La iglesia por la paz

 
  Alonso Ojeda Awad
  Ex Embajador de Colombia en Europa
 
   
 

En medio de tanto escepticismo que ronda en Colombia, donde los partidos políticos han sido inferiores a las esperanzas de la gente por ver quien les puede ayudar a enfrentar el cúmulo de problemas y vacíos que trae la agitada vida de la nación, ha caído muy bien la postura orientadora de la Iglesia Católica que desde la Conferencia Episcopal reunida en Medellín, los altos jerarcas de la iglesia han manifestado su claro compromiso con nuestra angustiada sociedad al invitarnos a todos a cerrar filas en torno a la Paz y a la urgente reconciliación de la gran familia colombiana.

Todo esto ocurre estimulado por el Santo Papa Francisco quien decidió viajar, desde el Vaticano en Roma, hasta estos confines latinoamericanos para decir su verdad y la verdad del evangelio sobre todo lo que tiene que ser la justicia, la inclusión social y económica para la gran masa poblacional, empobrecida, hasta donde no llegan los excedentes económicos de un modelo que el Santo Padre no ha dejado de criticar y cuestionar por injusto y alejado de los verdaderos dictados de Dios, quien solo desea un reino de satisfacciones y alegrías para toda la especie humana, sin distingos de ninguna naturaleza.

Por esto es muy bien recibido el mensaje que la Conferencia Episcopal Colombiana envió después de varios días de reflexiones desde la capital del departamento de Antioquia, donde se encontraban reunidos. “Es la hora de la Paz” dijeron y “llamaron a los grupos insurgentes a reflexionar sobre sus crueles acciones y a asumir su responsabilidad en las mismas”, persistir en las duras acciones es darle un golpe muy fuerte a las expectativas y esperanzas que tiene cifrada la sociedad colombiana en los diálogos de La Habana. Tocaron, además, un punto muy importante en la vida nacional que es el que tiene que ver con la confianza del pueblo colombiano en los diálogos, razón por la cual convocaron a la sociedad civil a vencer la desesperanza y la apatía, dos constantes que acompañan a nuestro cotidiano trabajo y desempeño.

De las cosas más valiosas de sus reflexiones y declaraciones es su énfasis en la necesidad urgente del dialogo y el perdón como elementos de una reconciliación sostenible. Esta premisa que se dice en muchos espacios y que dejamos pasar como algo más, sin mayor incidencia en nuestro pensamiento, hoy concita mi emoción y me lleva a sentir la profundidad de su contenido: Pedir y pedir dialogo y perdón para que sea vivido por las dos partes en conflicto tiene mucho sentido, pero mi pregunta es: Que tanta energía de dialogo y perdón enviamos desde las vibraciones mismas de la sociedad, cuando en las unidades básicas de convivencia social como la familia, las vecindades, los grupos de trabajo etc., están signadas por los rencores, deseos de revancha, alimentados por permanentes pensamientos negativos y muchas veces destructivos, con mínima capacidad para gestionar y direccionar los conflictos y las emociones que ellos generan.

Se dice a nivel internacional que Colombia vive una oportunidad sin precedentes con el proceso de Paz que cursa en La Habana, pero realmente, que tan conscientes somos los “ciudadanos de a pie” del contenido inconmensurable de dicha oportunidad, hemos entendido realmente que dicha oportunidad está en nuestra capacidad para pasar de una Paz formal a una Paz de fondo. Si fuésemos capaces de invitar a vivir una gran campaña de dialogo, reconciliación y perdón minuto a minuto, segundo a segundo, desde la convivencia ciudadana… Si retomáramos de nuevo los símbolos que dieran cuenta de nuevos comportamientos de dialogo, perdón y reconciliación ante pequeñas, medianas o significativas ofensas que recibimos en el desempeño cotidiano. Si pudiéramos crear una masa crítica de ciudadanos que con su accionar fueran generando una vibración de Paz. Entendiendo que masa crítica es aquel porcentaje mínimo de personas que con el cambio de su comportamiento, llevan de manera energética al cambio de un conglomerado social.

Para que lo anterior fuese posible, habría que construir unos sencillos protocolos de fácil comprensión y alta difusión que nos enseñe la forma personal de gestionar las emociones que se viven después de una ofensa o agresión. Son estas emociones de rabia, dolor y/o miedo las que nos calienta la cabeza, ocupan nuestra mente y no dejan espacios para el dialogo, el perdón y la reconciliación. Protocolos que nos enseñen por ejemplo: que después de ser ofendido quien necesita atención soy yo como ofendido, con una especie de primeros auxilios que me puedo brindar yo mismo, reconociendo lo que mi ser interior siente: “me siento engañado, me siento vilipendiado, me siento subvalorado, me siento abandonado, dejando que la emoción que acompaña el momento salga, bien sea llorando, golpeando un cojín o temblando de miedo. Es increíble, pero cuando expresamos la emoción y la dejamos salir, algo dentro de nosotros se sana, dejando un espacio para la comprensión y el amor, antesala básica para el olvido y el perdón.

Como decía Borges: “Solo entiendo el perdón como el olvido”, “para estar en condiciones de buscar la solución a los conflictos, apartando de nosotros todo sentimiento negativo como el rencor, odio, culpa, rechazo, deseos de venganza, pues son sentimientos inútiles que esclavizan y crean mayor frustración, mayor desesperanza”.

En este campo hay tanto que aprender para volverlo acción, cuya suma, el resultado es conciencia de paz y convivencia. Es desde allí que la Iglesia Católica y todas la demás iglesias tiene un papel inconmensurable que cumplir, al igual que todo el aparato educativo y medios de comunicación, enseñando y simulando comportamientos de dialogo, perdón y reconciliación. Esto sería una verdadera campaña Nacional de Unidad por la Paz. Es aprovechar la oportunidad de crear un ambiente propicio para la paz, ante lo cual las fuerzas en contienda no puedan más que jalonar lo que la sociedad civil les está enseñando a hacer: a dialogar a perdonar y a reconciliarse en su diario vivir.

Acciones de Paz realizadas desde distintos ámbitos permitirá recuperar la confianza de las gentes colombianas para que el proceso sea amplio y cuente con el inmenso apoyo de todos. Un proceso de Paz sin la inmensa presencia de toda la sociedad pidiendo y exigiendo los espacios de reconciliación, será un proceso trunco o de corta vida para un país, como el nuestro, imbuido de tantas y complejas contradicciones. Por esto nos unimos al clamor de la Iglesia por un compromiso de las Farc y del Eln en un cese definitivo del fuego y de las hostilidades y un acuerdo definitivo de Paz, donde todos los colombianos se sientan comprometidos en estas esperanzas y salgan, llegado el momento, a ratificar en las urnas la construcción de esa nueva sociedad caracterizada por la justicia social, el desarrollo económico, la sostenibilidad ambiental y el desarrollo personal de los colombianos.

Edición 455 – Semana del 17 al 23 de julio de 2015
 
 
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