El papa Francisco y la teología popular

  Miguel Ángel Herrera Zgaib1
   
 

Una visita anunciada

De nuevo, Francisco, el hincha del San Lorenzo, el estudiante y graduado como técnico químico en las escuelas salesianas; el primer papa católico jesuita es noticia de primera plana en Colombia, porque anuncia visitar Colombia en 2016. Entonces será el tercero después de Paulo VI, y Juan Pablo II, quien corresponde al número 266 como ocupante  del solio de Pedro.

Mientras  tanto, las agencias noticiosas le advierten, como a cualquier mortal que ha subido de peso en demasía, y que tiene que cuidarse, a quien desde muy temprana edad le fue privado parte de un pulmón. Pero, no es de gastronomía que el bueno de Francisco vendrá a hablar a sus fieles colombianos, ni de cómo preparar un buen “biffe”, como sí lo hizo y promocionaba el ex José Mujica, cuando fue Min-agricultura en Uruguay.

Cuando esté por estos lares, el Papa tratará en directo de la teología popular, la opción por los pobres, expurgada de marxismo, y de la paz entre los colombianos, sin dogmatismo, y con la disposición a escuchar y a ser escuchado, y con las habilidades dialécticas que Francisco ha cultivado a lo largo de su vida en las más dispares y difíciles circunstancias.

Teología de la Liberación o Popular

Como resultado de su vocación religiosa y misional, antes que nada, Jorge Mario Bergoglio se definió como un misionero. Sin embargo era pastor ilustrado, a quien tocó enfrentar los mayores desafíos de la segunda mitad del siglo XX. El mayor de todos lo vivió Jorge siendo parte de la Orden fundada por Ignacio de Loyola, el religioso vasco, capitán en la lucha católica contra la reforma “protestante”.

Jorge Mario, nacido en Almagro en 1936, en Buenos Aires, se hizo conocedor de las barriadas obreras, primero, y luego de las villas miseria, los asentamientos de desplazados, orillados y miserables. Jorge tuvo contacto directo con la realidad del pueblo, las creencias religiosas de los subalternos, y lo popular en casi todas sus expresiones.

Pero, entonces, siendo sacerdote a los 33 años, era la teología de la liberación la corriente más fuerte entre los jesuitas. Jorge Mario había estudiado en el Colegio Máximo de San José entre 1967-1970, donde fue influido y orientado por el teólogo jesuita Juan Carlos Scannone, cultor de la filosofía de la liberación y de la teología del pueblo.

Preparándose para ese ministerio, Bergoglio, recibió la orden de padre Pedro Arrupe, el superior de los jesuitas, siendo ya provincial, de entregar la administración de la U. de El Salvador a una administración privada, y escogió a Francisco José Piñón, militante de una organización de la derecha católica.

Los vientos renovadores respondían al doble llamado hecho, primero por Juan XXIII, y luego de Pablo VI, en la Populorum Progresso, quien nos visitó en 1968, cuando ya Camilo Torres había muerto luchando en la guerrilla del Eln, junto a otros curas radicalizados. Esta tendencia, que no compartía Bergoglio, eran interpelada por una doble vertiente: de una parte, la opción por los pobres, y, por la otra, el marxismo como herramienta científica que obraba en las luchas revolucionarias del siglo XX.

Bergoglio era el provincial de los jesuitas entre 1973-1979. Le tocó vivir la transición al peronismo, y su caída, que se tradujo en el ascenso de la dictadura militar argentina, y desde ese tiempo, le tocó como autoridad religiosa la defensa de su grey, formada por eclesiásticos, seglares y católicos frente al terrorismo estatal, las muertes, desapariciones y torturas.

De cara a la dictadura y el rescate de la Compañía

En la Argentina, a Bergoglio le tocó, rayando los 37 años, enfrentar la salida a la liza política de más de 200 sacerdotes,  que se separaron  de la orden de San Ignacio. Aquellos convirtieron su opción por los pobres en un compromiso de lucha junto con las corrientes de izquierda más radicales. Ellos provenían de las comunidades de base, de la radicalización del populismo peronista, que dio nacimiento a los Montoneros, y de los entusiasmos despertados por la revolución cubana y el Ché en América Latina toda.

De ese tiempo proviene el asunto del secuestro y tortura de dos sacerdotes jesuitas: Orlando Yorio y Francisco Jalics, quienes fueron conducidos al fatídico edificio de la ESMA, en Buenos Aires. Una institución secreta a cargo de la armada argentina.

Jorge Mario se entrevistó dos veces con el almirante Massera, que la primera vez lo negó todo, y en la segunda, indignado, después de dos meses de espera, exigió al almirante que liberara a los prelados, lo cual ocurrió a los pocos días.
El periodista Horacio Verbitsky, quien había militado en el grupo Montoneros, especializado en la historia política de la Iglesia en la Argentina, de la que escribió cinco tomos, le dedicó tres crónicas a Bergoglio que publicó en el diario Página 12, dos de ellas tituladas “El infierno es poco,” y “El pasado me condena”. Otro peronista, Horacio González, director de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires, en Carta Abierta criticó al cardenal y ahora Papa del catolicismo.

Estas acusaciones y censuras morales hasta el día de hoy no prosperaron, entre otras cosas, porque uno de los jesuitas: Jalics, señaló que el papa Francisco no los había entregado a las autoridades, y, en cambio, había intercedido para conseguir su libertad. Una de las madres de la Plaza de Mayo, Esther Ballestrino de Careaga, había obtenido su auxilio, pero fue una de las tres madres desaparecidas, junto con Azucena Villaflor y María Ponce, arrojadas en 1977, desde aviones de la armada, durante la guerra sucia, repleta de bestialidades de toda laya. Cuando aparecieron sus restos, el entonces cardenal, autorizó que fueran sepultados sus restos en la Iglesia de Santa Cruz, el templo de los padres pasionistas, del cual fueron sustraídos y asesinados otros siete católicos, y las monjas francesas Domon y Duquet.

De otra parte, le tocó a Bergoglio el polémico, desesperado rescate de la Universidad de El Salvador, que estaba quebrada por mala administración, la cual puso en manos privadas. Enfrentó el desfalco sufrido en el banco de propiedad de la iglesia. Pruebas que superó mostrando su capacidad administradora, de gobierno y capacidad práctica.

Estas últimas actuaciones mostraron la férrea voluntad que lo animaba, y el ejercicio "autoritario" y decidido del cual hizo gala entonces, y por el que pidió perdón a sus pares en los años venideros.

A ello se sumó que puso en movimiento la pastoral de la Compañía de Jesús, y destinó a condiscípulos, no pocos oriundos de Buenos Aires, a hacer trabajo en las provincias más alejadas. En otras palabras, el religioso encumbrado con urgencia manifiesta nacionalizó la prédica jesuita a lo largo y ancho de la olvidada República Argentina, y en los barrios más deprimidos de Buenos Aires.

Un jerarca identificado con los de abajo

La Iglesia Católica argentina tradicional estaba de lado de los poderosos de siempre. Frente a esta polarización el jesuita Bergoglio orientó su acción como predicador y gobernante de esta iglesia conmocionada, se dispuso a practicar la opción por los pobres, sin el ingrediente explosivo de la lucha de clases.

Además de persuadir en vano,  rescatar y proteger en lo posible a aquellos sacerdotes que habían optado por el lenguaje y la acción de la izquierda, Bergoglio desplegó en la práctica la teología del pueblo caminando dentro de la doctrina social de la iglesia.  La jerarquía que presidía el cardenal Antonio Quarracino lo hizo rector del Colegio Máximo y la Facultad de Filosofía y Teología de San Miguel.

Después este cardenal conservador lo nombró arzobispo coadjutor en 1997, con la opción de ser nombrado en su reemplazo, lo cual ocurrió el 28 de febrero de 1998. Antes,  Juan Pablo II lo había designado obispo titular de la diócesis de Oca, y uno de los cuatro obispos auxiliares de la arquidiócesis de Buenos Aires.

Jorge Mario se convirtió también en Gran Canciller de la Universidad Católica Argentina, Cardenal Presbítero en 2001, y presidente en dos oportunidades de la Conferencia Episcopal Argentina, entre 2005 y 2011.

Con esa trayectoria Bergoglio atendió la cita al cónclave, en que siendo un desconocido, ascendió hasta el punto de convertirse en el rival del Cardenal Ratzinger, sucesor natural de Juan Pablo II,  en la continuación de la iglesia conservadora, que había luchado contra los socialismos en Europa Centro Oriental, y que había saboreado el triunfo en Polonia, y la caída del muro de Berlín. Pero, declinó cualquier aspiración en esa oportunidad.

Luego vino un desenlace inesperado, la renuncia del teólogo de renombre internacional, quien había sido un partícipe de las juventudes nazis: Benedicto XVI, quien fue superado por los escándalos de pederastia en el seno de la Iglesia de Pedro, los fraudes y asociaciones criminales de la Banca Vaticana, y declinó su papado. En esta oportunidad, el más opcionado para poner en cintura la “descompuesta” curia romana era el cardenal argentino. Y el 13 de marzo de 2013, el cónclave en su quinta votación, lo invistió como papa de toda la catolicidad vapuleada por el capitalismo despiadado, y avergonzada y humillada por la conducta eclesiástica metida en uno y mil escándalos que atacaban a los niños, jóvenes y mujeres en todos los confines de la tierra.

¿Quién nos visitará, y para qué?

Esta es la hoja de vida, y la ruta de este príncipe de la iglesia, quien se atrevió a invitar a un cartonero de las villas miseria de Buenos Aires a que lo acompañara el día de su posesión como máxima autoridad de la Iglesia, que cuenta –dicen– con más de 1.000 millones de fieles que constituyen una verdadera Babel de lenguas.

Es el mismo sacerdote que en las ceremonias de semana santa escoge a los presos de las cárceles, a los más humildes de los humildes para hacer la ceremonia de lavado de pies, y quien renunció a toda ostentación al interior de la Iglesia.

El mismo hombre que ya instalado en Roma, ha decidido utilizar un modesto apartamento como morada, y entregó el lujoso carro y el conductor oficial. Y la primera vez decidió concurrir caminando, a la ceremonia consagratoria, por las calles de Roma, en la que prefirió vestir de blanco que envolverse en los fastos de sus antecesores.

Fue Francisco quien, primero, allí de pie en el balcón, pidió a los feligreses que lo aclamaban en la Plaza de San Pedro, que lo encomendaran ante Dios para que lo iluminara en su nuevo ministerio. Este reformador, este eclesiástico consagrado al servicio de los muchos que aún creen en el monoteísmo católico, es quien visitará una sociedad rellena de privilegios ancestrales, afectada por una prosapia oligárquica que rinde culto al neoliberalismo, que se inclina ante el altar de la sociedad de mercado.

Un Papa que es descreído de la falsa moral del aparecer para la que reclama la libertad y la vuelta del ser. Él tendrá que enfrentar tanto a los gobernantes como su curia, neoconservadora y neoliberal, quienes  hace tiempo han perdido el rumbo del cristianismo, cuya opción es por los débiles; pero, que en todo caso, y con notables inconsecuencias, en su fracción hoy dominante se dispone a sellar mezquinamente una paz con los muchos, con los excluidos, los ofendidos, y los olvidados, para conquistar algo de legitimidad, cambiando el flacebo de la seguridad por el de una prosperidad que solo ha cobijado a los de arriba.

Es esta sociedad que negocia la paz, a la vez que se solaza en público, tanto el presidente como el ex comandante de las fuerzas armadas de dizque haber ganado una guerra sucia, donde los falsos positivos, como lo recordara el fallecido Carlos Gaviria, son prueba y  el  resultado de la demanda oficial de producir bajas en la subversión armada, a como diera lugar, pero que en su lugar masacró a inocentes, a diestra y siniestra, sin que hasta el día de hoy siquiera haya habido la solicitud de perdón público por sus perpetradores intelectuales, incluidos un expresidente y el presidente en funciones.

 A la vez, el papa Francisco, para recordar al pobre de Asís, va a encontrarse con la base de esta pirámide execrable, con los  millones de colombianos que han aprendido con dolor la urgencia de rechazar la “ética” de la muerte. Quienes, en cambio, reclaman vida justa, democracia y sanción para los corruptos.

Ellas y ellos son quienes, contra el viento y la marea oligárquica de varios siglos, impulsan la revolución democrática sin acudir al expediente de las armas, con paciencia franciscana, para que se haga realidad la igualdad social prometida en el evangelio laico que consagró la Constitución de 1991. Pronto lo sabremos, bienvenido Francisco a esta tierra de promisión, de resistentes y rebeldes con causa.

1 Profesor asociado, director Ciencia  Política (2001-2002), Unijus (2002-2004), Universidad Nacional de Colombia. Catedrático Maestría Estudios Políticos, U. Javeriana, Bogotá. Ex rector U. Libre de Colombia. Director del Seminario Internacional A. Gramsci, y el Grupo Presidencialismo y Participación (1999- ). Autor: Antonio Gramsci y la Crisis de hegemonía. La refundación de la Ciencia Política (2013). La participación y la representación política en Occidente (2000). Coautor: Educación pública superior, hegemonía cultural y crisis de representación política en Colombia, 1842-1984.Facultad de Derecho/Unijus, Bogotá (2009). presid.y.partic@gmail.com.

Edición 441 – Semana del 10 al 16 de abril de 2015
 
 
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