Morir en el Mediterráneo

 
  Álvaro González Uribe
  Abogado y columnista – @alvarogonzalezu
 
   
 

Sus países se han convertido en casi infiernos y ellos saben que cruzando el mar existe, no un cielo, pero sí una tierra donde al menos hay esperanzas ¿por qué no? de vivir una vida mejor; bueno, una vida.

Sus países hierven en el caos y les han contado o han visto por TV o en el cine que a dos, tres días, semanas o meses hay tierras prometidas, o mejor, tierras soñadas y narradas donde quizá es posible vivir dignamente.

No están seguros de poder encontrar allí esa mejor vida, esa simplemente vida. No están seguros de poder llegar allí. Saben, les han contado, que el viaje puede ser mortal, que es costoso, que si llegan tendrán estatus de indeseados. También saben que de lograr su cometido no volverán a ver jamás la tierra en donde nacieron ni a sus familiares ni amigos. Pero aún así emprenden, abordan ese camino como mercancía apeñuscada sobre dudosos barcos, cáscaras de huevos.

Y muchos llegan allí, los más a Europa, esa tierra que queda al frente pasando el mar, o al lado pero también a lomo de mar. Y empieza otra odisea: ubicarse allí en algunos metros, conseguir algún sustento, tener alguna seguridad mínima de que aunque sea llegarán a pasado mañana. Todo es “alguno” o “algo”, es decir, pequeño, un pedacito, un mendrugo, una sobra, que para ellos es más que lo abandonado.

Siempre han existido inmigrantes, legales e ilegales según las leyes de quién sabe cuál país, pero estos, los inmigrantes del siglo XXI, los que mueren mes a mes engullidos por el Mediterráneo, los que emprenden ese viaje que saben sin regreso, ya sea porque logren su objetivo ya sea porque mueran ahogados, estos inmigrantes tienen que dar vergüenza a los europeos y al mundo desarrollado en general; digo yo…

Huyen, abandonan sus países milenarios, sus hogares. Y ¡oh paradoja!, huyen hacia los países que en la mayoría de los casos han sido los mismos causantes de su atraso, de sus guerras centenarias, de su condición infrahumana. Es claro: varios de esos países prometidos sembraron tempestades y ahora recogen huracanes en sus propios territorios, si es que el duro temporal levantino logra llegar.

Algunos son asiáticos: Siria, Nepal, Bután y Bangladesh, y muchos de África, países donde hoy no hay futuro, ¡qué digo!, no hay presente y el pasado que tuvieron es ya tan remoto que aparece en los capítulos primero y segundo de los libros de historia universal.

¡Y es en el Mediterráneo donde mueren! En el histórico, el que estuvo siempre en los albores del desarrollo de la humanidad. El romántico Mediterráneo, el inspirador, ese al que tantas canciones le han compuesto, el de la exquisita comida, el de los yates lujosos, el del amor. Ese Mediterráneo es hoy una tumba sórdida, tormentosa, triste, vergonzosa. Ese Mediterráneo, el de los fenicios, la ruta hacia todas partes durante las edades Antigua y Media. Ese único mar de progreso por miles de años -o al menos el único seguro antes- es hoy una tragedia mundial.

Una tragedia a cuyo fondo van a parar miles de seres humanos que el mundo ha olvidado tanto en vida como en muerte. Aún hoy importan más los 1.512 ahogados hace más de cien años en el naufragio del Titanic que los miles que han muerto y siguen muriendo en el Mediterráneo.

Según Alejandro Tagliavini -miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity de Oakland, California–, desde  2002 han muerto por lo menos 23.000 inmigrantes en el Mediterráneo, cifra que crece porque sólo en 2014 de los 219.000 que emprendieron el viaje hacia Europa, 3.500 perdieron la vida. Y no cuenta aún los cuatro meses de 2015…

“Yo, que en la piel tengo el sabor amargo del llanto eterno / que han vertido en ti cien pueblos, de Algeciras a Estambul / para que pintes de azul sus largas noches de invierno / A fuerza de desventuras tu alma es profunda y oscura /…/ ¿Qué le voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo? /…/ Ay… si un día para mi mal viene a buscarme la parca / empujad al mar mi barca con un levante otoñal / y dejad que el temporal desguace sus alas blancas…”.

Edición 444 – Semana del 1° al 7 de mayo de 2015
 
 
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