De nuevo en Río de Janeiro

 

Me sorprendió gratamente encontrar en Río de Janeiro una población civil disciplinada y cumpliendo cuidadosamente todas las recomendaciones médicas, evitando las aglomeraciones y usando indefectiblemente el tapaboca en el metro, bus y en el tranvía que sube hasta los pies de El Cristo del Corcovado.

 
Alonso Ojeda Awad
 
Vicepresidente Comité de Protección y Defensa Derechos Humanos – CPDH
 
 

No pensé que en plena pandemia del Covid-19 me correspondiera volver al inolvidable Rio de Janeiro, para visitar su impresionante bahía de Guanabara y observar sus míticas playas de Ipanema y Copacabana, lugares emblemáticos del más famoso poeta carioca, dramaturgo, periodista, diplomático, cantante y compositor brasileño Marcus Vinicius de Moraes, un bohemio empedernido que le dio todas las alas al “bossa Nova”, para que se tomara por siempre, el corazón festivo de los brasileros.

Debo reconocer que me acompañaron varios temores frente la incertidumbre de un viaje marcado por los riesgos y sin tener todavía la seguridad que nos pueda brindar la vacuna esperada. Ante la necesidad de realizar el viaje decidimos tomar todas las medidas recomendadas por mi sobrina médica Marcela Villegas Ojeda, y embarcarnos en el vuelo directo que sale a las 9:00 pm. de Bogotá y aterriza en el aeropuerto internacional de Rio, seis horas y media más tarde.

El viaje fue excelente, cumpliendo durante todo el recorrido las exigentes medidas de seguridad como: portar todo el tiempo dentro del avión el tapaboca recomendado, limitar el uso del baño a los casos realmente necesarios. Una cuidadosa tripulación suministró orientaciones claras y oportunas en todo momento. El avión mantuvo la silla de la fila del medio desocupada, haciendo más liviano y menos estresante el viaje.

Me sorprendió gratamente encontrar en Río de Janeiro una población civil disciplinada y cumpliendo cuidadosamente todas las recomendaciones médicas, evitando las aglomeraciones y usando indefectiblemente el tapaboca en el metro, bus y en el tranvía que sube hasta los pies de El Cristo del Corcovado.

Recuerdo que la última vez que estuve en Río fue en las Navidades de 2019, cuando ya se estaba declarando la emergencia mundial por la presencia mortal del Covid-19 en varias partes del mundo. Me impactó el dinamismo y la belleza natural de esta ciudad. La entendí como una ciudad frenética de día y de noche, con múltiples actividades comerciales, culturales y políticas, de tierra y mar.

Hoy que he regresado, me encuentro con una ciudad más sosegada, tranquila y cuidadosa con sus reuniones. Entiende que vivimos una cruda pandemia y debemos volvernos verdaderos ciudadanos del mundo, más respetuosos con sus mares, sus aguas, sus bellas montañas y su medio ambiente que tanto espera del Brasil.

Me impacta la madurez de sus sufridos habitantes en medio de sus profundas limitaciones. Hay algo que admiro, Río por sus añejas construcciones no tiene parqueaderos privados para guardar su parque automotor, por tal motivo los automóviles y motocicletas son parqueadas en sus calles y el nivel de robos de estos es mínimo a diferencia de lo que ocurre en Bogotá.

En las escasas reuniones que he podido mantener con mis amigos profesionales y de la cultura carioca, la gran esperanza está depositada en la aplicación masiva de la vacuna que le brinde inmunidad activa a toda la población brasilera. Por ahora su famoso y emblemático carnaval de Rio está suspendido hasta nuevas consideraciones y su legendario estadio de Maracaná, es una estructura sola, esperando a sus ardientes y comprometidos hinchas para cantar el gol que les hace tanta falta y que todos los brasileros llevan en su sangre.

En el entretanto yo también me convierto en un carioca de cepa y le pido en forma vehemente al milagroso Cristo de El Corcovado nos proteja del Covid-19, mientras nos vacunamos.

Edición 711 – Semana del 5 al 11 de diciembre de 2020
   
 
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