Jharry Martínez Restrepo
  Analista en proceso político y elecciones –
Corporación Viva La Ciudadanía, Regional Antioquia
 
   
 

Muy a las 6 p.m. del pasado domingo 25 de octubre el presidente de la republica presentó un breve balance de la jornada electoral en el que resaltaba lo pacíficas y exitosas estas elecciones en términos de orden público y lo significativo de esto en términos de la posible y cercana firma de los acuerdos de la Habana. Lo que olvidó mencionar Juan Manuel Santos más allá de la hasta ese momento calma electoral (puesto que aún no se conocía la noticia de la muerte de los uniformados en Guican – Boyacá, ni de los desórdenes en varios municipios), era que por pacíficas y exitosas se entiende ausentes de violencia y no necesariamente democráticas ni mucho menos transparentes.

La Compra y venta de votos, los tarjetones previamente marcados, las amenazas al sufragante, la publicidad política en puesto de votación, el desconocimiento de las normas electorales por parte de jurados y testigos y la participación en política de funcionarios públicos son algunos de los hechos que a fuerza de costumbre se han vuelto “normales” a la hora de las elecciones populares en nuestro país, y si bien es cierto estas y otras tantas acciones que atentan contra el sistema electoral colombiano son un lastre para la democracia es innegable que son igualmente un obstáculo para la paz y en eso es necesario asumir un compromiso tanto gubernamental como ciudadano.

Desde que comenzaron los diálogos en busca de acuerdos para la finalización del conflicto armado con las Farc – Ep, el país se ha sumido en una especie de expectante espera. Con cierta frecuencia algún medio publica un comentario, una declaración o una incidencia ya sea a favor o en contra de los diálogos, mientras que la inmensa mayoría del pueblo colombiano esperamos el momento de pasar al frente y tomar una decisión sobre unos acuerdos que no son solo la resolución de un conflicto entre víctimas y victimarios ni entre gobierno y guerrilla sino la terminación de una guerra de la que todos de manera directa o indirecta somos parte. Sin embargo es evidente que la implementación de los acuerdos, la terminación de la guerra y la realización de las acciones necesarias para la paz necesitan una sociedad diferente a aquella que se forjó como resultado del conflicto y por ello no es suficiente con esperar la refrendación; Las y los colombianos tenemos un papel tan importante como el de los delegados que dialogan en la mesa y es la tarea de convertirnos en una sociedad distinta, con otras prácticas que permitan resultados diferentes a aquellos que nos condujeron y nos mantuvieron tanto tiempo en conflicto. Los acuerdos de la Habana serán infructuosos si como sociedad no propiciamos un cambio al interior que nos libere de aquellas prácticas nocivas y tramposas de las cuales solo resultan frustraciones y odios. Y en eso, señor Presidente las pasadas elecciones locales se rajaron o mejor como sociedad nos rajamos en ellas, no solo porque al final se eligieron en tantos lugares candidatos con clarísimos vínculos ilegales o porque de nuevo la politiquería logró su cometido, ni por las bochornosas cifras de colombianos en trashumancia y lo improvisado de las medidas al respecto, mucho menos por la evidencia de que en campaña todo vale y de que en época electoral cumplir con las normas es ponerse en desventaja frente a las demás campañas. No, como sociedad nos rajamos porque complacientemente aceptamos la ilegalidad, porque aunque en mucho puestos de votación era evidente la trampa no hicimos nada o peor participamos de ella, nos rajamos porque hemos aceptado que así es como se hace la política y pretendemos lavarnos las manos con la falsa premisa de que las acciones de uno solo no van a hacer diferencia.

La paz necesita acciones de paz, de lo contrario es un eslogan vacío, una frase a repetir cuyo único alcance es mediático y nunca practico. No se me ocurre un ejemplo más contundente de la realización de una paz en una democracia que la posibilidad de elegir y ser elegido en libertad con cumplimiento de las normas y con transparencia, de allí que no puede ser que las ultimas elecciones locales en nuestro país antes de la firma de los acuerdos sean un precedente tan negativo a este anhelado porvenir.

Sin embargo siempre existen acciones ciudadanas que pueden prepararnos para la paz, transformarnos para poder trasformar nuestro entorno y que tendrían que comenzar por hacer un balance interior de nuestras actitudes en relación con la consecución de una sociedad distinta para luego dar pasos en ese sentido, acciones como las veedurías ciudadanas a los planes de desarrollo, el seguimiento a los programas de gobierno y el control ciudadano a las acciones de aquellos hoy elegidos, entre otras pueden no solo cambiar el curso de la administración pública sino además consolidar un escenario propicio para pasar de la finalización del conflicto armado a la consecución de la paz puesto que si bien es cierto para finalizar el conflicto solo se necesita el cese de la guerra, para la consecución de la paz se necesita el inicio de acciones de paz por parte de todos y cada uno de nosotros.

Preguntarnos sobre el compromiso de los alcaldes elegidos en la implementación de los acuerdos, indagar sobre las propuestas de paz en los programas de gobierno, exigir que este sea un tema fundante en las decisiones de la administración pública para los próximos años y realizar una efectiva veeduría ciudadana al manejo financiero, político y administrativo de nuestros nuevos mandatarios locales es no solo una posibilidad sino una obligación de todos y todas para que por fin empecemos a dar pasos hacia ese país que todos queremos y que nos ha sido tan esquivo.

Edición 470 – Semana del 30 de octubre al 5 de noviembre de 2015
   
 
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