Oposición política en Colombia: esbozo de una caricatura

  Jaime A. Wilches Tinjacá1
  Hugo F. Guerrero Sierra2
   
 

La coyuntura tiene el encanto de presentar como novedosos hechos viejos y, en el peor de los casos, peleas recicladas. Por esa razón, los reparos realizados en las últimas semanas por el Centro Democrático (nombrémoslo así por darle algo de institucionalidad a la figura de Uribe) al proceso de paz (o en palabras uribistas: a la traición de Santos), cobijados bajo el manto de la novedad, no son otra cosa que la reafirmación histórica de una tesis obvia, pero olvidada: la oposición política en Colombia, no es oposición, ni es política, tan solo es una pelea de egos por la repartija burocrática, ante la mirada displicente e indiferente de la sociedad civil.

Se debe reconocer que periodistas y editores han logrado sacar lo mejor de su creatividad para poner en titulares taquilleros la pelea monótona y predecible entre Uribe y Santos. Es monótona porque Uribe intenta posar de manera ceremonial para hablar de temas de interés nacional, pero en el fondo no soporta que su ingenuidad lo haya llevado a entregar su capital político a un personaje que, en el caso de Santos, siempre ha tenido claro que los únicos que no cambian de convicciones son los idiotas. Y es predecible, porque aunque no deje de ser paradójico que la oposición en Colombia sea liderada por la extrema derecha ante un gobierno de centro derecha, esta tendencia siempre ha sido parte de la narrativa de nuestra historia política.

Ya pasó con Rafael Núñez, quien mutó de contradictor de las toldas conservadoras a ferviente creyente del Statu quo y, por tanto, de todo acto o discurso que intentara promulgar el pluralismo político. Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo eran los representantes del radicalismo bipartidista y, con el Frente Nacional, se convirtieron en lo que hoy conocemos “como los nuevos mejores amigos”. El mismo Uribe, pasó de ser una figura del liberalismo, a un líder que representa la mentalidad conservadora, que es obsoleta desde el punto de vista partidista, pero que vive en los corazones y mentes de un grueso sector de la sociedad colombiana.

Este breve repaso histórico genera tanta despreocupación para la sociedad como tranquilidad para las elites, pues es el reflejo de que difícilmente dejaremos esa tradición de hacer política con base en los personajes y sus euforias para pasar a hacerla pensando en las instituciones y en el papel para el que fueron creadas. Así pues, el modelo de país, y en específico el de la anhelada paz, no tiene la vocación de construirse sobre un sólido proyecto de nación, sino, por el contrario, lo hará sobre el sello particular de los egos de aquellos que solo sueñan con hacerse un sitio en la historia como individuos y no como parte de una apuesta colectiva.

Tranquilidad, porque tarde o temprano Uribe y Santos, o sus sucesores –algo así como el procurador Ordoñez o el vicepresidente Vargas Lleras- firmaran un acuerdo, se abrazarán y se hará una paz express, donde lo que menos importará será dar solución a las causas estructurales del conflicto, pues, como ya es parte de la cultura política de nuestra elites, los ojos estarán centrados en los puestos del alto gobierno…o del bajo, los cuales serán repartidos de manera conveniente y salomónica.

Viviremos otros quince o veinte años de paz centralista y excluyente hasta cuando las voces regionales emerjan para gritar nuevamente y por enésima vez su situación de exclusión. En ese momento aparecerán los hijos de Santos y Uribe para presentar propuestas de lo que debe ser la Regeneración Moral, la Refundación de la Patria o la Prosperidad para Todos.

Mientras tanto, debemos esperar a que la pelea se agote y los medios de comunicación se cansen. Ese día tendremos nuestro “Nuevo Frente Nacional”.

1 Magíster en Estudios Políticos. Docente e Investigador de la Universidad de La Salle

2 PhD. En Relaciones Internacionales. Docente e Investigador de la Universidad de La Salle

Edición 442 – Semana del 17 al 23 de abril de 2015
 
 
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