Reflexiones a propósito del Foro Social Mundial en Túnez

  Antonio Madariaga Reales
  Director Ejecutivo Corporación Viva la Ciudadanía
   
 

Volver a Túnez dos años después del pasado Foro Social Mundial; ir en la marcha inaugural hasta el Museo El Bardo, caminar por el Campus de la Universidad de Túnez, en El Manar donde sesiona actualmente el Foro Social Mundial y asistir a todas las posibles de las múltiples actividades programadas; acercarse a la Kasbah, junto a la Medina de Túnez, te alcanzan para ver uno de los dilemas de esta región del mundo, pero también te devuelven a la inutilidad de la guerra.

Hoy la alegría del sostenimiento democrático de la revolución pacífica de la primavera tunecina se mantiene, pero el ataque al Museo El Bardo le propinó varios golpes. El primero y más evidente el Museo, así como otros edificios públicos de Túnez están hoy rodeados de policías y alambradas y el Bardo además, cerrado al público.

Detrás de esa evidencia se puede advertir, en los medios y en las conversaciones que se alcanzan a sostener y en las palabras de dirigentes sociales participantes en el Foro, un segundo golpe; la amenaza del llamado Estado Islámico y el ataque realizado en el Museo, tienden a desplazar el debate político y económico de la construcción democrática y de la satisfacción y goce de los derechos, hacia la seguridad, entendida esta fundamentalmente desde la capacidad policial y militar de responder, de manera genérica, al terrorismo.

Ya sabemos, en Colombia lo padecimos, que el discurso de la seguridad, entendido de esa manera, con mucha frecuencia se transforma en autoritarismo y las “razones de Estado” arrasan con los derechos.

Junto a esa evidencia hay otras muy esperanzadoras, como la inmensa cantidad de jóvenes (muchísimas mujeres), que participan del Foro. Sus cada vez mayores niveles de interés, de conocimiento y discusión de los temas, sus ansias de libertad, su agradecimiento con la solidaridad del Foro.

También la solidaridad con la causa palestina, la creciente presencia de debates y actividades alrededor de los derechos de las mujeres y los temas de género y diversidades, las preocupaciones por los asuntos del medio ambiente y el peligro que en general para la tierra representa la voracidad multinacional y el afán extractivista.

Frente a todo ello, que anacrónica resulta la guerra en Colombia. Cuanto desvía nuestra atención de los asuntos fundamentales, cuan rutinaria se ha vuelto, cuanto nos aleja de las comprensiones contemporáneas. Nuestro proceso de negociación en la Habana está anclado en el pasado. En la reforma agraria no realizada, en la apertura política postergada, en las memorias no recordadas y en las verdades por tanto tiempo ocultas. En el racismo no resuelto en Colombia que representa Paloma, en la intolerancia del innombrable y en el “usted no sabe quién soy yo”. Está también representado en el clientelismo, en la unción del poder a la tierra, que lleva a un terrateniente y criador de ganado Brahman y de caballos de paso fino, (¿por qué esa pasión compartida con mafiosos y algunos políticos por los caballos de paso fino?), a la Corte Constitucional, etc.

Por ello la sociedad civil colombiana requiere y exige que más temprano que tarde se firme un acuerdo de terminación del conflicto armado en la Habana. Que más temprano que tarde el ELN, se avenga a reconocer la inutilidad y la inconveniencia de la lucha armada e inicien negociaciones para el fin del conflicto. Para que ahí sí, una vez terminado el conflicto armado, toda la sociedad colombiana se pueda dedicar a construir la paz que queremos y nos merecemos. Para que dejemos de mirarnos el ombligo y nos dediquemos a preocuparnos no sólo por nosotros, también por los asuntos globales.

Dentro de los muchos debates que suceden en el hervidero multicolor, multirracial, multicultural del FSM, hay muchas preguntas sobre la responsabilidad global, sobre el lugar del movimiento altermundialista en la sociedad de hoy, sobre cómo articular las múltiples alternativas que construyen día a día hombres y mujeres de muchas partes del mundo que aquí nos damos cita, sobre cómo recuperar lo bueno de los gobiernos progresistas de América Latina y aprender de sus errores, sobre cómo entender y potenciar los éxitos de Siryza en Grecia y Podemos en España, sobre cómo seguir haciendo crecer la ciudadanía global, sobre cómo dotar al conjunto del movimiento y al Foro en particular de mayor capacidad para acoger a los y las jóvenes, pero también sobre cómo preservar el agua, la vida y la tierra, esa que se expresa tercamente, circulando por las callejuelas milenarias de la Medina.

Por todo ello es indudable la enorme ganancia que representará poner fin al conflicto armado interno en Colombia, legitimar esos acuerdos de fin del conflicto por alguna forma de refrendación popular y por fin y de una vez por todas erradicar las armas de la política y lograr que la pregunta por la seguridad sea la pregunta por la derrota de la desigualdad, por niños, niñas y jóvenes con educación de calidad, por el reconocimiento de la diversidad como nuestra mayor potencia.

Y de esa manera lograr que los padres no tengan que enterrar a los hijos, que haya verdad, justicia y reparación para las víctimas y se hagan ciertas las promesas de la Constitución de 1991, aupadas en los hombros de una ciudadanía de “alta intensidad”.

Edición 440 – Semana del 27 de marzo al 9 de abril de 2015
 
 
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