Mauricio Castaño H.
  Historiador – http://colombiakritica.blogspot.com/
 
   
 

Tantos años, tantos gobiernos que pasan pero parece que no pasaran, todo sigue igual, al menos es lo que suele suceder con las preocupaciones del diario vivir. En las calles las gentes van y vienen, unas en busca de empleo, otras convertidas en parte de la dureza de la calle. Al caminar las vías céntricas de Medellín encuentras filas eternas de regueros de ventuchas, el espacio público atascado o si vas por ciertas avenidas, en el paisaje sobresalen los habitantes de calles, esos seres improductivos y malolientes, consumidos por cualquier tipo de droga barata como el sacol, marihuana o bazuco. Y si descuidas, al doblar cualquier esquina, te puedes encontrar con el puñal asesino.

El desempleo y la inseguridad galopan. Por algo Medellín es campeona mundial en inequidad, cada año lo recuerdan los estudiosos. Esta ciudad, este país, gracias a la fuerza de las Rentas Criminales, de los negocios ilícitos, muchas gentes hicieron de ello su negocio, en los barrios más periféricos las bandas delincuenciales hacen su agosto controlando lo más mínimo, gravan desde los artículos de la primera necesidad de las gentes hasta los pequeños negocios existentes, pero también controlan el micro tráfico de estupefacientes al mejor estilo de los carteles de narcotraficantes de cualquier parte del mundo, la marihuana la hacen en cigarrillos con marquesinas propias para asegurar sus ganancias y alejar la competencia.

En Medellín la dirigencia expulsó a las guerrillas urbanas introduciendo grupos de ultraderecha, hoy son los mismos de las llamadas Rentas Criminales, gobiernan en la periferia popular. En los sectores más exclusivos de la ciudad, los altos empresarios y dirigentes están tranquilos en sus negocios, como si ello fuera un acuerdo, un pacto, ustedes gobiernen allá, y nosotros acá, al fin y al cabo el dinero no huele y alimenta todo el sistema financiero. La informalidad, la criminalidad complementaria en última instancia del negocio formal. Pero ¿cómo lograr que lo ilícito no cope lo formal? He ahí la genialidad que algunos llaman, para otros doble moral.

Un detalle desequilibra esta relación del sálvese quien pueda, unos pocos acceden al gran negocio y su premio son grandes riquezas, mientras la mayoría pobre y jodida, salta de aquí para allá, esquivando lo formal y lo informal, el ciudadano de a pie es acosado por los impuestos del gobierno y de los criminales. Pero en una fórmula simplificadora, cada tanto en las apuestas políticas, este ciudadano vuelve a pedir Seguridad y Empleo, está dispuesto a hacerse molerse por ello. El desespero es tal que caen como si estuvieran bajo el efecto de un embrujo ante la promesa de llenar la ciudad de policías encubiertos, al menos eso parece, amanecerá y veremos. Es un sentimiento similar al que siente un turista: no quiere saber de los problemas del lugar que visita, frente a lo feo voltea la mirada o simplemente se aleja, no es lo suyo.

Las imágenes de los políticos que aspiran a gobernar transcurren en medio de realidades pero vueltas triviales por el marketing político que profesan, palabras que suenen bien a los oídos de sus electores. De todas formas, como voz en el desierto, creemos que la seguridad ciudadana pasa por fortalecer la economía formal contra la informal, enfrentar decididamente la economía criminal, combatir la ilegalidad del contrabando y la piratería de productos y sus marcas. Pero no hay que sustraerse de ese ciudadano que da la espalda a la realidad y se encuentra con el político que le dice de las palabras que son necias.

Edición 460 – Semana del 21 al 27 de agosto de 2015
   
 
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