Álvaro González Uribe
  Abogado, columnista y escritor – @alvarogonzalezu
 
   
 

¡Qué dolor, Aylan! Tu cuerpo de tres años ahí, inerte, depositado en la playa por las olas del Mediterráneo… Tu camiseta roja, tus pantalones cortos azules… Tu cuerpo, el cuerpo de Siria -tu país-, el cuerpo de Asía, de Europa, de África, de América, Aylan, del mundo…

Pero no fueron las olas. Fue esta humanidad indolente y violenta. Esta humanidad hundió tu corta vida en el mar y devolvió tu cuerpo vacío para que todos viéramos nuestra vileza. Para que en tu humilde, frágil e inocente cuerpo viéramos lo que somos.

Nos debemos dar asco.

Es allí en los desiertos de tu Siria de nadie, es aquí en las montañas, selvas, llanos y ciudades de mi Colombia lejana a ti, y de los países de África y decenas de Asia. Países que a veces solo son un nombre en los mapas. Es allí de donde miles tienen que huir como tú, Aylan, huir por las guerras, por los despojos, por las amenazas, por el hambre; para encontrar oportunidades de una vida digna, de una vida.

Naciste en una tierra donde nunca conociste la paz, como tantos otros niños y también adultos, millones, que solo han conocido la guerra en su existencia, pero también solo el hambre, solo el desprecio por simplemente ser lo que son.

¡Qué dolor, Aylan! Y qué vergüenza. Con tu padre, tu madre y tu hermano no encontraste ese pedazo de tierra para acomodarte. Encontró, tu cuerpo, sí, -solo tu cuerpo- una inmensa playa. Allí en esa playa, donde ese cuerpecito con camiseta roja y pantalón corto nos dio un puñetazo en la cara a los seres humanos, nos derrotó el corazón, nos destripó el alma y sacó nuestra verdad: la crueldad por acción y por omisión.

“Las manos de mis niños se escaparon de las mías”, dijo -llorando- tu padre Abdulá Kurdi. Así fue, Aylan: tu vida, la de tu hermano, la de tu madre y las de miles de refugiados más que erran por el mundo se nos escapan a la dignidad; se nos escapan a la palabra humanidad en cualquier idioma.

“Después de alejarnos unos 500 metros de la costa, en el bote empezó a entrar agua y se nos mojaron los pies. A medida que aumentaba el agua, cundía el pánico. Algunos se pusieron de pie y el bote volcó. Yo sostenía a mi mujer de la mano”. Tu padre, llorando…

Cuando tu foto, la de tu cuerpo sin vida, salió en la prensa de todo el mundo, dijeron los titulares que te habías convertido en el símbolo de la tragedia de los refugiados de Europa, y que ahora sí. Es posible, aunque de manera insuficiente, claro. Es que no se puede vaciar casi todo un país -y varios más- en otro o en otros. Además, ¿cuántos símbolos hemos tenido?, ¿cuántos hay y cuántos faltarán?

Fotos, imágenes históricas que rompen el alma, pero que cuando se secan las lágrimas muchas solo sirven para ganar premios de periodismo. Incluso, hay quienes están en desacuerdo con esas fotos porque dicen que son amarillistas, pero yo pienso, Aylan, que algunas sí sirven así sea para solidaridades de unos meses. Aunque es claro que esta constante tragedia universal e histórica solo acabará cuando terminen las guerras, el hambre, la discriminación. Sueños, sí…

Refugiados errantes, a veces sin conciencia de serlo, como tú, Aylan. Van por el mundo navegando, caminado, rodando, volando. Huyen, traspasan fronteras, muros, ríos, túneles, mares, desiertos, selvas, mallas, alambradas. Intentan llegar para salvar sus vidas, para encontrar una mejor vida. Deportados, humillados, voluntariamente u obligados. A veces no llevan nada, solo el terror que intentan tapar con la esperanza; a veces van con su nevera vacía al hombro (¡esas neveras a cuestas sobre el río Táchira!), con sus niños de la mano, con sus maletas o bolsas más llenas de recuerdos, dolor y esperanzas que de cualquier otra cosa.

Desde Siria, desde África, desde Asia, desde Venezuela o desde un lugar a otro dentro de su mismo país como ha pasado y aún pasa en Colombia, desplazados, deportados, emigrantes, refugiados…

Qué dolor verlos partir, qué dolor verlos errar, qué dolor verlos morir, qué dolor verlos llegar, qué dolor y paradoja esta terrenalidad desterrada. ¡Qué dolor, Aylan!

Edición 463 – Semana del 11 al 17 de septiembre de 2015
   
 
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