Mujer, tradición y modernidad

  Julio César Carrión Castro 1
  Universidad del Tolima
   
 

Muchachas de provincia, que salen -si es que salen de la casa- muy temprano a la iglesia, con un andar doméstico de gansas…
Luis C. López

A propósito de La Celestina

In illo tempore la Iglesia regentaba sobre el mundo conocido; la era cristiana se había impuesto sobre gentiles e impíos. El reino milenarista del Dios de Constantino moraba entre los hombres.

Las cortes medievales fueron cayendo todas sometidas a la cultura y a la civilización cristiana. La conquista del orbe, que comenzó con la sangre derramada por los primeros mártires del cristianismo, continuó durante la Edad Media con la Patrística y las Cruzadas y llegó a su apogeo con la Escolástica. Esta epopeya del pensamiento que floreció en Europa tuvo en la España del nordeste un principalísimo centro de difusión y de propagación. Las escuelas monacales, parroquiales y catedralicias, impusieron la impronta de una filosofía sierva de la teología que tenía como misión apoyar las verdades reveladas y confrontar e impugnar las tesis de moros y paganos.

España a finales del siglo XV habría de constituirse en una gran potencia gracias a la Reconquista con la que se logró la ferviente unidad religiosa y territorial de los reinos de Aragón, Castilla y Navarra frente al dominio musulmán extendido durante ocho siglos por toda la península. La reconquista española concluyó hacia el año 1492, en que fue derrotado Boabdil, último rey musulmán, y el reino de Granada cayó en manos de los cristianos. También durante la última década del siglo XV vería España la expansión imperial de su poderío por el descubrimiento y la conquista del territorio americano y sus riquezas.

Es este, pues, un período nodal para la historia de España: la Alhambra, postrer fortín de los moros, sucumbe, y el territorio americano es ofrecido como una “Nueva Granada” al poder del rey y de la cruz.

Los siglos XIV y XV son época de crisis, de transición, en Europa; las rígidas formas teológicas van cediendo ante el incontenible y arrollador empuje del humanismo burgués, característico del Renacimiento, que tangencialmente tocó a la España de la cruz y del silicio.

El Renacimiento habría de significar (al compás del más alto desarrollo de las ciencias y las artes) la aparición de una cultura secular que iría deteriorando la arcaica dictadura espiritual que ejerciera la Iglesia y sus jerarcas. Pero en España el Renacimiento es aliado del poder católico, la transición del medioevo a la modernidad es muy tímida, no hay un proceso de laicización de la política, todo lo contrario; con el reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, los Reyes Católicos, la política y la Iglesia se fusionan y desde monasterios, conventos, iglesias y abadías se fortalecerá y dará cohesión a la Corona, sobre todo en la empresa de colonización y evangelización del Nuevo Mundo.

La lengua de Castilla, al superar su etapa formativa, se fue volviendo arte. Los nacientes centros universitarios -Palencia, Salamanca, Valladolid, Alcalá- coadyuvarían en la estructuración de la lengua como vehículo de la literatura, desbordando en la práctica las rigideces del latín.

Esta España verá florecer la literatura caballeresca que exalta y glorifica los valores de dicha institución feudal. La literatura caballeresca respondía a una idealización del mundo; las armas del caballero estaban al servicio de un dios todopoderoso y omnisciente del que el hombre es su más perfecta imagen. Entre tanto, la mujer era fantaseada de otra manera...

La novela de caballería es cortesana y puritana, habla de los sufrimientos del amor pero no resuelve sus quejas y ve como imposible la relación sexual. Demonio, mundo y carne siguen siendo el pecado, la tradición medieval aún no se rompe. Todas las obras literarias del medioevo asumen la visión de una mujer idealizada, sacralizada.

Como lo planteara Giovanni Papini, en La divina comedia, Beatriz representa una apoteosis alegórica de la Virgen María; o de la virtud, del amor y de la fe. Laura, la musa de Petrarca, es también un símbolo mediador entre lo humano y lo divino. Como Beatriz, como María.

Pero esta época llena de paradojas y contradicciones ve surgir a tiempo con los autos de fe, las mazmorras, las torturas y las persecuciones, también la rebeldía: al compás de una nueva inteligencia del mundo se provoca una nueva concepción de la mujer y del amor. Es éste el momento en que surge, por ejemplo, la literatura erótica de un Bocaccio, el exaltador de los triunfos de la carne. Las expresiones de enorme simbolismo lúbrico contenidas en obras pictóricas como las del Bosco o las de los Brueghel, o en las formas paganas de religiosidad, como la brujería y el satanismo, con sus espeluznantes excesos y concupiscentes rituales y hasta en las sublimaciones del misticismo porque, como lo expresó Bataille, en principio los sistemas de la sensualidad y el misticismo no difieren.

Este fue un momento también de indisciplina, incluso entre las huestes clericales, declerici vagantes, juglares y goliardos. Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, picaresco y satírico hombre del siglo XIV, quien padeció trece años de prisión por orden del arzobispo de Toledo, había creado para la literatura española y para el mundo un personaje que sería el antecesor directo de La Celestina del Bachiller Fernando de Rojas: La Trotaconventos, cómplice y encubridora de aventuras amorosas. Varias mujeres caen seducidas por sus artificios y argucias, pero cada una de ellas, como nunca antes se viera en la literatura, afirman su femineidad. Con intención moralizadora nos muestra el Arcipreste de Hita, según Menéndez y Pelayo, “el humorístico y pintoresco espectáculo de la Edad Media en el momento en que comenzaba a disolverse y desmenuzarse”. La represión sexual que pareciera caracterizar a la Edad Media, en realidad no fue tan absoluta.

El orden teocéntrico del estilo cristiano empezaba a decaer, la armonía y la razón religiosa fueron paulatinamente cediendo el paso a los espacios de la vida cotidiana que ahora imponía el Renacimiento. Con el resurgimiento de las letras y las artes de la antigüedad, con la irrupción de lo profano, comienza el desencantamiento racional del mundo. Como lo precisó Ciorán, (...) una vez agotada la mitología cristiana y caballeresca, el heroísmo, concebido a nivel cósmico y divino, cedió su puesto a la tragedia: el hombre se apoderó en el Renacimiento de sus propios límites, de su propio destino y llegó a ser él mismo hasta ponerse al borde del estallido. La propuesta de vida ya no estaría más determinada por la Civitas Dei, ahora serían nuevos contextos, nuevas dimensiones, no más la ficción, ahora sería el hombre, el ser humano.

En el año 1499, tan sólo siete después de la Reconquista frente a los moros y de la singular proeza del descubrimiento de América hazaña con que se inauguró la modernidad con todas sus contradicciones- aparece en esta España convulsa la Comedia de Calixto y Melibea que hacia 1502 cambiaría su nombre por el de Tragicomedia. Esta es una obra que enlaza la naciente novela con el redescubierto teatro. Se trata de un drama en 21 actos, lo que la hacía difícil de representar -sólo ahora por la magia del cine es posible ponerla en escena- pero su lectura es seductora. Su argumento es en extremo sencillo: se trata de una historia de amores desventurados, Calixto, preso en el amor de Melibea, mujer moza, muy generosa, de alta y serenísima sangre y sola heredera de su padre Pleberio y de su madre Alisa muy amada, se vale de una alcahueta para que medie en su amor. Celestina, vieja inmoral, avezada en las tradicionales trampas de amor, en el ocultismo y los hechizos, prepara las entrevistas por dinero; pero el destino desata el castigo y Celestina es asesinada por sus propios cómplices. Calixto muere accidentalmente al saltar una tapia luego de alcanzar el esquivo amor de Melibea; ésta, víctima de dolor de amor, se suicida arrojándose desde una torre.

En esta obra lo que se pone en escena son las pasiones de hombres y mujeres verdaderos, no de personajes ficticios o fantásticos. El mundo abyecto, las memorias del subsuelo, empiezan a mostrarse en la literatura.

Marcelino Menéndez y Pelayo afirmó: El autor escribió para ser leído, por eso dio tan amplio desarrollo a su obra y no se detuvo en escrúpulos ante la libertad de algunas escenas, que en un teatro material hubieran sido intolerables aún para los menos delicados y timoratos... pero escribía con los ojos puestos en un ideal dramático, del cual tenía entera conciencia (...) No en balde aseveró el mismo Menéndez y Pelayo que si Cervantes no hubiera existido La Celestina ocuparía el primer lugar entre las obras de imaginación compuestas en España.

La Celestina surge en el período de encuentro entre la cultura religiosa medieval y la burguesa renacentista, marca el triunfo de la modernidad sobre el feudalismo, encarna la nueva visión del mundo, del hombre y, especialmente, de la mujer.

El ser de la mujer, la individualidad femenina, empezó a nacer en España con esta obra mundana. La farsa de la sacralización de la mujer y de toda su sexualidad reprimida es puesta en evidencia en esta obra que ausculta la más auténtica psicología femenina.

Simultáneamente con la desidealización del mundo ha marchado la desidealización del hombre y la mujer. La afirmación, de nuevo, de una concepción antropocéntrica, significaría el desvanecimiento de los mitos teológicos que pesaban sobre toda una época.

Ha dicho Francisco Umbral que Melibea es el gozne entre la Edad Media y el Renacimiento... la explosión de amor de esta mujer representa de algún modo la explosión renacentista, la vuelta de la vida por sus fueros tras la larga -y relativa- clausura medieval.

Si bien es cierto, como lo afirma Florence Thomas, que desde hace miles de años son los hombres los que disponen de la sexualidad femenina y, por consiguiente, los que hablan de ella, es válido, en todo caso, pensar que desde el siglo XV este personaje, Melibea, entra a reivindicar el derecho de la mujer al placer y a la sexualidad sin coerciones.

Después ya no sería la reja del confesionario, el humo de los incensarios, el olor a sacristía ni las torturas de la Inquisición, sino el ritmo y el horario de la gran industria, el ensordecedor estruendo de sus máquinas, y el incesante y monótono repiqueteo de la producción taylorizada y de las obligaciones contractuales los que marcarían el despojo de la sexualidad y de las pasiones femeninas.

Nuestra época, por la manipulación informativa y consumista, ha degradado a la mujer asignándole roles estereotipados de comportamiento; o bien mujer fatal, vampiresa, mujer objeto; o bien triste esposa resignada: “pura o puta”, es el dilema, la engañosa alternativa impuesta en estos tiempos de mercantilización y de apertura para banalizar a la mujer y sus sentimientos.

Pero Melibea es un proyecto, un germen de modernidad y de emancipación aún vigente, al afirmarse en las posibilidades reales del amor, de ese amor indómito y auténtico que rompe puertas y candados porque, como recogiendo las quejas femeninas de una época que aún pervive en nuestros tiempos lo afirmara Melibea: Las puertas impiden nuestro gozo, yo las maldigo, a sus fuertes cerrojos y a mis flacas fuerzas, que ni tú estarías tan quejoso ni yo tan descontenta.

1 Carrión Castro Julio César, Pedagogía, política y otros delirios (Sombras de Humo). Colección Universidad del Tolima 50 años. Número 1. Primera edición, 2006.

Edición 437 – Semana del 6 al 12 de marzo de 2015
 
 
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