Álvaro González Uribe
  Abogado, escritor y columnista – @alvarogonzalezu
 
   
 

Hay varias interpretaciones sobre el origen de la tal “alborada” que en los últimos años ha convertido la noche final de noviembre y principio de diciembre en una pesadilla para Medellín y municipios aledaños. Miles de incontrolables truenos de pólvora detonante cada año toman más fuerza pese a las campañas en contra.

Algunos dicen que dicha práctica es la réplica anual de la celebración que en el 2003 hicieron los narcoparamilitares de Medellín por su desmovilización, luego malograda. No estoy tan seguro. En primer lugar, aunque en menor escala, dicho fenómeno no era nuevo, y, en segundo lugar, ya han pasado 12 años y el hecho continúa -incluso creciendo- pese a que el panorama y las estructuras delincuenciales son otros porque han mutado en actores, modo y cantidad.

Es importante conocer el origen del fenómeno porque ayuda a su comprensión para lograr aunque sea reducirlo, pero en este momento es clave analizar sin especulaciones quiénes lo causan hoy, sus circunstancias de tiempo modo y lugar, y, en especial, por qué las autoridades y la ciudadanía hemos sido impotentes.

Lo primero es analizar la triste realidad actual: la reciente “alborada” se incrementó a la par que las campañas en su contra, es decir, a más campañas opositoras la respuesta es más pólvora. ¿Se trata entonces de un desafío? Hace un año así lo escribí en esta columna y me sostengo. Las causas son actuales. Por tanto, debemos buscar en el hoy las razones y no en un hecho de hace 12 años cuya mayoría de autores ya murió o está en la cárcel (sus capos en EE. UU.), sin negar que Medellín sigue inundada de bandas y combos, pero de tercera y más generaciones.

Es que las organizaciones criminales en Colombia mutan con rapidez y cambian vertiginosamente de jefes. A jefe capturado o muerto jefe puesto. No creo que la costumbre de la “alborada” haya seguido siendo un símbolo atribuible a la criminalidad, aunque no descarto que algunos miembros de bandas participen en ella.

Yo sigo insistiendo en que la “alborada” desde hace varios años es más bien un reto, una cuenta de cobro que algunos ciudadanos le pasan a la Medellín “culta” y formal, valiéndose en este caso de la vieja costumbre polvorera paisa. Mi apreciación en parte se nutre de cierto instinto: cada que escucho un volador siento que alguien se quiere vengar, decirle a la ciudad, a la institucionalidad, que sus campañas y llamados en prensa y redes sociales le importan un pito, o un volador. Es su manera de autoincluirse en la ciudad, en “su” ciudad diferente: “¡Aquí también vivimos!”.

Por eso es tan complejo acabar con esta práctica: sus raíces yacen en lo profundo de nuestra sociedad excluyente e inequitativa. La Medellín de los premios -que no critico-, de los grandes eventos, de los parques y hermosas construcciones, de los intercambios viales, de la innovación y la tecnología, la Medellín del Metro y del tranvía, sigue brillando para propios y extraños con sobradas razones y merecimientos. Pero hay otra Medellín para cuyos habitantes, por un lado, no alcanza tanta modernidad y, por otro lado, le tiene sin cuidado ese fulgor aunque pueda disfrutarlo.

Es que como sucede en muchas ciudades del mundo, parte de la población de Medellín vive en la pobreza -no siempre extrema- y es excluida, indiferente o ignorante de los logros de ciudad; pero hay otra parte que, aunque pueda, no le interesa disfrutar el brillo plateado de la tacita. Tiene otros códigos sociales, otros faros, otra forma de ver la vida. Junto con diversos fenómenos la mafia ha influido en su formación, pero no es mafiosa ni lo ha sido.

Para corroborar o descartar mi tesis, ojalá que alguna universidad o institución investiguen de lleno este fenómeno aún difuso. Caracterizar a los ciudadanos partícipes de la “alborada”, ahondar en ellos desechando el facilismo de que son mafiosos: a qué estrato pertenecen, qué barrios habitan, cuál es su ocupación, edad y demás condiciones sociales, de dónde sacan el dinero, en fin, quizá encontremos muchas sorpresas como yo sospecho.

Edición 475 – Semana del 4 al 10 de Diciembre de 2015
   
 
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