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Deberíamos aprender de Islandia…

  Jaime Alberto Rendón Acevedo – Jesús David Forero Muñoz
  Centro de Estudios en Desarrollo y territorio, Universidad de La Salle
   
 

A propósito del torrente de irregularidades que se empiezan a conocer con el caso de Interbolsa, que ya parece un sombrero de mago, donde salen y salen irregularidades, con la gracia que todos actuaron a su debido tiempo; serán entonces las autoridades fiscales y penales quienes tendrán que dictaminar responsabilidades y condenas; resulta pertinente traer a colación un suceso del cual, curiosamente, los medios de comunicación no han estado muy interesados. El caso de la crisis financiera en Islandia. En varios periódicos internacionales y algunos portales web, se dio a conocer y se ha hecho seguimiento del caso, pero incluso en el antiguo continente la importancia de lo acontecido en esta nación ha sido diezmada; ¿intencionalmente?, nada extraño en los reinos del tapen tapen, aunque digamos que nos queda la duda.

Islandia, país del norte de Europa entró en una crisis financiera, producto de los excesos del sistema financiero, algo que es recurrente en el mundo, pero que tiene a los países industrializados soportando la peor crisis financiera de su historia.

Ante esta situación, las naciones han presentado dos facetas: una de gasto, en la que aumentan el capital público que se inyecta a la economía, y una parte importante de este capital se utiliza para limpiar las finanzas de los bancos y así no permitir que el sector financiero se derrumbe, que es en parte lo que ha sucedido en los Estados Unidos. Por otro lado, están las medidas que apuntan a una reducción abrupta del gasto público y un aumento de los impuestos para así lograr equilibrio fiscal, esta alternativa también contempla el uso de recursos para estabilizar a los bancos y limpiar el sistema financiero de lo que se conoce como activos tóxicos, que son básicamente promesas de créditos que no serán pagados; y en la mayoría de los casos, lo que se encuentra es una combinación de estas dos formas de abordar una crisis, las cuales actualmente difieren en su forma de concebir el gasto público, pero son coincidentes en la manera como salen a rescatar a los bancos -sea nacionalizándolos temporalmente, o dándoles dinero directamente- con el pretexto de que si esto no se hace, la economía se irá definitivamente a pique.

En definitiva, se rescata a las empresas más no a las familias, una perversa lógica del capital que en las últimas cinco décadas remarcó la necesidad de priorizar el mercado por encima del interés social y de las personas, aduciendo que las mejores empresas quedarían en el mercado y las ineficientes se les castigaría con su quiebra.
Lo particular del caso islandés es que ciudadanas y ciudadanos se negaron a salvar los bancos con impuestos públicos, argumentando de manera tajante que no eran todos culpables de la crisis, como se dice muy a menudo, sino que era una crisis ocasionada por los excesos de los banqueros, y que en consecuencia eran los banqueros quienes debían pagar por sus propios excesos.

Y las palabras se convirtieron en hechos. Luego de lograr la destitución del primer ministro Geir. H. Harde en 2009, la coalición encargada llevó a un referéndum, mediante el cual las personas se negaron a solventar la deuda de la banca privada con dinero público, y se ha perseguido a los líderes de los bancos, dando con el encarcelamiento de unos y la orden de captura a otros que se han exiliado del país. En este momento Islandia está consensuando la forma de pagar sus deudas, pero con los activos de los banqueros. Y ¿qué le ha sucedido a la economía islandesa? Nada tan malo como se creía, y a decir verdad están teniendo resultados muchísimo mejores que los de países como España, que ha decidido irse por la vía ortodoxa. En conclusión, los islandeses decidieron no salir a salvar a los banqueros de sus propios pecados, y la economía no se fue al traste, como los “fundamentalistas del Mercado”, al decir de Stiglitz, profesaban de manera chantajista si el fisco no les ayudaba.

El caso de Islandia es un aprendizaje importante a nivel mundial porque antes de este suceso no había evidencia empírica sobre lo que sucedía si un país no salía despavorido a salvar a los banqueros. Pues bien, ya lo sabemos, no pasa nada diferente a que se hace justicia y se cortan los problemas de raíz. Y ante una evidencia tan grande, la socialización de la deuda generada por la avaricia de los banqueros, pasa de ser una recomendación de política pública a una total falacia. Queda entonces un mensaje claro para la población del mundo, si el sistema financiero peca, que el sistema financiero pague.

Se resquebrajan así los miedos que los economistas hemos sabido introducir a las sociedades, esos temores que han naturalizado una forma de entender la economía, haciendo que el libre mercado o el Estado actúen solo bajo los intereses de unos pocos grupos empresariales.

Se llega también a dos cuestionamientos muy importantes: Si el sistema financiero es defensor de la elocuencia del mercado, entonces, si ellos quedan a punto de quiebra es porque el mercado ha decidido que son ineficientes ¿por qué habríamos de salvarlos, mas cuando ya se vio en el caso islandés que la amenaza de “si los bancos nos quebramos, se quiebra el país”, es falsa?

El segundo cuestionamiento es: como los banqueros argumentan que el sistema financiero es un pilar de la sociedad, entonces ¿implica eso que no puede estar dicho sistema comandado por unos pocos o del mercado, y que la sociedad, a través del Estado, tiene el pleno derecho de ponerle límites claros a su gestión?

Por donde se le mire, son justificaciones que desde el sentido común solo sirven para respaldar el juego al que como sociedad hemos accedido con el sistema financiero: “si hay bonanza, nosotros los bancos ganamos, y la sociedad no tiene por qué ser parte de esas ganancias, que son privadas. Pero si hay crisis, ustedes como sociedad pagan, porque todos somos culpables”. La evidencia del caso islandés, muestra que esto es una falacia que carece de cualquier soporte lógico o técnico.

Desde otra perspectiva, es algo similar a lo sucedido con el aumento del salario mínimo en Brasil durante el gobierno Lula, que se elevó considerablemente, y ni la inflación ni el desempleo desbarataron a Brasil, como preveían los “criterios técnicos” de quienes defienden que el salario mínimo debe aumentarse con suma prudencia y, de ser posible, ser eliminado, y dejar que el libre ejercicio de la oferta y la demanda derramen mágicamente prosperidad sobre toda la sociedad. Ojalá sirva de ejemplo en la actual negociación del salario mínimo que siempre termina sancionándose por el Gobierno ante las dificultades para llegar a acuerdos que nos permitan un mayor ingreso para las familias. Pero también deberíamos aprender del modelo de industrialización de Brasil, de las políticas públicas en algunos países de Sur América, de lo hecho en China y en India. Paradójicamente todo tiene un punto en común: hacer las cosas de manera contraria a como lo han propuesto desde las economía ortodoxa, desde el neoliberalismo o si se prefiere desde los organismos multilaterales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

Con la ilusión de saber qué consecuencias reales va a traer para la economía nacional el descalabro de Interbolsa, y ante una eventual crisis de un sistema financiero irresponsable con el crédito, que nadie quisiera, debemos exigirle al gobierno sensatez, mayor control, regulación efectiva y que paguen la crisis de Intebolsa quienes la deban, que obviamente no somos todos.

Edición N° 00332 – Semana del 7 al 13 de Diciembre de 2012
 
 
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