La cultura de la polémica: de Nicolás Gaviria y otros escandalillos

  Jaime Wilches – Docente e Investigador de la Universidad de La Salle
  Hugo Guerrero – Docente e Investigador de la Universidad de La Salle
   
 

Héctor Lavoe lo interpretaba de manera magistral: Tu amor es un periódico de ayer, que nadie más procura ya leer, sensacional cuando salió en la madrugada, a mediodía ya noticia confirmada y en la tarde materia olvidada.

Eso pasa en Colombia en una sección que parece instituirse en los medios de comunicación: El escándalo de la semana, donde se despliegan las voces de todos los actores involucrados: oportunistas, expertos, incautos y eufóricos, que hacen parte de esa ruidosa y engañosa democratización de las redes de expresión.

La investigadora María Hernández señala esta característica de los medios citando un libro clave que reseña así:

Deborah Tannen en “La cultura de la polémica (1999) escribe que en nuestra sociedad hay una cultura de la polémica…A cualquier asunto que deba salir a la luz pública se le busca el lado conflictivo para atraer la atención de la gente. El léxico se hace también cortante y dirigido a desatar enfrentamientos, se utilizan palabras propias del vocabulario militar y palabras que connotan ausencia de principios reguladores de la conducta social (caos, anarquía actos forajidos, arbitrariedad) En general, lexías que connotan violencia (amenaza, atropellos, violación, capitalismo salvaje, guerra, vulnerados, fragor del debate)1

En meses anteriores no parábamos de hablar de Falcao y su lesión, antes Uribe y su gobierno, ahora Uribe y su twitter, otras veces las tortas mal repartidas que desatan la ira del inconforme que denuncia el escándalo de corrupción, otras tantas los agarrones del procurador y los grupos que defienden la pluralidad y la libertad en la orientación sexual, de vez en cuando los impulsos pedagógicos de Mockus, la semana pasada la muerte de una joven que causó lamentos virtuales que casi siempre terminan por echarle la culpa al ineficiente sistema de salud, pero de ahí no pasa nada.

Esta semana le tocó el turno a un personaje anónimo que hizo lo que sucede con los millones de personajes anónimos que tomas una cervezas de más y como lo interpreta la canción Decisiones de Rubén Blades, se creen James Bond. El señor Gaviria estará en la palestra pública unos días más hasta cuando otro sujeto de papaya y sirva para la producción de memes, burlas y comentarios que inunden las redes sociales.

Ahora bien, es ingenuo pensar, como algunos opinadores lo plantean a modo de golpes de pecho, que es inaudito que los medios de comunicación le presten más atención a un joven que quiso pasar por arribista (manifestación lamentable de la necesidad de reconocimiento en un país excluido) que a la pobreza en Choco, las masacres que se cometen en regiones olvidadas del país, la crisis del petróleo, etc., etc., etc.

Y por eso es mejor dejar las cosas en su lugar. Los medios fueron, son y serán como lo plantea la cita de Tannen, una empresa dedicada a vivir del morbo social, y que de vez en cuando los atrapa una sensación de remordimiento que los lleva a apoyar a sus reporteros en investigaciones periodísticas serias que reciben premios y reconocimientos, pero que no tienen la chispa, la audiencia y el aglomeración de comentarios, como sí suele suceder con escandalillos que ponen a prueba lo más triste de la condición humana: sus ansias de señalar a quien desafía el orden rígido y cuadriculado de la sociedad.

Los medios son empresas informativas y esto nunca va a cambiar. No pretendamos que de un día para otro Ardila Lulle y Santodomingo se pongan la mano en el corazón y conviertan sus negocios en fundaciones para la defensa de la verdad y los hechos que “realmente” deben importar en este país.

Y esto no es solo en Colombia, pasa en todo los lugares del mundo o pregúntele a los moderados ingleses sobre el peso cultural que tienen los medios amarillistas y su seguimiento obsesivo a las actividades de la Reina y sus Príncipes. Desde los tiempos del circo romano y la inquisición, saciar las ansias de diversión de pueblos mediocres, dominados y conformistas, ha sido el objetivo de la cultura del entretenimiento.

Sumado a lo anterior, la empresa informativa que vive de la excitación que produce el hecho social banal y escandaloso, está desaforada por esa absurda idea de pensar que la libertad de opinar significa decir lo que se le da la gana. Razón tenía el bloguero Alejandro Peláez cuando decía que los blogs pasaron de ser la esperanza de una resistencia a la información  amarillista a ser un espacio más de expresión desmedida y eufórica, pero lo más preocupante con una visión y mentalidad de corto plazo.

De manera paradójica, en una era de selfies y demás expresiones narcisistas que pasean por la alfombra de las redes sociales, los ciudadanos tienen la tendencia a sentir más miedo por ser grabados, pues en cualquier momento pueden cometer un error, que los lleve a ser condenados por sus iguales. No obstante, existen algunos vivos que les gusta generar noticia, pues saben que siete días en los medios les da popularidad y un poco de dinero.

Así que debemos tranquilizarnos todos. Nicolás Gaviria debe entender que dejaran de hablar de él y aguantar que ahora aparezca la leguleyada de un proceso judicial: ¡Tranquilo Nicolás, nada de esto va a pasar! Los críticos de los medios masivos, deben influir desde sus espacios para que sus allegados consulten otros espacios informativos que tratan de saber en serio lo que pasa en este país: pero la verdad  es que sin rating es difícil sostenerse, así sea desde un medio independiente que vive de donaciones: por más noble que sea el donante querrá saber si su generosidad tiene impacto. Y los medios, pueden dormir en paz; la próxima semana alguna cámara vigilante estará atenta a nutrir la apertura de noticieros con hechos estúpidos que se presentan bajo la hipócrita franela de la libertad de expresión.

Edición 437 – Semana del 6 al 12 de marzo de 2015

1 Hernández, María. Ausencia de diálogo y presencia de violencia en el discurso político venezolano en torno a la Ley de Tierras. En: Opción: Revista de Ciencias Humanas y Sociales, Nº. 38, 2002. p. 116.

 
 
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