El fin del ciclo no solo es político…
también es económico y social

 
La burguesía emergente en América Latina hoy es un actor social, económico y político presente en todos nuestros países, más visible en los países andinos, pero camuflado en las demás naciones. Se expresa políticamente en forma diversa, ya sea dentro de los partidos de la nueva derecha populista, en los partidos tradicionales o en las expresiones “progresistas” y de la “izquierda tradicional”.
 
Fernando Dorado
 
Activista Social
 
 

“La burguesía financiera nos lleva a los trabajadores 100 años de ventaja en la aplicación del pensamiento sistémico-complejo a la lucha política. Por eso, a pesar de la crisis profunda del capitalismo, nos divide y nos derrota cuando quiere.”

No podemos ser ciegos ni tímidos. Hay que decir las cosas como son, mostrar la realidad que está ante nuestros ojos e intentar ayudar a construir nuevos caminos. El imperio y las oligarquías regionales nos están derrotando de diversas formas. En elecciones locales, regionales, parlamentarias, presidenciales y referendos. Igualmente, con “golpes blandos” usando la institucionalidad del Estado heredado que nosotros sostuvimos durante estos 16 años. Pero, estamos seguros que también utilizarán golpes duros y cruentos si los llegan a necesitar. Y nos incluimos porque, de una u otra manera, apoyamos los procesos y gobiernos “progresistas”, aunque siempre –y sin ser escuchados– planteando alertas críticas.

Hasta antes del golpe contra Dilma la mayoría de analistas se resistían a ver la realidad. Otros acusaban a quienes hablamos de “declive” como catastrofistas o a veces como enemigos. Se rechazaba también la definición de “fin de ciclo”. Algunos más sólo aceptaban la existencia de errores puntuales, fallas en los cálculos o alianzas electorales, problemas de momento. Otros más, buscaban la explicación exclusivamente en el papel de los medios de comunicación. Diversos analistas reconocían que era obra de una ofensiva imperial contra los pueblos de América Latina pero sin reconocer nuestra propia responsabilidad.

Hoy ya aparecen aquellos que en verdad quieren encontrar las causas de esta verdadera hecatombe política que estamos viviendo los pueblos de la región. Sin embargo, todavía perduran los análisis planos de quienes no se involucraron en los proyectos independentistas, nacionalistas y democráticos, y ahora con facilismo dicen… ¡Se lo dijimos!, pero no pueden hacer nada más que hacerse a un lado porque por su actitud “purista”, hoy tampoco tienen la más mínima influencia para poder plantear salidas, replanteamientos, nuevas miradas, otros caminos.

Lo que sí es claro es que hay que reconocer que no es un problema coyuntural. La crisis es profunda, sistémica y estructural. No es un problema menor el que estamos viviendo. Algunos proponen asimilar lo ocurrido con el Chile de 1971 (guerra económica, golpe militar e intervención imperial) o con la Nicaragua de 1990 (derrota electoral de los Sandinistas frente a Violeta Chamorro y recuperación inmediata del gobierno en las siguientes elecciones). Pero, si hacemos bien la comparación nos daremos cuenta que son situaciones bien diferentes.

En Nicaragua la revolución triunfante fue obra de una insurrección popular armada contra una dictadura pro-imperialista. Las fuerzas revolucionarias derrotaron plenamente a las oligarquías, construyeron un nuevo ejército y consolidaron una Hegemonía Social y Política que podía implementar formas democráticas representativas para neutralizar al imperio y a la “contra”, ganando para el régimen sandinista a las grandes mayorías nacionales. El triunfo de Violeta Chamorro no fue un triunfo de la derecha extrema y fue asimilado tranquilamente por la revolución sandinista para corregir ciertas políticas y comportamientos desacertados. Se mostró flexibilidad y capacidad de retroalimentación. (Hoy no vemos eso).

En el Chile de Salvador Allende la situación era totalmente diferente. Era la primera vez que una coalición popular encabezada por un líder decididamente de izquierda llegaba por medios electorales a la presidencia de una nación latinoamericana en medio de un ambiente anticomunista liderado por el gobierno de los EE.UU. Además, se vivía la tensión de la “guerra fría” entre la URSS y USA. El imperio y las oligarquías regionales tenían toda la capacidad para aplastar por la fuerza todo intento independentista y con visos socialistas. Es el aspecto principal. Seguramente se cometieron errores, pero allí no hubo margen de acción.

Hoy estamos sufriendo una seguidilla de derrotas después de haber “manejado” el Estado heredado por más de 16 años, administrando una relativa bonanza extractivista que no supimos “sembrar” y haber debilitado sistemáticamente (seguro, inconscientemente) el movimiento social sobre el cual se llegó a los gobiernos. Y aquí estamos… casi sin capacidad de reacción, sin posibilidades de diseñar un viraje estratégico. Si acaso… más de lo mismo1.

La derrota es de todos y no sólo de los “progresistas”

En la izquierda y otros movimientos sociales “no progresistas” creen que las derrotas que nos están propinando las oligarquías y el imperio en América Latina no los toca a ellos. Se equivocan de cabo a rabo. Las derrotas electorales en Bogotá, Argentina, Venezuela, Bolivia y el “golpe blando” contra Dilma, Lula y el PT en Brasil, son parte de una derrota política e histórica de los trabajadores y del movimiento popular de toda la región.

Por eso no es sólo el fracaso de las corrientes “progresistas”, como algunos creen. Es de toda la izquierda. No fuimos capaces de ayudar a conducir las valerosas luchas y rebeliones populares anti-neoliberales para avanzar por caminos certeros y pensando en grande. Las propuestas anti-sistémicas y las iniciativas post-capitalistas no las teníamos listas. La derrota histórica del “socialismo del siglo XX” no la habíamos asimilado y los nuevos retos nos cogieron despistados. Y nos ilusionamos con el “Estado heredado”.

Por ello la actitud correcta debe ser la de afirmar con honradez: “Lo intentamos y nos derrotaron. Por lo menos lo intentamos… ahora hay que evaluar, aprender y avanzar”.

Un aspecto para tener en cuenta en los balances:
el papel de la burguesía emergente

La burguesía emergente en América Latina hoy es un actor social, económico y político presente en todos nuestros países, más visible en los países andinos, pero camuflado en las demás naciones. Se expresa políticamente en forma diversa, ya sea dentro de los partidos de la nueva derecha populista, en los partidos tradicionales o en las expresiones “progresistas” y de la “izquierda tradicional”. Es un factor a tener en cuenta en los balances que realicemos en adelante. Apareció paulatinamente copando áreas económicas no cubiertas o no controladas por las burguesías tradicionales y las trans-nacionalizadas y, se fortalece políticamente ante la ausencia de las expresiones nítidas del proletariado revolucionario.

Esa burguesía emergente surge de las elites económicas de los pequeños y medianos productores rurales y urbanos, campesinos ricos y medios (sean indígenas, mestizos o afros), y en algunos casos también ha aparecido pegada a los procesos de burocratización “estatista” de las cúpulas de los movimientos sociales surgidos en las décadas de los años 80 y 90. Parte de esa burguesía emergente se ha alimentado de capitalizar dineros y recursos ligados a economías ilegales (tráfico de drogas, armas, insumos, personas, contrabando, minería ilegal, juego, pornografía, crédito agiotista y otras). Una mínima parte de los “profesionales precariados” también logra saltar la cerca y convertirse en “nuevos empresarios”.

Esta burguesía emergente se introduce en los “procesos de cambio”, se camufla en los proyectos progresistas y de izquierda, usa ONG y empresas contratistas para captar recursos estatales y logra cooptar a muchos dirigentes de las organizaciones sociales, que venían de procesos organizativos sueltos, que rechazaban las ideas revolucionarias y “marxistas”, totalmente desarmados ideológicamente por las teorías de los “nuevos movimientos sociales”, con fuertes prevenciones anti-partidarias y rechazo total al “obrerismo” o a lo que oliera a proletariado.

Y claro, la “ortodoxia leninista o trotskista” de los grupos o partidos de izquierda existentes, sus verticalismos y centralismos anti-democráticos, su esquematismo mesiánico, su doctrinarismo dogmático, su lenguaje acartonado y sus propuestas fundamentalistas y estrategistas, contribuyeron también para que esa nueva dirigencia social quedara a expensas de la influencia de la burguesía tradicional, del imperio a través de poderosísimas ONG internacionales o de las prebendas de la burguesía emergente.

Por ello es necesario que seamos conscientes que estamos frente al final de un ciclo no sólo en lo político sino en lo económico y social. Las ilusiones en las posibilidades transformadoras y anti-capitalistas de las “clases subalternas”, especialmente campesinas, sean indígenas, mestizas o afros, deben ser desechadas. Las bases pobres y medias de estos sectores sociales, que fueron las dinamizadoras de las luchas del anterior ciclo de luchas anti-neoliberales, han quedado enganchadas al capitalismo “andino” o “comunitario” que en su proceso de surgimiento se alimentó de los recursos que dejó el extractivismo y la economía del narcotráfico en la región.

Pero además, éste es un capitalismo muy endeble, totalmente subordinado a la economía parasitaria que se ha fortalecido y ensanchado en el campo de los servicios y del comercio, pero que no ha construido cimientos consistentes en la industria de la transformación para poder siquiera competir con cierta autonomía en el marco de la economía globalizada. Es un precario capitalismo incipiente que depende totalmente de los paquetes tecnológicos cibernéticos del mundo híper-desarrollado, del “software” informático de las potencias económicas y del poder especulador de la burguesía financiera global.

Conclusión

Hemos venido insistiendo en la necesidad de un replanteamiento. De volver a Marx para revolucionar a Marx y adecuarlo a nuestras realidades actuales. El pensamiento de Marx fue petrificado, reducido a una doctrina y a un recetario dogmático, mecanicista, reduccionista, economista, estrecho, y por eso, ello ha impedido que los grandes avances de las ciencias que le han dado vida al “pensamiento sistémico-complejo no lineal” no hayan sido integrados a la lucha revolucionaria de los trabajadores.

Las enormes lecciones que debemos elaborar de estas experiencias deben ser obra de una gran corriente de pensamiento crítico que debe surgir del seno de los trabajadores y de la intelectualidad revolucionaria. Lo importante es que reconozcamos nuestras limitaciones y errores y desarrollemos un gran debate al interior de los partidos políticos y de las organizaciones sociales. Nuevos sujetos sociales (el Nuevo Proletariado Precariado) está apareciendo y van a requerir de ese nuevo pensamiento crítico para conducir sus luchas.

1 En Brasil, Bolivia y Argentina, la dependencia de las figuras políticas es absoluta. La esperanza es que Lula pueda ser nuevamente candidato en 2018, al igual que Evo en 2019, y lo mismo Cristina en Argentina. ¡Más de lo mismo!

Edición 496 – Semana del 27 de Mayo al 2 de Junio de 2016
   
 
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