Obama, Rohani y el valor de la diplomacia

  Ricardo García Duarte1
   
 

Barack Obama y Hassan Rohani, el uno presidente de la única súper-potencia con influencia global; el otro, presidente de una república islámica, para la que el primero de estos Estados no es más que un imperio maléfico, echaron ambos sus cartas al azar de la diplomacia y ganaron. Fue esta una partida de gana-gana; cuando en otras condiciones – con los riesgos de la guerra merodeando e incluso con los de la simple inestabilidad- podía haber sido un desafío con el desenlace de un pierde-pierde.

Precisamente porque flotaban como sombras inequívocas los peligros de pérdidas mutuas entre los jugadores, fue posible finalmente la apuesta recíproca por el entendimiento; algo que quedó sellado con el pre-acuerdo de del 2 de abril en el Beau Rivage Palace, el hotel a orillas del lago Leman, en donde Kerry y Razif, los dos ministros de relaciones exteriores, dejaron establecidas las concesiones mutuas para superar el pedregosa contradicción que los separaba, a propósito del programa nuclear iraní.

El interés político coincidente de los jugadores

Si Obama confió siempre en la vía diplomática, aunque no dejara de aplicar las más severas sanciones económicas, Rohani por su lado postuló, después de la sorprendente elección que lo favoreció, la necesidad de que su nación consiguiera una interlocución normal con los demás países; algo a lo cual Ali Khamenei, el líder supremo, dio muy pronto un no disimulado respaldo.

En verdad, no siempre la diplomacia se hunde algodonosamente en el intercambio de naderías o en declaraciones insustanciales; las mismas que, con mucho, sirven para dejar intocado el statu-quo.

A veces, quién lo creyera, sirve para lo que fue creada; para resolver los conflictos y evitar las guerras; sobre todo, las más absurdas. Lo logra, eso sí, bajo la condición de que los enemigos comprometen sus voluntades en un esfuerzo, que se exprese en gestos de cooperación, traducibles en hechos efectivos.

Gestos y hechos de cooperación, que obligados ponen sobre la mesa, porque además de empeñarse en ganar, empiezan a preocuparse genuinamente por evitar el empeoramiento de lo que cada uno ya está perdiendo. Y sobre todo por conjurar el riesgo de que se deterioren las condiciones materiales o morales, ante una posible contienda militar.

En el fragor del enfrentamiento – los insultos y descalificaciones mutuos, el crescendo inquietante de amenazas- se mezclan dos lógicas, eventualmente contrapuestas, según lo advierte el siempre perspicaz Clausewitz, muerto por más señas ya hace casi dos siglos.

La una se despliega a  impulsos de la polarización; es la marcha hacia los extremos; abre paso a la afirmación categórica, intransable, de la posición en la que se atrinchera, ideológica, cultural, y militarmente, cada contendiente. La otra- práctica y no metafísica – es, por el contrario, la lógica del cálculo concreto; la que pone en lugar preeminente el orden estratégico y táctico; al que de contera le impone el mando del interés político. Razón por la que toca sopesar las objetivas limitaciones que, como cercamientos invisibles, le quitan vuelo a la voluntad del guerrero o a sus especulaciones abstractas sobre un choque sin tregua, o a los efectos tóxicos de su propia retórica. Se trata de un juego, cuyos azares ponen a prueba el “entendimiento humano”; y al que la sensatez en algún momento le prende las señales de alerta; incluso las de prohibición; tal como lo sigue indicando en sus reflexiones el general prusiano.

Así, la marcha hacia los extremos,  siempre inexorable aunque solo en las especulaciones de un toma y daca abstracto, llega a ser frenado por los cálculos prácticos que la historia dicta; aunque los enemigos sean empujados, el uno por algún destino imperial y el otro por una suerte de fundamentalismo con el que se intenta subordinar la política al orden de lo sagrado.

Asimetrías en las pérdidas

Ahora bien, los dos contrincantes principales tenían cosas qué perder; pero además tenían cómo evitarlo. Lo cual, pasaba a ser una posibilidad, la de evitar pérdidas; que se convertía en una necesidad, la de negociar las ganancias. La razón no era otra que el hecho muy probable de que el enfrentamiento militar no desembocara en el baloto de un gana todo para cualquiera de los dos bandos. Dicho de otro modo: el juego de suma cero seria improbable en caso de degradación del contencioso nuclear, con ataques militares de por medio.

No sería fácil para cualquiera de esos enemigos un resultado que lo sacara del trance como limpio ganador en una guerra limitada. La situación creada seria previsiblemente confusa; las luchas interminables se abrirían en variantes insospechadas, mientras los enemigos inéditos emergerían por doquier; y con seguridad, el terrorismo se dispararía.

Los logros inmediatos

El pre-acuerdo entre Irán y los Estados Unidos, más las otras cuatro potencias del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a las que se sumó Alemania, disipa el peligro de una degradación del diferendo nuclear en los términos de un ataque militar; así mismo, conjura cualquiera deriva, susceptible de terminar convertida en una intervención prolongada sobre el terreno.

Lo acordado, aún sin la firma de los responsables, pone a salvo el programa nuclear de Irán, el cual había sido convertido en timbre de identidad nacional. Solo que lo somete a unas restricciones lo suficientemente amplias como para eliminar cualquiera aproximación a los umbrales del enriquecimiento de uranio, a partir de los cuales, este último pudiera ser materia que deviene energía utilizable en la fabricación de armas.

Las restricciones impuestas y la supervisión del programa por inspectores internacionales es algo que deja satisfecha la inquietud “imperial”  de los Estados Unidos sobre la proliferación de armas nucleares entre Estados “no- disciplinados”; Estados que defienden unas opiniones contra el llamado bloque de “Occidente”; o que, en todo caso, están por fuera de los tratados que versan sobre estas materias, y finalmente escapan al control hegemónico, constituido por el club de las potencias nucleares.

A cambio de estas limitaciones, Irán ha conseguido que por otra parte Estados Unidos y sus aliados europeos se comprometan al levantamiento de todas las sanciones que ahogan su economía, mientras los capitales y una sociedad civil en ebullición aguardan por una interdependencia mayor con el mundo.

La nueva situación y la trama de las alianzas

Al avenirse a los términos del pre-acuerdo, el Irán de Khamenei y de Rohani rompe un aislamiento político en el que ha estado confinado desde la arbitraria ocupación de la embajada estadounidense por comandos fundamentalistas, hace 35 años.

A Obama, por su parte, dichos términos lo alejan por completo de la tentación militar, aupada por el Israel de Netanyahu; aventura ésta que sería tanto más costosa- política y militarmente hablando-, cuanto que el compromiso bélico sobrevendría como una operación tortuosa, habida cuenta del desastre en Irak y el cuasi-fracaso en Afganistán; dos precedentes poco presentables, si se tratara de alentar una nueva intervención en la región.

Los entendimientos en Lausana, como solución a un conflicto en el que ganancias y pérdidas que se correlacionan asimétricamente (no lo gano, pero tampoco lo pierdo todo), no solo propician un equilibrio francamente más estable que en el inmediato pasado. También abren el terreno para una situación habitada por nuevas dinámicas en las relaciones que enlazan a los actores en una zona convulsa; sensiblemente inestable además por la multiplicación que experimenta las líneas de ruptura; dado el peso que tienen las diferencias religiosas y los sectarismos al interior de las mismas identidades culturales y cosmogónicas.

Para empezar, de consolidarse el pre- acuerdo, la distensión, entre Irán y los Estados Unidos, empujará ambos Estados, por la fuerza de las circunstancias geo-estratégicas, hacia algún tipo de alianza para enfrentar a dos temibles y elusivos enemigos comunes; es decir, al Estado Islámico y a Al Qaeda.

Se trata de una alianza por necesidad (no por convicciones ideológicas), que más tarde podrá adquirir cierta rutinizacion institucional, con algunos “mínimos políticos”. Fundamento éste, desde el que se diseñaría el marco para una solución de alcance intermedio en la guerra civil de Siria, cuyo gobernante Bachir Al- Assad, es apoyado como se sabe por el régimen de Irán.

 Sin embargo, no cabe desestimar el hecho de que los nuevos acuerdos podrían desorganizar por otro lado el tablero regional, dados los fuertes recelos que despierta el rol más desinhibido de los iraníes.  Recelos que brotan ya en el gobierno de la sunita y petrolera Arabia Saudí, el rival más punzante de Irán en la vecindad.

Solo que la jugada diplomática de la Administración Obama pone eventualmente al “Imperio” en condiciones de influir, tanto en la república Islámica, como en la conservadora monarquía saudita, a fin de que los dos Estados ajusten su rivalidad dentro de ciertos parámetros no sangrientos; algo probable, salvo que la crisis en Yemen se degrade aún más, lo que podría tensionar de un modo especial la relación problemática entre estos dos competidores.

Naturalmente este reposicionamiento parcial de las fuerzas será posible si las mayorías republicanas en el Congreso le facilitan al presidente la tarea de levantar las sanciones, asunto nada seguro. Con todo, Obama aportaría razonablemente una cierta cuota de orden y sentido a unas relaciones internacionales en las que las propias intervenciones de los Estados Unidos han contribuido a aquello que Alain Joxe ha denominado el “imperio del caos”.

1 Politólogo con estudios de Doctorado en el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences – Po). Magíster en Análisis de Problemas Políticos, Económicos e Internacionales Contemporáneos. Abogado de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor de varias universidades. Fundador de Revistas como Coyuntura Política y Esfera. Articulista y ensayista. Ex – Rector de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Edición 442 – Semana del 17 al 23 de abril de 2015
 
 
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