Fernando Dorado
  Activista Social
 
   
 

Vamos a intentar hacer un ejercicio de análisis de lo que ocurre con el llamado “proceso de cambio bolivariano” en Venezuela. Lo hacemos con ocasión del conflicto que se ha desencadenado con el gobierno de Colombia, y en el marco de la situación de los “procesos de cambio” en América Latina y el mundo.

No se trata de desconocer las intenciones y los avances sociales del proceso bolivariano. Tampoco defiendo a la oligarquía colombiana y su supuesto nacionalismo, menos su demagógica defensa de los DD.HH. de los migrantes colombianos expulsados de Venezuela.

Lo que cuestiono es la dirección que ha tomado el gobierno bolivariano y su actual política que le hace el juego no sólo al falso nacionalismo de Uribe sino también a la “tercera vía” de Santos.

Presento una visión crítica no tanto para señalar errores sino para comprender la dinámica de los procesos. Colombia va a avanzar inevitablemente por nuevos caminos. Necesitamos aprender y ojalá, superar las falencias de nuestros vecinos.

Pero es indudable que algo está fallando. Si el fenómeno que aquí identificamos y analizamos se está replicando en los demás países, es porque existe una falla sistémica. Trataremos de dilucidarla.

Unas preguntas a manera de introducción

¿Qué río transitamos? ¿Para dónde vamos? ¿El río que navegaba el presidente Chávez –sin que él tampoco supiera exactamente adonde lo llevaría– es el mismo que aquel que sobreagua la actual dirigencia bolivariana?

La misma pregunta debemos hacerla para los procesos que lideran Correa, Evo, Dilma, la Kichner o Tabaré.

Todos esos procesos nacieron de la inconformidad popular y las ganas de transformar el mundo. Por eso el río era “revolucionario”. Había un sentimiento grande por derrotar la oligarquía, el imperio, el neoliberalismo e iniciar a dar pasos anti o post-capitalistas.

¿Hoy esa inconformidad se mantiene? ¿Los pocos o muchos avances sociales han servido para hacer más consciente a nuestros pueblos de la necesidad de seguir adelante? ¿Hoy seguimos con el mismo fervor de Chávez buscando la integración de los pueblos y naciones latinoamericanas?

O... ¿por el afán de presentar resultados inmediatos y sostenernos en el gobierno hemos perdido el norte y hemos cambiado de río? ¿El río es el mismo pero las aguas son diferentes?

Todo parece que se ha reducido a procesos electorales para elegir unas personas que representan y gestionan “desde arriba” el “cambio”. Y entonces... ¿en qué momento el papel protagónico del pueblo quedó atrás?

La idealización de Chávez y el Socialismo del Siglo XXI

“Hemos visto cómo esas idealizaciones vuelven sobre los momentos de la lucha, sobre los medios, y terminan también siendo idealizaciones del presente en la figura de la institución fantasmalizada eficaz: el partido, la iglesia... Son muy conocidos los crímenes y las orgías de terror a que se entregan estas organizaciones que persiguen un estado perfecto y cuántas veces, a nombre de la negación de toda violencia, se pasa a una violencia sin límite. No sobra insistir que el proceso de idealización no se refiere solamente al objeto bueno, sino igualmente al objeto malo; es frecuente que los dioses de las religiones abolidas se conviertan en los demonios de las nuevas religiones. Esto se ve también en política”.

Estanislao Zuleta en “Tribulación y felicidad del pensamiento”.

Para algunos “chavistas” –venezolanos o no– el presidente Chávez desde que inició su proyecto tenía claro para donde iba a conducir el “proceso de cambio”. ¿Será eso cierto?

No lo creo. El conocer-transformar y el conocer a un más alto nivel con base en la experiencia para así poder profundizar los cambios revolucionarios, está en la base teórico-práctica de una auténtica revolución. No hay fórmulas preconcebidas por más científicas que pretendan ser. Sólo en medio de la práctica social los dirigentes y las masas aprenden y avanzan. Así lo enseña la historia.

Es importante recordar que el movimiento socio-político de inconformidad popular y la resistencia a las políticas neoliberales que impulsaban los partidos oligárquicos venían de atrás. Tuvieron su expresión explosiva en el “Caracazo” (1989).

Chávez tuvo la capacidad de organizar un movimiento político que identificó con precisión en el momento oportuno las reivindicaciones del movimiento popular y diseñó la estrategia para derrotar por la vía electoral –después del intento fallido de golpe militar– a los partidos oligárquicos.

Pero Chávez hablaba de una tercera vía diferente al socialismo y al capitalismo. Sólo años después de que el pueblo derrotó el golpe militar de 2002 y de lograr la dirección hegemónica de la PDVSA, empezó a hablar de “Socialismo del Siglo XXI”, tomando la frase del teórico alemán-mexicano Heinz Dieterich Steffan. Sin embargo su idea de socialismo era una idea en construcción, con una mirada propia latinoamericana y cristiana, “en permanente formación y aprendizaje”.

El presidente Chávez traza entonces una estrategia política que tenía como eje principal la construcción de la Patria Grande Latinoamericana y, en el caso particular de Venezuela, la “siembra del petróleo”. Independencia política y desarrollismo económico, eran los dos componentes fundamentales. El protagonismo popular (la “democracia protagónica”) era esgrimido como una fórmula para construir democracia directa pero nunca tuvo los desarrollos prácticos “desde abajo”.

De acuerdo a su visión, tal esfuerzo de integración regional y de construcción de autonomía económica, requería de una alianza entre los trabajadores, los sectores populares y las burguesías “nacionales” capaces de romper con la hegemonía estadounidense. Tal alianza la planteó e intentó plasmar en varias ocasiones sin mayor éxito. Chávez intuía que los trabajadores y sectores populares contaban con la capacidad instintiva para apoyar el proceso desde las bases pero su desarrollo político-organizativo era limitado y no existía la dirigencia formada para ir más allá. Y estaba en lo cierto.

Sin embargo, la realidad está demostrando que las cosas son mucho más complejas. Las burguesías “nacionales” latinoamericanas –incluyendo las brasileñas, argentinas y uruguayas– no asumieron el reto a fondo. Su entreguismo e individualismo histórico se lo impidieron. Fue así como una parte de esa burguesía se lanzó a la oposición franca al proyecto integracionista. Incluso, parte de esa oposición oligárquica utilizó estrategias golpistas con el apoyo de EE.UU. en países como Venezuela, Ecuador y Bolivia.

Pero otras fracciones de la oligarquía y de la burguesía se introducen de diversas maneras en la dirección de los “procesos de cambio” o conviven con ellos aprovechando las políticas de los gobiernos “revolucionarios” (http://bit.ly/1Nmnp7T). También, la burguesía burocrática que es la que cambia de camiseta con más facilidad, se trepa al carro de la “revolución”. Otros sectores capitalistas y una burguesía emergente surgida de medianos productores y empresarios, algunos provenientes de economías ilegales y paralelas, también se van enganchando a los gobiernos progresistas. En Venezuela esa burguesía está estrechamente entrelazada con sectores del ejército.

Ese proceso de alianza parcial que sectores burgueses realizan con los sectores populares lo hacen con la intención de reemplazar y quitarle el control sobre la renta estatal (petrolera, gasífera, minera, etc.) a la gran burguesía. Sin embargo, de una u otra manera se dan las formas de frenar los “procesos de cambio”. Y en verdad que lo han logrado, con la colaboración –consciente o inconsciente– de los dirigentes progresistas. Los lazos que se van creando en medio de la gestión del Estado heredado, los procesos de contratación, el diseño de políticas públicas, la interacción entre la administración estatal y los intereses particulares que se concretan en miles de conexiones e imbricaciones, las relaciones entre empresarios y funcionarios proclives a la corrupción y al burocratismo, van minando la resistencia de los “cuadros revolucionarios” que, si no están preparados ideológicamente o se han alejado de sus organizaciones sociales a las que pertenecían, sucumben ante los “dardos almibarados” del gran capital.

Esa situación se presenta con diversas particularidades en cada país, en donde el peso de esa burguesía emergente se siente en diferentes temas: escándalos de corrupción, oposición a procesos de desprivatización de empresas públicas, rechazo al desarrollo de la plurinacionalidad, acentuada defensa del extractivismo depredador, limitación de los derechos de las organizaciones sociales, uso de la represión abierta ante protestas populares, presencia creciente de burocratismo, y otros lastres del pasado. En todos los países donde los gobiernos progresistas están al frente de los “procesos de cambio” se han presentado estas situaciones.

Finalmente, fruto de esa tensión entre diversas clases y sectores de clase, que se dan tanto al interior de los gobiernos como fuera de ellos, las políticas más importantes del “socialismo del siglo XXI” se han reducido a intentos de renegociación de la deuda pública (externa e interna), la renegociación de contratos con las transnacionales capitalistas, incremento de algunos impuestos y la inversión de una parte de las rentas del Estado en programas sociales. Éstas inversiones se centran en servicios de salud, educación, vivienda, saneamiento básico y ayudas para sectores de la población más pobre que no se diferencian en nada de las llamadas “transferencias monetarias condicionadas para población en condición de vulnerabilidad” diseñadas por el Banco Mundial.

No se desconoce que el monto y la cobertura de dichos programas fueron incrementados y ampliados por los gobiernos progresistas pero, el modelo es el mismo. Asistencialismo y paternalismo con retórica revolucionaria. En últimas, más de lo mismo (bonos, misiones, subsidios). La inversión en planes y programas productivos se ha limitado a construir algún tipo de infraestructura, crear algunas cooperativas y nacionalizar unas empresas, pero no se ha atacado con fuerza y determinación integracionista la dependencia que existe de la exportación de materias primas y el escaso desarrollo tecnológico e industrial.

El auge en los precios internacionales del petróleo y de los commodities creó la falsa ilusión de que esa era la vía del desarrollo. Los afanes de aislar políticamente al imperio estadounidense también llevaron a Chávez a crear bloques regionales como Petrocaribe, absolutamente dependientes del petróleo y del poder económico de Venezuela. La ilusión sirvió para calmar el hambre del pueblo pero no para fortalecer su capacidad organizativa ni para construir y consolidar un amplio equipo de dirigentes formados y capacitados para profundizar la revolución. Ya había sucedido en la URSS, Europa Oriental, Vietnam y China; ahora se repite.

Es así como los “revolucionarios bolivarianos” terminaron administrando el Estado heredado, cuyo carácter colonial-capitalista le determina su condición de aparato burocrático, ineficiente, derrochador y profundamente corrupto. La carrera por ganar las continuas y seguidas elecciones locales, regionales, legislativas y presidenciales propició que casi la totalidad de los dirigentes “chavistas” se dedicaran a “gestionar la revolución por arriba” mientras el pueblo quedaba como espectador y simple votante. Se intentó resolver el problema colocándole el mote de “socialista” a cualquier idea o iniciativa, paralizando la capacidad crítica de las masas populares que identificaron socialismo con asistencialismo estatal.

Pero además, la verdad, no se hicieron serios esfuerzos por avanzar en una creciente integración política, económica, empresarial y financiera de las naciones de Sudamérica. No porque el presidente Chávez no se lo propusiera sino porque la correlación de fuerzas de los gobiernos progresistas frente a la burguesías de los diversos países (incluyendo Venezuela), y la falta de claridad y voluntad de los dirigentes progresistas para fortalecer al movimiento popular, impidieron que los planes integracionistas tuvieran concreción real.

No se construyeron las herramientas económicas y políticas para hacer realidad la Patria Grande Latinoamericana. En el papel quedaron formuladas las propuestas: un banco fuerte e independiente del FMI, una moneda única regional, una política fiscal apropiada, una infraestructura petrolera, de transporte y comunicacional común. Nunca fue posible proponer la constitución de unas empresas transnacionales “propias” para poder competir en el mundo globalizado, menos que éstas empresas fueran incorporando un componente accionario en manos de los trabajadores y de los pequeños-medianos productores organizados. En general, la mayor parte de las propuestas que se hacían se quedaron en planes y en una retórica integracionista radical pero insulsa.

Hoy tenemos la arremetida imperial y cada uno tira para su lado. La ofensiva del imperio en el terreno económico se ha centrado por ahora en la reducción artificial de los precios del petróleo para golpear a Rusia e Irán, pero de contragolpe afecta también a países como Venezuela, Ecuador, Brasil y Bolivia. La Patria Grande Latinoamericana está en veremos y no se observan ni los liderazgos ni los sujetos sociales capaces de darle un segundo aire a tan magna tarea. Los gobiernos se enfrentan a enormes desgastes en todos los terrenos y como pasa con Maduro, debe recurrir al “nacionalismo estrecho” provocando y utilizando el conflicto con Colombia para tratar de atenuar su crisis interna. Es lamentable que eso ocurra.

Chávez fue un extraordinario líder popular. Formuló e impulsó con valentía y decisión un plan anti-imperialista para América Latina. El tiempo y la vida no le alcanzaron, pero su proyecto estaba determinado por unas condiciones estructurales de las sociedades y por unos limitantes ideológico-políticos que él posiblemente detectó pero no podía superar sólo con voluntad y entrega revolucionaria.

Heinz Dieterich Steffan ha venido planteando desde hace casi una década la caída del régimen “chavista”. Su crítica se ha centrado en la incapacidad de la dirigencia bolivariana de comprender su propuesta “científica” del “Socialismo del Siglo XXI”, que él considera era una fórmula aplicable en Latinoamérica tanto para derrotar el imperialismo como para avanzar en la construcción del “Bloque Regional de Poder”.

No vamos a controvertir ese planteamiento porque sería como enfrentar un acto de fe con otro. Sin embargo es necesario plantear que los seres humanos, las sociedades y sus dirigentes, de alguna manera responden a ciertas condiciones estructurales que determinan en parte sus acciones, y además, que los desarrollos de las ideas políticas e ideológicas, lo que Dieterich denomina “ignorancia política” (http://bit.ly/1MhiiXX) , también cumplen su papel en el devenir histórico y su estado de desarrollo exige una explicación histórica y “científica”. Las mayorías sociales piensan como viven. Generalmente la gente no vive como piensa, aunque existen excepciones notables. Es precisamente lo que se debe transformar.

Desarrollaremos en una segunda parte de este artículo el análisis de las condiciones estructurales y las limitaciones político-ideológicas de los procesos de cambio en América Latina, que nos ayuden a entender el devenir negativo, antipopular y anti-democrático de los ejercicios de gobierno de nuestros pueblos y países vecinos.

Esperamos aprender para poder navegar en “ríos revolucionarios” que por lo menos nos aproximen a los océanos que los trabajadores y los pueblos siempre han aspirado llegar. Por lo menos es nuestra pretensión poder avizorar y ojalá llegar a nadar en ellos… océanos de apropiación colectiva de nuestro destino. “¡No más salvadores supremos!”

E-mail: ferdorado@gmail.com / @ferdorado

Edición 463 – Semana del 11 al 17 de septiembre de 2015

   
 
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