El día que nos enteramos de Kenia

  Jaime Wilches1
  Hugo Guerrero2
   
 

Una de las ventajas del siglo XXI es tener inquietos ciudadanos que deambulan por las redes sociales, y en algunos casos gritan por la indiferencia social frente a temas coyunturales de la vida política, social y económica. Esta práctica hizo posible que la semana pasada nos enteráramos que en una parte del planeta, más de 150 estudiantes universitarios fueran asesinados por la intolerancia en las formas de concebir el mundo.

Sí, sucedió en Kenia. ¿Dónde queda este país de África? La verdad, el ejercicio de descripción sería un tanto hipócrita, pues estaríamos remitiéndonos de manera silenciosa a los datos de la Wikipedia. Estudiosos en Colombia del tema de África no hay muchos, por no decir que es un tema que ocupa lugares marginales en la agenda académica. Tal vez, por eso una noticia como el asesinato de jóvenes universitarios, en otro contexto, un hecho que generaría repudio y masivas movilizaciones sociales, en este caso, pasó desapercibido hasta para el más asiduo lector de prensa internacional.

Pero empezaron los mensajes en Facebook, las imágenes, y las múltiples versiones que circulan en una autopista de información caótica, pero que de vez en cuando envía algunas señales que llaman la atención sobre lo pequeña que es nuestra visión y conocimiento del “mundo”. Kenia empezó a aparecer y con sus noticias, la reafirmación de la historia de las civilizaciones: una constante lucha por resistir de manera violenta a una idea impuesta de manera violenta.

De Kenia sabíamos que tenían excelentes atletas, pero poco estamos enterados de sus universidades, conflictos políticos, pobreza extrema. Pero si de algo debemos estar tranquilos, es que es muy posible que los keniatas tampoco sepan mucho de nosotros, y si se cuenta con algo de fortuna reconozcan a uno que otro artista de proyección internacional. Es por esa razón, que el asunto de la visibilización o no de la noticia pasa a un segundo plano o las absurdas comparaciones con noticias de mayor despliegue, como los atentados al periódico Charlie Hebdo o el accidente aéreo, producido, según parece por un piloto.

Para hacerlo más claro, las tragedias no se pueden comparar por el número de muertos, la crueldad de sus ejecutores o la importancia mediática de sus víctimas. En este caso, lo sucedido en Kenia pone a prueba otros principios no para compararlos con los muertos de Europa o Estados Unidos, sino para poner en debate la forma cómo dichas concepciones han desconocido los distintos sistemas de pensamiento y han pasado por encima de individuos y colectivos.

El primer principio, se remite a los gruesos vacíos que existen en la concepción del mundo occidental. Si somos idealistas con el término, buena parte de África estaría asociada a occidente, lo cual apenas es un ejercicio imaginario, pues es claro que ese continente solo aparece en el momento que observamos un globo terráqueo o nos piden dibujarlo para una tarea escolar. Hasta ahí llega la labor pedagógica, cuando lo ideal sería investigar más sobre una parte del mundo que tiene nuestros mismos problemas. Pero no sucede así y terminamos por aprender los modelos dominantes reproducidos en nuestro afán de agradar a nuestros conquistadores o benefactores.

El segundo principio, debería reconocer que la concepción de occidente ha sido más dañina que beneficiosa para la organización del sistema internacional, y ha desembocado en absurdas guerras de aquellos que creen que esa línea que se trazó en la guerra fría, sigue teniendo una fuerza que para los europeos deben sostenerse en principios formales de la democracia, pero para otros, debe erradicarse acudiendo a todas las formas de lucha posibles. Así aparecen extremistas desde la ilegalidad amenazando con incrementar el número de atentados a quienes desafíen su poder de causar violencia, y los extremistas desde la legalidad que prometen estabilidad, mano dura y represión militar.

La noticia de Kenia no tuvo el registro esperado ni las declaraciones enérgicas de los mandatarios que gobiernan y orientan las instituciones internacionales, pero por lo menos asomó en la sensibilidad de los excluyentes filtros de nuestra civilización, a diferencia, de muchas de las muertes que suceden a diario en distintas zonas del mundo, donde la pobreza y la violencia, sin ser la una causa de la otra, han caminado de la mano dejando a su paso indiferencia y desolación.

El tercer principio, nos lleva a reflexionar sobre los impactos de atacar a la población universitaria y las consecuencias que esto debe tener para los destinos de un país. Una sociedad tolerante y democrática es la que basa su proyecto de nación en proyectos educativos que respaldan y vinculan a sus estudiantes y docentes. Al escuchar las declaraciones del presidente de Kenia, no estábamos muy lejos de las melodías retóricas, vengativas y resentidas de nuestros políticos, quienes en vez de respaldar el sistema educativo e impulsar la movilidad social, se quedan en el repudio ético y la declaración guerrerista, como forma de responder a las acciones terroristas.

Si a la idea de erradicar el extremismo, fortalecer la seguridad y preservar la unidad nacional, se complementara con sistemas de educación, salud, vivienda, recreación y deporte de “primera calidad-primer mundo, como se le quiera llamar”, seguramente Kenia tramitaría su conflicto con los rebeldes de Somalia, bajo otras metodologías, y sabiendo que tendrían mucho que perder. Pero se recurre a la amenaza y el insulto, lo que hará que un conflicto de las complejidades de lo sucedido entre keniatas y somalíes, siga teniendo en el odio, su más poderoso combustible.

De manera infortunada, se prevé que estos ataques se harán con más frecuencia, y que solo tendrán atención cuando tengan el impacto y crudeza de hechos como el 11 de septiembre y los atentados a un Centro Comercial en Nigeria, los cuales serán respondidos con intervenciones militares y sanciones económicas. Mientras tanto, seguirán engrosando la fila de víctimas, sectores poblacionales, que en el caso de los jóvenes, son claves en el desarrollo de un país: en este caso fueron los universitarios asesinados, pero también son los rebeldes y los militares, todos ellos un capital humano perdido. Por eso…enterarse de Kenia es interiorizar que desconocemos una realidad que se nos hace familiar.

1 Magíster en Estudios Políticos. Docente e Investigador de la Universidad de La Salle

2 PhD en Relaciones Internacionales. Docente e Investigador de la Universidad de La Salle

Edición 441 – Semana del 10 al 16 de abril de 2015
 
 
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