Notas contra el Estado del bienestar

  Julio César Carrión Castro
  Universidad del Tolima
   
 

-El demonio del “progreso” es también un aliado del llamado
“Estado del bienestar”-

Vivimos una época supuestamente pos-bélica y pos-soviética caracterizada por el triunfo mundial del capitalismo… El modo de producción capitalista y la mentalidad burguesa que hoy conocemos no han sido siempre iguales, se han modificado conforme al desarrollo de las fuerzas productivas, a las periódicas crisis que lo afectan y a la estructura de las relaciones sociales establecidas en cada una de sus etapas históricas y en los distintos territorios y regiones que ha conquistado, sin abandonar jamás las tesis del progreso.

La supervivencia histórica del capitalismo ha estado condicionada a la manera como ha sabido superar los conflictos. El capitalismo en su ya largo proceso, ha tenido que superar las variadas crisis que siempre expresan la confrontación existente entre los intereses del capital por una parte y los intereses de los trabajadores por la otra.

Los orígenes del capitalismo están marcados no sólo por su lucha teórica contra la abigarrada mentalidad cristiano-feudal, sino por intensas acciones de violencia que, por supuesto, liberarían a campesinos y artesanos de la coacción gremial, la servidumbre y demás trabajos feudales, pero que también les despojaría de todos sus medios de producción, de sus títulos y propiedades personales, y lo que es más grave, de todos los bienes comunales y de dominio público que secularmente se habían mantenido. Estas brutales expropiaciones del pueblo señalan la génesis del moderno modo burgués de producción y de la fáustica concepción de la propiedad privada que lo acompaña.

El conflicto ha sido permanente entre los dueños del capital y los trabajadores, obligados a vender su fuerza de trabajo para poder sobrevivir. Pero no siempre ha sido indispensable la violencia directa, la cual -se creía- que con el tiempo sólo se emplearía en casos excepcionales, dado que “en el propio transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a fuerza de educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales” -Marx-. Sin embargo el mefistofélico apetito de riqueza y de poder por parte de la clase poseedora no tiene límites y la burguesía siempre ha empleado el poder del Estado para “regular” los salarios, intentando fijarlos exclusivamente dentro de los marcos que los benefician con una mayor extracción de plusvalía, tanto alargando las jornadas de trabajo, como acelerando los ritmos laborales y manteniendo, en todo caso, a los obreros dentro de unas rígidas medidas coercitivas y de dependencia ideológica, por lo que Dios y el diablo seguirían manteniendo, bajo el nuevo modo de producción, similares fuerzas y poderes a los que tenían bajo el feudalismo.

La revolución industrial habría de modificar notablemente las condiciones de producción. Las máquinas en gran medida sustituirían la fuerza humana y grandes transformaciones ocurrirían entonces en las relaciones sociales de producción; se intensificaría no sólo la producción sino la comercialización de los bienes producidos. Pero este incremento de la producción y de la productividad en lugar de traer mayor bienestar a los trabajadores, por el contrario, llevó a la intensificación de los intereses de lucro y de acumulación por parte de los capitalistas. La introducción del maquinismo no significó mejoría para el sector de los trabajadores, pues muchos de ellos serían expulsados del proceso productivo e irían a engrosar el ejército de los desocupados, mientras que quienes se quedaron fueron sometidos a una mayor exacción de plusvalía, ahora bajo la condición de trabajos rutinarios y repetitivos. Además, como operarios de estas máquinas, tendrían que ponerse constantemente al día y seguir el ritmo que marca el incesante desarrollo de las nuevas tecnologías.

La expansión del colonialismo, con la desaparición forzada de pueblos y culturas, paralelamente, llevaría a una mayor abundancia de materias primas y, por supuesto, a la ampliación de la producción capitalista; pero el aumento de las ganancias de los capitalistas no repercutiría en beneficio de los trabajadores, dado que los mayores costos de producción establecidos por la incorporación de nuevas máquinas y tecnologías, debían compensarse con los salarios de los trabajadores. Se hacía indispensable, entonces, para los capitalistas, que los obreros ganaran menos, que las mujeres y los niños trabajaran en fábricas y talleres infernales, sometidos a extenuantes jornadas denunciadas por escritores como Charles Dickens, para que los patronos ganaran cada vez más y no se atrasaran con respecto a las innovaciones tecnológicas, lo que los podría sacar de competencia. Esta es la diabólica lógica del capitalismo que siempre ha sido “salvaje”.

El Estado Benefactor

En el plazo de muy pocos años la miseria de los trabajadores se fue intensificando, mientras el Estado apoyaba solamente a la clase burguesa. Los trabajadores expoliados, con base a sus experiencias, irían adquiriendo conciencia de clase, organizándose cada vez mejor y estableciendo la necesidad de imponer cambios radicales en las condiciones económicas, sociales y culturales de su existencia. Muchos pensadores e intelectuales, incluso de la burguesía, fueron delimitando puntos de vista y perspectivas ideológicas, que confrontaban abiertamente la inhumana explotación que propiciara el capitalismo, guiado por unas supuestas “leyes naturales”.

Así las cosas, las explosiones de rebeldía popular, conjuntamente con la estructuración de claros lineamientos ideológicos para las pretensiones de los trabajadores y el propio desarrollo de las crisis internas del capitalismo, llevarían a la necesidad de forzar una reversa, un cambio en las relaciones sociales de producción.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX se va conformando la fuerza del sindicalismo en toda Europa, se empiezan también a estructurar los primeros partidos políticos obreros y se va constituyendo una poderosa fuerza que habría de alterar muy seriamente las relaciones de explotación capitalista. Así ingresamos al azaroso siglo XX.

Simultáneamente con este proceso de concientización y organización de las clases trabajadoras, el modo de producción capitalista entra en un período de crisis de sobreproducción que significaría no sólo una cruda ampliación de la explotación clasista, sino, los inicios de una contienda inter-capitalista por la hegemonía mundial, que llevaría a los gobiernos de los países industrializados a intentar el reparto del botín del mundo y por supuesto a la Primera Guerra Mundial, iniciada en el año de 1914.

La conflagración mundial aceleraría los procesos revolucionarios y el desarrollo de la conciencia de los trabajadores. La Revolución Rusa de 1917, instauraría una nueva inquietud en el corazón de los burgueses y les haría temer por la validez de su proyecto expansionista. Entonces la idea del demonio recobra sentido; ahora, para la atemorizada burguesía, el “mal” lo representan las tesis y propuestas reformistas, sindicales y revolucionarias y ellos, los explotadores, encarnan el “bien”, la “bondad”, el “bienestar”…

La revolución bolchevique de 1917, de alguna manera modificaría el curso de la historia, porque imponía a la burguesía la necesidad de negociar, de transar con los trabajadores, reduciendo así las expectativas de ampliar cada vez más la plusvalía.

Durante los años de postguerra las ilusiones de paz se desvanecen y un tremendo caos en los procesos productivos sorprendería a la orgullosa burguesía. Es entonces cuando se introduce un dislocamiento en las intenciones del omnímodo poder capitalista, que entra a ensayar, además de las publicitadas democracias liberales, con los regímenes autoritarios y totalitarios, a fin de contener el ascenso gradual del socialismo y queriendo impedir las crisis que agobian su modelo de desarrollo y de progreso.

El inglés John Maynard Keynes, sin duda alguna el más representativo economista del siglo XX, afectado profundamente por el terrible panorama que mostrara la crisis mundial de la economía de finales de los años veinte, con millones de seres humanos arrojados a la desocupación y a la depauperación generalizada, provocada por el desaforado proceso de acumulación capitalista, publicó en 1936 su libro “Teoría general del empleo, el interés y el dinero” con el cual ejercería la más dura crítica a las denominadas leyes “naturales” del capitalismo, que los economistas ortodoxos consideraban inamovibles. De esta forma se daría origen, dentro del capitalismo, a una nueva concepción de la ciencia económica, cuyo principal propósito era corregir la tendencia a una mayor sobrexplotación del trabajo por parte del capital, buscando la extensión del “bienestar” en el sector de los trabajadores, mediante el incremento de los salarios y procurando que se constituyeran más fuentes de empleo. Recomendó, una amplia intervención del Estado en la economía, impulsando la generación directa de empleos, apoyando la industria y en general buscando el control de las empresas y la función social de gasto público en aspectos tan cruciales como los servicios públicos, la seguridad social, la educación y la salud.

Esta política empezaría a operar como una especie de exorcismo contra los demonios de la revolución; se buscaba paliar un poco la explotación capitalista, por ello propone una distribución más equitativa de los ingresos, con impuestos mayores a la propiedad que al consumo, reducir los costos financieros del dinero, y fomentar el bienestar social, la capacidad de compra, y en general la calidad de vida en la población trabajadora. Introduciría una clara competencia intervencionista del Estado en los asuntos de la economía. De esta forma se mostraba desconfianza hacia la vieja economía clásica que proponía dejar a la iniciativa privada y a la “mano invisible” del mercado la regulación social y se salía al paso a las teorías socialistas, que negaban de plano el modo burgués de producción.

Las originales propuestas de Keynes serían prontamente aceptadas por la mayoría de los Estados capitalistas, que así lograban escapar de la crisis que pesaba sobre ellos. Esta oportuna intervención estatal sobre la economía, esta corrección en los rumbos del capitalismo, significaría, a la postre, la sobrevivencia del propio modo burgués de producción a nivel mundial y es lo que se conoce como el Estado de Bienestar Social.

Por primera vez en sus ordenamientos jurídicos e institucionales tanto las metrópolis como los países dependientes establecerían “la función social de la propiedad”; se extenderían los beneficios de la seguridad social; surgirían nuevas relaciones laborales en la ciudad y en el campo y por supuesto, se impulsarían políticas de desarrollo científico y tecnológico, adecuando el sistema educativo a tal propósito y dando el más extraordinario apoyo al servicio de la educación pública en todos sus niveles, formas y modalidades. Es decir, la educación se enrumbaría hacia una dependencia total con respecto de la economía…

El miedo como factor de equidad social

Así pues, desde octubre de 1917, fecha de la instauración del primer Estado socialista, pero más específicamente después de la segunda guerra mundial, con la expansión del campo socialista, el miedo a los demonios de la revolución social acompañaría a  las distintas burguesías a nivel mundial. Esta sería la principal característica de los regímenes capitalistas.

Con la postguerra, restablecido de nuevo el ordenamiento internacional, vendría un período general de enfrentamiento entre los países del llamado mundo occidental y aquellos otros que orbitaban alrededor de la Unión Soviética. Este fenómeno de reciente historia, se conoce bajo el nombre de “la guerra fría” y se estructura a partir del incremento del miedo entre las clases dominantes, por la posible extensión del comunismo y la revolución social, pregonada por los gobernantes de los países del “socialismo realmente existente”. Este temor por la auténtica o ficticia “amenaza comunista”, llevó también a los grandes propietarios, a las oligarquías y a los gobernantes de los países capitalistas, a ceder en algo sus desaforadas pretensiones de un mayor enriquecimiento, mediante la sobreexplotación del trabajo. Aprendiendo de la economía planificada de los países socialistas, se empezó a hablar entonces de “planes de desarrollo” también en las economías y gobiernos capitalistas. Se trataría de algo así como del lobo vestido con piel de oveja, del diablo haciendo ostias, del diablo haciéndonos creer que no existe.

Superado el colapso económico, político y social generado a partir de la Segunda Guerra Mundial, y ante el demostrado fracaso de los llamados Estados totales o “totalitarios”, se abre un período de prosperidad para los países capitalistas industrializados, que les llevó incluso a superar el temor por la revolución social en sus territorios. Sin embargo los regímenes totalitarios, autoritarios y fascistas perviven brutalmente aún en las zonas periféricas y marginales, en las antiguas colonias, en lo que se dio en llamar “el Tercer Mundo” y, las democracias liberales de que tanto se ufanan los capitalistas, solamente tienen existencia real en las grandes metrópolis y países pos industrializados, hoy supuestamente alejados de la amenaza de la revolución social, pero convertidos de manera irreversible en una especie de democracias que incorporaron el fascismo en sus realizaciones, en regímenes “demo fascistas”.

El derrumbe de la Unión Soviética, debido más a su propia incompetencia que a una presunta validez de los dogmas del capitalismo, ha permitido que, como lo dice Eric Hobsbawn, “por ahora el capitalismo y los ricos hayan dejado de estar asustados. Todo lo que hizo la democracia occidental algo digno de ser vivido para su gente -la seguridad social, el Estado benefactor, un ingreso alto y creciente para sus asalariados, y su consecuencia natural: la disminución de la desigualdad social y de la desigualdad de oportunidades de vida- fue el resultado del miedo”. Este miedo a los pobres y a los trabajadores organizados, pareciera superado hoy y por ello trabajan desde una pretendida unipolaridad del mundo, por revertir la historia, no sólo para los pueblos dependientes y subdesarrollados, sino para toda las estructuras sociales, que asumen la marginalidad y la exclusión de las grandes mayorías, como proyecto “democrático”. Hoy se ha regresado abiertamente a las condiciones del llamado capitalismo salvaje, reinstaurado ahora bajo el nombre de “Neoliberalismo” y apertura económica.

El llamado Estado de Bienestar, surgió históricamente a causa de la aparición y el gradual desarrollo de las luchas de los trabajadores que obligó a la burguesía a establecer los principios mediadores, es decir a aplicar los derechos civiles y las garantías sociales, económicas y culturales proclamados desde el triunfo de las revoluciones burguesas, pero sistemáticamente incumplidos. Dar vigencia a las proclamadas tesis de la seguridad social: a las reivindicaciones salariales y asistenciales, como pensiones, seguros sociales, protección contra el  desempleo, junto a derechos como la educación, la cultura, la recreación y la ampliación de los servicios públicos para el conjunto de los trabajadores y la ciudadanía en general. Cada uno de estos principios mediadores empezó a aplicarse en las postrimerías de la primera guerra mundial y, tras la segunda guerra, tomaría cuerpo el denominado Estado del Bienestar keynesiano, también conocido publicitariamente como el Estado Social de Derecho, que sería presentado como el mayor logro de la modernidad burguesa, como una panacea que buscaría ser aplicada en todos los rincones del mundo.

Sin embargo, de manera coincidente, Auschwitz también representa la modernidad burguesa, no sólo por su estructura de fábrica de muerte científicamente organizada, que utilizó las técnicas más modernas y eficaces, sino porque es la más clara expresión de la continuidad de los intereses del capitalismo. El genocidio de los judíos, de los gitanos, de otras etnias y de los contradictores políticos, es también, como observa Zygmunt Bauman, un producto típico de la cultura racional burocrática burguesa, que elimina de la gestión administrativa toda interferencia moral, como lo precisara Weber. Desde este punto de vista, es el resultado del proceso civilizador, en cuanto a la racionalización, planificación y centralización, tanto de la violencia (supuesto monopolio estatal) como de la productividad social, que debe funcionar con la indiferencia moral, establecida como regla ética del capitalismo. Bauman analiza Auschwitz como un modelo de management, en el cual se dan todas las características de la gestión, de la organización del trabajo, de la racionalización productiva y administrativa, de la división gerencial y jerárquica, entre organización, planeación  y ejecución de las tareas de todo un conjunto que desemboca ya no en la producción, sino, en la destrucción y la muerte. En definitiva, todo un conjunto de características que definen el paradigma weberiano de la burocracia y de la modernidad administrativa y el paradigma fordista y taylorista de la moderna producción serial capitalista, está presente tanto en el llamado Estado de Bienestar, como en los regímenes ex terministas…

El período de ensayo del llamado “Estado de Bienestar” o Estado Social de Derecho, rindió sus frutos: finalmente significó lo que Pedro García Olivo ha denominado “el bienestar de los Estados”, con funcionarios y burócratas comprometidos, al igual que en los denominados “Estados totalitarios”, en que la maquinaria del poder funcione perfectamente. Asevera García Olivo: “Al calor del Estado Social de Derecho ha surgido una retícula de “profesionales”, generadores a sueldo del supuesto “bienestar”, galería de “mercenarios” desencadenante de la “adición” a la protección institucional. Médicos y enfermeros, profesores y maestros, jueces y abogados, periodistas,... se acercan al individuo tal “misioneros” y “catequistas” de la nueva religión del Estado, dosificando el despotismo y el paternalismo, la ideología del experto y los discursos del altruismo. Desposeen progresivamente al sujeto de su capacidad de autogestión: autocontrol de la salud, aprendizaje auto motivado, autonomía en las relaciones con los demás, elaboración personal de la propia opinión,...”

Se trata del mismo compromiso del funcionariado, de esas “ruedecillas de la maquinaria administrativa”,  reincorporados ahora, con más fuerza, a sus históricas tareas de control, vigilancia, represión y explotación, actuando como tejido conjuntivo entre el Estado y los “ciudadanos”, entre los explotados y los explotadores, y asumiendo las mismas tareas que hipócritamente el liberalismo repudió en los que denominó regímenes totalitarios, pero incorporadas ahora más sutilmente, con estrategias simbólicas, a la defensa de la poderosa máquina estatal, en un fascismo democrático, al que ya no se le puede denominar “totalitario”.

Así, bajo el simulacro de la “democracia liberal”, sosteniendo el mismo régimen de explotación, pero sacando lecciones de las crisis, de las guerras y de la propia competencia con la economía socialista, el capitalismo ha logrado sobrevivir, y no sólo eso, sino, incluso cree haber derrotado al socialismo.

Edición N° 00428 – Semana del 5 al 11 de Diciembre – 2014
 
 
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