empezó a cambiar con la llegada de los Alijunas que manejaban otros tiempos, otros espacios y todo cambió con la imposición de dinámicas económicas y sociales. Antes había chance de recibir cosas nuevas, observarlas, entenderlas y apropiarlas. Y ahora todo parecía más fácil, comida y utensilios era más práctico comprar que cultivar; en las tierras se dejó de sembrar, chivos y vacas disminuyeron y ya no hubo hilos para tejer. La tierra murió, los animales se acabaron, mochilas y chinchorros se reemplazaron por bolsos y catres, la migración al pueblo fue inminente. El hambre la obligó a vivir en Maicao.

Maritza a sus 19 años aprendió a bailar vallenatos y champetas, en las fiestas conoció a su primer marido, un hombre Alijuna a quien le parió dos hijos, un varón y una hembra. De este hombre se separó porque cuando bebía le pegaba. Luego conoció otro Alijuna, tenía un trabajo humilde, pero parecía responsable y con él tuvo una niña. Esta relación tampoco prosperó porque un buen día, ¿o mal día? él, la golpeó en la cara con una pala perjudicándole un ojo. Después de hacer el primer café de la mañana se sentaba con mi hermana y conmigo a contarnos cosas como estas, era ella la empleada del servicio doméstico que acompañaba mi familia desde hace más de veinte años.

No podíamos pagarle mucho por sus servicios, sin embargo, levantó a su familia y según ella "gracias a las ayudas del Gobierno". Para el año 2000 el presidente Álvaro Uribe Vélez y en el marco del Plan Colombia puso en marcha el programa de "Familias en Acción", el cual volcó la atención de millares de mujeres en todo el país como Maritza. Éste programa en términos concisos, ofreció un aporte económico a las familias por sus hijos y como Maritza tenía dos, el Estado le daba cerca de 220.000 pesos. ¡Qué gangazo! De la nada recibir esa suma, así es más fácil, así "la vida es chévere". A medida que el programa se afianzaba, Maritza fallaba a su trabajo, silenciosamente sus hijos crecían y al crecer sus hijos el programa establece bajar las tarifas, entonces de a poco el programa no resultaba tan atractivo, eso sí, no iba a dejar de recibir los 70.000 pesos que le daban. Su historia continuó, nuevos hijos, otro amor, sumó cuatro hijos y su cuota mensual aumentó. "Menos mal".

Maritza no tenía porque recibir subsidios estatales para levantar a sus hijos, eso nunca pasaba en territorio Wayuu y no sucedía porque los Wayuu no somos pobres, en nuestro mar abunda en langostas, camarones, rayas, sierra, pulpo y los Wayuu no somos pobres, somos pastores y poseemos grandes rebaños, los Wayuu no somos pobres a pesar de que el agua es escasa, siempre ha sido así, desde Maleiwa y justamente por eso somos un pueblo semi­nómada porque cuando el verano arrecia íbamos a otro territorio de familiares o amigos en donde hubiera agua con la cual aplacar la sed de humanos y animales. Hemos tenido siempre la capacidad de adaptarnos y con rapidez a los cambios, el estar en el extremo norte del país significó que todo lo que llegó a la América del Sur entró primero por nuestro territorio, tuvimos entonces que ajustarnos a los cambios y apropiarnos de lo que nos servía, no sin antes ponerle la impronta Wayuu. Y entonces ¿por qué si estamos en medio de un exuberante territorio premiado con hidrocarburos, comida por doquier y belleza sin igual morimos de hambre?

Los Wayuu no somos pobres, nos han empobrecido, como Maritza hay cientos, miles, de todos los clanes, de todas las castas, de todos los puntos de la Guajira colombo­venezolana, nos han abocado a tal situación con sutiles estrategias y con propósitos asistencialistas, primero encabezadas por la Iglesia y con los capuchinos, luego y actualmente con políticas gubernamentales como Familias en Acción. Las multinacionales presentes en este extremo del país se comportan igual, lo mismo hacen los políticos en campaña. Dos gobernadores de triste recordación para La Guajira, Juan Francisco Kiko Gómez y Jorge Pérez crearon y desarrollaron dos programas para combatir la desnutrición que aqueja a la población indígena de manera especial, Guajira sin Jamushiri (Sin Hambre) y P.A.N (Programa de Alimentación Nutricional) ¿por qué si desde años atrás se venían desarrollando planes y programas para paliar el hambre se disparó últimamente? simplemente porque son iniciativas desarrolladas sin Consulta Previa, sin el consentimiento de las comunidades porque así funciona el asistencialismo, rodeado de un hálito de "filantropía" pasa fronteras y viola la misma ley.

En La Guajira están los recursos que el Gobierno demanda para seguir manteniéndose, los Wayuu fuimos fieros guerreros que retardamos y por ejemplo, las misiones evangelizadoras, éramos pues un serio obstáculo y a sabiendas que la estrategia armada desplegada en otras comunidades sería muy costosa y poco certera derivado de nuestro espíritu altivo y luchador, acudieron al asistencialismo que no es nada distinto a otra forma de colonización, sutil y efectiva que logra hacer sucumbir voluntades y reventar procesos.

Si bien han logrado quebrar nuestra voluntad y caímos en este juego, nuestros principios se mantienen intactos. Por eso nos reunimos una y otra vez alrededor de los mayores, de los ancianos, de las mujeres, de los artesanos, de los pescadores, de los jóvenes que heredan el saber y lo siguen reconstruyendo y proyectando. El Wayuu es un pueblo que se está recomponiendo, reencontrándose desde la cultura, nos han empobrecido es cierto, nos han confundido es cierto, nos han aplacado es cierto, sin embargo, de lo más profundo del corazón Wayuu sigue rugiendo ese indio valeroso y por eso escribimos este artículo.

La cultura que se transmite de boca en boca y que como un faro nos sacará de este estado de empobrecimiento al cual nos han relegado.

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