Necesario parar la guerra para creer en la paz

 
  Luis I. Sandoval M.
  Integrante Dirección Nacional Redepaz
 
   
 

A continuación observaciones, reflexiones y propuestas sobre la necesidad imperiosa de desescalar y parar la guerra, si queremos que las conversaciones de paz lleguen a buen término. Este texto presenta articuladas algunas de mis columnas semanales publicadas en El Espectador virtual de Bogotá durante el primer semestre de 2015.

Las encuestas nuevamente vuelven a alertarnos sobre la pérdida de opinión favorable a la paz política. Si no hacemos creíble la bondad de las conversaciones de paz mediante el cese de fuegos o, al menos, la reducción de la intensidad del conflicto -o desescalamiento- puede ocurrir que la ciudadanía no exprese apoyo sino rechazo al proceso de paz el 25 de octubre próximo, día de elección de autoridades locales en el país.

El drama del momento, sin exageración, se expresa en dos palabras: paz o catástrofe. En este contexto, lo que haga el nuevo Ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, es definitivo para bien o para mal. Villegas puede crecerse asegurando la paz, lo necesita el proceso.

20.000 días de guerra1

¿Nos volvimos indolentes? La muerte no nos duele, la vida no nos alegra. Nos acomodamos en el estado de guerra, no nos entusiasma la llegada de la paz. La atonía predomina, nos faltan resortes, no funcionan los reflejos, no vibramos. Estamos cerrados, encerrados, blindados al sentido fundante de lo humano: la empatía, la solidaridad, la cooperación, la superación, la expectativa, la esperanza.

¿Estamos vivos o estamos muertos? Lo que Colombia tiene ad portas con la terminación del conflicto interno armado no es el fin de una guerra de 1.000 días (tres años) sino el de una guerra de 20.000 días (más de 50 años). La guerra que termina es la que produjo 6.8 millones de víctimas según últimos registros. ¿La proximidad de este acontecimiento no nos despierta, no nos mueve, no nos conmueve?

Ilusos si creyéramos que con el silenciamiento de los fusiles automáticamente todo cambia y al otro día vivimos en una Arcadia de democracia, justicia, dignidad y fraternidad. No, mi palabra, mi llamado, mi grito no es a vivir de espejismos y a esperar lo que no puede llegar, solo trato de llamar la atención de que hay una circunstancia que cambia nuestras vidas, aquí y ahora, en Macondo, en el tercer lustro del siglo veintiuno: de tener relaciones depredadoras vamos a intentar tener relaciones estéticas (palabras del tercer Conde de Shaftesbury, siglo XVIII, tomadas de su Carta sobre el Entusiasmo).

La circunstancia en que la gente se mata por sus diferencias puede volverse la circunstancia en que se realiza a partir de ellas. Son dos cosas muy distintas, pero puede acontecer, algo así puede pasar en el tiempo de nuestras vidas, de nuestras cortas vidas para la felicidad, de nuestras largas vidas para el dolor. Pero lo que está a punto de ocurrir no nos asombra, no nos saca del marasmo, no nos produce ni pensamientos, ni sentimientos, ni movimientos. Eso me golpea.

Estamos ahí como estatuas de piedra. No vemos, no oímos, no olemos, no sentimos, nos da lo mismo el calor que el frío, el sol que la lluvia, la luz que la oscuridad. Somos estatuas rodeadas de otras estatuas. ¿Cuándo volveremos al mundo de los vivos? Cuando cada persona sienta que el otro, la otra, es su artífice, cuando cada uno y cada una sienta y obre como artífice del otro, de la otra. Mi palabra, mi acción modela a los que me rodean como la palabra y la acción de ellos y ellas me modelan a mí. Somos creación los unos de los otros.

Pero ese cambio, esa transición -¿esa revolución?- no va a ocurrir a nivel individual ni a nivel colectivo si no hay un referente, un propósito, un fin, es decir, un proyecto de vida. Las piedras no tienen proyecto de vida. Las plantas y los animales lo tienen inscrito en un código recóndito, los humanos tenemos que imaginar, soñar, diseñar, construir, luchar nuestro proyecto de vida. En medio de la pluralidad, aún de la contradicción, hay que levantar el proyecto común: he ahí el lugar de la política. Sublime papel.

La política responde a una necesidad vital. Vida y política están estrechamente relacionadas, dependen la una de la otra. Podemos alegrarnos de que llegue la paz porque ello significa otra oportunidad para la vida que es otra oportunidad para la política. Vida digna requiere política digna. Al marchitamiento de las armas debe seguir el florecimiento de la política. Si termina la guerra autodestructiva es para que la política creativa sirva a la vida plena. Perspectiva halagadora. ¡Bienvenida la paz!

Desminando los espíritus2

Parece que los diferentes pasos dados en días pasados caben dentro del título que pongo a esta columna: las nuevas encuestas sobre la percepción ciudadana acerca del proceso de paz, los militares que se encuentran cara a cara con los guerrilleros en la Mesa de La Habana, la decisión conjunta de gobierno e insurgencia de las FARC de iniciar la desactivación de las temibles minas antipersona, la marcha por la vida realizada el 8 de marzo en muchas ciudades del país.

La encuesta Gallup, hecha pública el 7 de marzo, revela que va cambiando positivamente la actitud de la opinión respecto al proceso de paz. El 72% considera que fue un acierto que el gobierno desatara las conversaciones de paz con las Farc en La Habana. Este índice subió 10 puntos. Más colombianos, el 69%, antes el 58%, estima que es mejor salir del conflicto mediante la negociación que mediante las armas. El 53% piensa que esta vez sí se podrá lograr un acuerdo de fin del conflicto.

Sin embargo subsisten resistencias importantes: el 77% por ciento se opone a la participación en política de los guerrilleros si se firma el acuerdo de paz, el 57% por ciento se opone a sacrificar justicia para conseguir la paz. Hay que agregar que el 61% por ciento no cree que sea conveniente que el Gobierno acepte, por ahora, el pedido de las Farc en cuanto al cese bilateral del fuego.

El grupo de seis oficiales de alta graduación en la Mesa de Conversaciones para tratar sobre el cese bilateral de fuego, el desarme y la desmovilización es un hecho sin precedentes que el Presidente hizo público el 2 de Marzo en Madrid. Las partes acaban de declarar que la experiencia del primer encuentro a este nivel en la ronda 33 fue enteramente positiva. Se reforzó esta impresión con el anuncio del acuerdo sobre desminado de importantes territorios donde la población civil ha puesto el mayor número de víctimas.

A estos hechos se suma la circunstancia de las expresiones ciudadanas favorables al proceso, entre ellas, el trabajo del Frente por la Paz en el seguimiento del cese de fuego unilateral de las Farc y la marcha por la vida realizada el 8 de marzo por convocatoria del Profesor Antanas Mockus. Sin duda la designación de Bernard Aronson como delegado oficial del gobierno norteamericano para los diálogos, la visita de Kofi Annan y los nuevos pasos de apoyo anunciados por la Unión Europea aumentan el balance positivo de las últimas semanas.

Contrastan con esas buenas noticias la toma de un municipio en el Chocó por los paramilitares, las amenazas cada día más frecuentes y más duras a activistas de la paz, un Plan Nacional de Desarrollo que se llama de paz y tiene mucho de guerra.

“Los paramilitares entraron al río Purricha (Bajo Baudó-Chocó) a las comunidades de Villanueva, Birrinchao, Pimporrodó y El Pital desde el día de ayer 3 de marzo de 2015. Ya ha habido enfrentamientos con el ELN. Las comunidades indígenas hablan de la presencia de más de mil paramilitares. Llamaron para informar sobre la grave crisis humanitaria que están viviendo estos pueblos Embera. Estas mismas personas y sus familiares en este momento están huyendo en el monte, sin comida y sin abrigo”. (Coordinación Regional del Pacífico Colombiano).

Resumen: es cierto que en muchas formas reales y simbólicas se avanza en desminar los espíritus y los territorios, pero es igualmente cierto que se están dando nuevas formas de minar el camino de la paz. La paz necesita mayores certezas para abrirse camino.

Timonazo3

En la paz tienen responsabilidad gobierno, guerrillas y sociedad.

Si las partes que dialogan, gobierno y guerrillas, no dan la medida, la sociedad está llamada a crecerse y dar el timonazo necesario para llevar el proceso a feliz término. ¿Cómo puede la gente del común darle nuevo aire al debilitado proceso de paz?

Ante todo haciendo valer lo sabido: que los diálogos en medio del conflicto no dan resultado, la guerra ahoga los diálogos. Por distintos y graves incidentes se rompió la tregua bilateral en el gobierno de Belisario Bentacur (1985-86); se interrumpieron las negociaciones de Tlaxcala (Méjico), en el gobierno de César Gaviria (1992); por el secuestro de un avión en que viajaba el Senador Gechen Turbay, quien duraría varios años en poder de las FARC, se terminaron los diálogos del Caguán, en el gobierno de Andrés Pastrana (2002).

El conflicto ahoga los diálogos por la sencilla razón de que las partes consideran que mientras más fuerza muestren en las acciones militares, más peso tiene la postura de cada quien en la mesa de conversaciones. Espejismo fatal.

Lo que en la realidad ocurre es que los hechos bélicos van creando la sensación de que la guerra no tiene fin a pesar de que haya diálogos, de que si los contendientes se atacan no tienen voluntad de parar la guerra, de que al no realizar gestos sostenidos de paz los diálogos son solo un distractivo táctico para legitimar la guerra y seguir en ella. La situación se agrava cuando la duración de los diálogos no se corresponde con el tiempo sicológico de la ciudadanía. La excesiva duración de los diálogos crea incertidumbre sobre su éxito. Así es como el conflicto ahoga los diálogos.

Cuando se inicia el proceso se establece que nada de lo que ocurra en el campo de batalla afectará los diálogos, pero eso no se respeta. Inclusive se crean comisiones para que se ocupen de los incidentes, graves o leves, de las hostilidades aún no suspendidas, ello para nada sirve.

La sociedad con razón exige abandonar ese método, mantener la premisa y promesa de no levantarse de la mesa sin pactar el fin del conflicto armado, efectuar el desminado ya acordado en la vía del desescalamiento del conflicto hacia el cese bilateral de fuegos y hostilidades, dinamizar los trabajos de la comisión de guerrilleros y generales de la república que trabajan en los términos de la finalización del conflicto en La Habana, la creación de una comisión para la identificación de garantías de no repetición, que Gobierno y ELN abran conversaciones formales porque la no vinculación de esta insurgencia al proceso constituye el gran pretexto para continuar la guerra.

Otros recursos tiene la sociedad: demandar la mediación de terceros (ONU, Vaticano), necesaria ante un conflicto tan complejo; activar los consejos de paz (ley 434/98) como espacio de encuentro a fin de rodear de apoyo el proceso y crear condiciones para la validación y cumplimiento de acuerdos; impulsar la pedagogía y comunicación para la paz con miras a lograr el apoyo societal imprescindible; adelantar la construcción de pactos territoriales de paz que articulen las capacidades locales de paz; mantener la movilización masiva, con sentido político, que es siempre un recurso de primer orden.

Todo ello necesita un escenario de deliberación y acuerdos que no sería otro que un Congreso o Cumbre Nacional de Paz con la más amplia participación posible. En perspectiva están la Semana por la Paz, septiembre 6-13, y las elecciones territoriales el 25 de octubre. Timonazo, apoyo y direccionamiento del proceso, es posible desde un estructurado movimiento social de paz.

La batalla de Sergio4

Sergio es un nombre de origen latino, quizá etrusco, que significa custodio, protector, guardián. En el caso del Alto Comisionado de Paz -Sergio Jaramillo Caro- expresa bien lo que este hace: custodiar, proteger y guardar la paz.

Pero, más allá de la etimología, están las características que los diccionarios de nombres atribuyen a Sergio: “Es práctico, amable, comunicativo e inquieto. Le gusta sobresalir en todo lo que hace. Es constante y dedicado cuando quiere conseguir algo. Tiene una forma de ser precisa, rigurosa y distinguida. Eficiente organizando, conduciendo y gobernando cualquier proyecto que tenga entre manos. Justo y lógico, Sergio es una persona bienvenida donde quiera que vaya”.

Esta referencia no es interesada lisonja de alzafuelles. Es, sí, un reconocimiento con el cual quiero resaltar aquellas condiciones y calidades que se requieren para manejar el delicado asunto de la paz. La cuestión no es tan solo de tino en las palabras, lo cual es ya definitivo cuando de superar una aguda confrontación se trata.

Lo que el país tiene que percibir y valorar es la ardua batalla que está librando el Alto Comisionado de Paz, con palabras y hechos, para que no solo en La Habana salgan bien las cosas sino también en el país, para que se supere el curso divergente de lo que acontece en la isla y lo que acontece en el territorio colombiano.

Jaramillo realiza, junto con todo el equipo de negociadores, un excelente trabajo en cada ronda de conversaciones y luego viene al país a emplear cada minuto en informar y motivar a la sociedad respecto al proceso de paz. Se está echando sobre los hombros una ingente tarea que no le corresponde a él solo y en la cual no lo acompaña con brío similar ningún ministro, ni autoridad nacional o regional alguna.

Coyuntura. La ambigüedad tormentosa de “quiero la paz pero hago la guerra” no se tolera más ni en el gobierno ni en la guerrilla. La guerra está ahogando los diálogos. La ferocidad de las acciones bélicas de ambas partes, bombardeos o voladuras, la muerte de oficiales y de jefes, policías, soldados y guerrilleros, la victimización de indefensas comunidades por unos y otros, está haciendo sentir y pensar a grandes sectores de opinión que no es creíble un acuerdo para terminar el conflicto armado y dar paso a la construcción de la paz.

Los hechos de guerra que han ocurrido en los últimos tres meses son devastadores. “Se está jugando con fuego”. Es precio que el movimiento de paz reaccione con la capacidad de movilización que mostró el 9 de abril. Con iniciativa política y decisión total de incidir.

Más que por palabras, la pedagogía para la paz pasa hoy por hechos. Para revertir el enorme daño ya infligido a la credibilidad del proceso se necesitan hechos convincentes de paz de parte de los insurgentes y de parte del Gobierno. Resultados en la mesa, cercanía de los acuerdos, formalización de otros diálogos.

Necesitamos parar la guerra ya. Innumerables voces lo demandan. La lógica de las víctimas debe primar sobre la lógica de los armados. Lo dice el campesino, el indígena, el afrodescendiente, la gente del común en pueblos y ciudades, hasta parlamentarios en las Comisiones de Paz de Cámara y Senado.

Para rodear de apoyo el proceso se realizará encuentro nacional de paz los días 22 y 23 de julio en el capitolio nacional. El movimiento de paz está en desarrollo. De la exigencia con movilización callejera por el cese de fuegos no sería raro que la ciudadanía pase a la desobediencia civil.

Paz o pacificación5

El método de conversaciones en medio del conflicto ha conducido a que se haga la guerra de manera implacable mientras se habla de paz.

En ambas partes quienes están dialogando, con señaladas excepciones, son los que gritan alarmados por los hechos bélicos, soslayando el método por ellos aceptado o establecido. Batalla por la opinión.

El Gobierno condena acremente a la guerrilla cuando tiene bajas en las Fuerzas Armadas oficiales y celebra con alborozo cuando produce bajas entre las fuerzas insurgentes. El Gobierno se muestra sensible al máximo; la guerrilla se muestra estoica en grado inverosímil.

Cuando la guerrilla ataca es terrorismo, cuando el Gobierno bombardea es una proeza encomiable. Se tasa la vida de manera diferente: la vida de un soldado vale mucho, la vida de un guerrillero no vale nada. Una y otra parte considera daños colaterales, no intencionales, la victimización de civiles. Unos y otros se muestran insensibles ante un pueblo que padece una guerra que no reconoce como suya.

En esta apreciación maniquea del conflicto tienen un altísimo grado de responsabilidad los medios de comunicación, y se echa de menos una voz más fuerte de académicos, comunidades de fe y organismos de derechos humanos para instalar referentes de valor que contribuyan a moldear un ethos de reconciliación.

El maniqueísmo es propio de la ambigüedad. El presidente Santos repite una y otra vez que hará la paz a las buenas o a las malas, que dialoga como si no hubiera guerra y hace la guerra como si no hubiera diálogo. En un momento dice que apuesta todo su capital político a la paz y en otro convoca a arreciar la ofensiva militar contra los insurgentes. Zanahoria y garrote sucesiva o simultáneamente.

La guerra es asimétrica, pero los insurgentes pagan con la misma moneda. Reciben un ataque y responden con otro. Acción y reacción, golpe y retaliación se suceden sin interrupción, región por región. Resultado: la escalada de la guerra tiene más relieve que la continuidad de los diálogos. La gente del común está perpleja, desconfiada, incrédula. El conflicto ahoga los diálogos. El método seguido se agotó.

La ambigüedad está en el origen de la propuesta de salida política que el presidente Santos esbozó en el discurso de su primera posesión. Sorpresivamente dijo que la llave de la paz no se había perdido, pero lo decía procurando mantenerse fiel al legado uribista de ofensiva militar y buscando darle satisfacción a quien lo señalaba como traidor porque sin dejar la guerra introducía el diálogo.

El presidente cede a la fuerte presión de gran parte del Ejército que, imbuido de la estrategia y visión uribistas, considera que pactar el fin del conflicto armado dialogando constituye una derrota infamante para la institucionalidad militar. Es hora de que el presidente evalúe si sirve jugar todas las cartas.

Es ambivalente, de doble faz, la postura del Gobierno, mientras es incierta la postura insurgente, que inició pero no mantuvo la tregua unilateral. Aciertan las partes en no levantarse de la mesa.

No hay paz de Estado porque no existe voluntad nacional de paz, consenso o mayoría suficientemente holgada para realizar la salida dialogada del conflicto armado en el marco de un cese bilateral de fuegos y hostilidades, como lo plantean los países garantes (Cuba y Noruega) y Naciones Unidas.

Agotado el método, si no se da el timonazo a tiempo será pacificación, no paz, lo que viene. Oportunidad para una vigorosa iniciativa ciudadana capaz de apelar a acciones extraordinarias, como ocurrió el 10 de mayo de 1957, o el 14 de septiembre de 1977, o el 27 de mayo de 1990.

¡A desescalar!6

Si el conflicto no se desescala muy pronto, posiblemente la ciudadanía en lugar de apoyo exprese un rechazo irreparable al proceso en las elecciones territoriales del 25 de octubre.

Demasiado han hecho las partes para desacreditarlo. Lenguaje ultrajante, muertes, mutilaciones, confinamiento, desplazamiento, contaminación, privación de servicios, infundir miedo, son los impactos que los últimos hechos bélicos han producido en la población inerme, profundizando la brecha entre lo que ocurre en La Habana y lo que pasa en el país.

Solo daño, ninguna ganancia, porque la acción armada, como están las cosas, ya no da ninguna ventaja militar ni política, no modifica las condiciones de la negociación en la mesa. Las cartas están echadas. Paz o catástrofe para todos.

El pasado 26 el Presidente expresó en Cali: “Si hay gestos para desescalar, pues el Gobierno estará dispuesto a ver cómo responde”, y los insurgentes, después de 5 treguas unilaterales, insisten en la necesidad del cese bilateral. Presidente e insurgentes apelan a las palabras del Papa Francisco en su Encíclica “Alabado Sea” que relanza enérgicamente los derechos de la naturaleza. Cada uno quiere hacer propio este mensaje de alerta y de aliento.

Las partes parecen haber entendido, por fin, que las cosas no pueden continuar como van. Sin embargo el gobierno calcula que el riesgo de perder lo ganado obligará a los insurgentes a acelerar el paso y éstos, a su vez, calculan que si muestran capacidad de daño y prolongan las conversaciones quizá ganen algo más, habida cuenta que el gobierno tampoco puede sacrificar este proceso el más avanzado en la larga historia de conflicto y paz.

Ambos calculan mal. Lo que cada uno supone del otro lleva a los dos a mostrar dureza real y solo sensibilidad retórica frente al sufrimiento de miles y aun millones de personas. Si se mantienen en esas posturas la sociedad los castigará a los dos y, con ello, paradójicamente, se estaría castigando a sí misma. Eso no puede ocurrir.

Por ello este es el momento justo para presionar al máximo el cese bilateral de fuegos y hostilidades; si no se obtuviere, ello habrá servido al desescalamiento efectivo y la aproximación del fin.

El conflicto lo percibe la gente del común como tragedia y, en consecuencia, se lo quiere quitar de encima como sea. Los guerrilleros se han vuelto indeseables no por la propaganda negra del establecimiento, que existe, sino por sus propios hechos. Del Estado se puede decir lo propio. Hasta el punto de llegar a lo que pasó en El Mango (Argelia, Cauca): que la población saca a la policía y destruye el cuartel ubicado en el centro del poblado porque “ellos atraen los ataques de la guerrilla”.

Donde está acordado iniciar el desminado se requiere algo muy parecido al cese bilateral de fuego porque, si no, es inviable la operación de desactivar los mortíferos artefactos. Esta acción, prevista en Antioquia y Meta, que el país espera como prueba de que algo es posible, debería ampliarse a un acuerdo especial humanitario que recoja innumerables propuestas que se han venido haciendo sobre niños, mujeres, lugares, bienes, tipo de armas, etc.

Los diálogos no pueden naufragar en medio de la intensificación del conflicto, necesitan acreditarse y volverse atractivos por el desescalamiento que es alivio real para los más sufridos, como ha ocurrido con los ceses unilaterales de FARC y ELN y la suspensión de bombardeos por parte del gobierno. Hay que volver pronto a ese afortunado momento. Ardua la tarea de Luis Carlos Villegas, nuevo ministro de defensa, quien llega para devolverle credibilidad y futuro al proceso.

@luisisandoval

1 El Espectador, 5 ene 2015.

2 El Espectador, 10 mar 2015.

3 El Espectador, 25 mayo 2015.

4 El Espectador, 15 jun 2015.

5 El Espectador, 15 jun 2015.

6El Espectador, 29 jun 2015.

Edición 453 – Semana del 3 al 9 de julio de 2015
 
 
Importante: Cada autor es responsable de sus ideas y no compromete el pensamiento de Viva la Ciudadanía. Se permite la reproducción de nuestros artículos siempre y cuando se cite la fuente.
 
   
 
 
comentarios suministrados por Disqus