Alonso Ojeda Awad
  Ex Embajador de Colombia en Europa
 
   
 

Mi abuelo materno emigró de Beirut, Líbano, a comienzos del siglo XX, cuando su patria estaba bajo la dominación del imperio Otomano, antes de la Primera Guerra Mundial. Muy joven aun, desafiando situaciones complejas que vivía su nación, decidió buscar las tierras de América, donde poder sembrar la semilla de su familia. Aguachica, esa bella y cálida región del sur del Cesar lo acogió con ejemplar cariño y él levantó allí su numerosa familia, compuesta por seis hijas y siete hijos, que quisieron y quieren entrañablemente su tierra natal. No regresó jamás a la tierra de sus ancestros y cuando cumplió su ciclo vital decidió dormirse para siempre a la sombra de los tamarindos que con tanto afectó había plantado en los patios de su casa.

De esa estirpe provengo y por eso me ha dolido en el alma la grave situación que viven por estos días centenares de migrantes, quienes por graves situaciones políticas y sociales que se dan en sus países de origen tienen –por fuerza mayor-, que salir en búsqueda de mejores condiciones de vida para sus hijos y entregar en esas nuevas tierras, que esperan los reciban con cariño, toda su capacidad de trabajo y de generación de riqueza, pues por lo regular ellos, los migrantes, están muy bien formados técnicamente y son excelentes trabajadores.

Por eso es muy importante resaltar la solidaridad que en estas circunstancias expresa Alemania y que se convierte en ejemplo para otros países industrializados del mundo. Alemania exhibe carteles en su territorio, dándole la bienvenida a los migrantes de Oriente Medio y su Canciller Ángela Merkel, quien ha prometido no rechazar a ningún refugiado, ha sido bautizada como “mamá Merkel” por las acciones políticas y económicas que adelanta en la búsqueda de proteger y dar abrigo digno a quienes llegan a sus fronteras.

Las últimas noticias que informan de esta grave situación son realmente alarmantes. La humanidad no puede permitir que casos como el del niño Alan Kurdi quien se transportaba con sus padres en un bote plástico y que naufragó en Bodrum, Turquía, tratando de llegar a la isla de Cos en el mar Egeo, se vuelva a repetir por las graves consecuencias éticas que tiene. Si con el alto desarrollo con que se ufana la sociedad mundial es incapaz de evitar situaciones degradantes como las que estamos viviendo, entonces si podremos decir: Apague y vámonos. No olvidemos que cuando se usó esa degradante arma, conocida como el napalm en la guerra de Vietnam, toda una generación de jóvenes se levantaron para decir: “Después de napalm, ya no hay nada obsceno”. Y hoy frente a estos casos dolorosos de niños migrantes muertos por ahogamiento en las playas del Mediterráneo, bien se puede decir “después de esto ya no hay nada obsceno”.

Es hora entonces de hacer los ajustes urgentes y necesarios que se requieren para reintegrar con dignidad y dentro del reconocimiento de sus Derechos Humanos inalienables a los migrantes que tocan las puertas de los países de alto desarrollo capitalista. Es necesario que sus dirigentes entiendan que llegó la hora de hacer verdaderos ajustes y buscar los nuevos modelos económicos que faciliten la integración armoniosa de estos nuevos grupos étnicos, a la dinámica de la sociedad. Si algo enseñó Europa después de la Segunda Guerra Mundial es que los nuevos conflictos deben ser tratados a la luz del dialogo constructivo y la razón, y que ellos en sí mismo (los conflictos) son portadores de una fuerza vital que hará posible la construcción y sostenimiento en Paz y convivencia de los nuevos modelos de organización social y económica que está reclamando el mundo, cuando ya el capitalismo salvaje es incapaz de brindar salidas dignas frente a los desafíos que plantea la raza humana y su estrecha e íntima relación con el medio ambiente.

Los resultados de las múltiples generaciones de migrantes que arribaron a Colombia son altamente satisfactorios. Fusionaron su cultura con las nuestras, impulsaron modelos de producción rentables, activaron los mecanismos de comercio facilitando el ingreso de nuevos productos y la exportación de los producidos aquí y se articularon de manera dinámica y abierta para ayudar al progreso que reclamaban nuestras provincias. Este balance positivo, dado a nivel mundial, es el que tiene que ver y valorar Europa, en estos momentos donde sangre nueva y joven está pidiendo ser tenida en cuenta para construir juntos el nuevo futuro que será ejemplo para la humanidad.

Desde las dimensiones del recuerdo surge la imagen sabia de mi abuelo señalando con su cristalino ejemplo el tratamiento decoroso y humano que las nuevas generaciones deben brindar a los migrantes que tocan a sus puertas, en cualquier parte del ancho mundo.

Edición 464 – Semana del 18 al 24 de septiembre de 2015
   
 
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