Comte y el Fetichismo

 

El nombre de Auguste Comte está asociado a una sociología muy particular, y es la que comporta una ligazón de la materia con el espíritu, las cosas y su animación, siempre una complementariedad, nada que se le parezca a una separación…

 
Mauricio Castaño H.
 
Historiador – ColombiaKrítica
 
 

Lo ordinario pasa desapercibido en nuestras vidas sin que siquiera se note, no llama nuestra atención, la quebrada sigue siendo quebrada mientras sus aguas corren río abajo. En cambio, lo extraordinario merece explicación por su rareza o al menos porque inquieta a nuestro entendimiento o incomprensión. ¿Quién no se cuestiona el por qué de la naturaleza bravía con sus huracanes, con sus rayos y centellas que amenazan muerte? Esto de la naturaleza humana que requiere explicar lo extraordinario, fue objeto del sociólogo Auguste Comte, así lo hizo notar el profesor Luis Alfonso Paláu basado en el historiador de las ciencias Francois Dagognet en su artículo “Sobre una cierta unidad del pensamiento de Augusto Comte: ¿ciencia y religión inseparables?”, publicado en la Revista Sociología Nro. 20, 1997 en la ciudad de Medellín. Escrito este que citaremos para exponer algunas de sus ideas que llamaron nuestro interés.

El nombre de Auguste Comte está asociado a una sociología muy particular, y es la que comporta una ligazón de la materia con el espíritu, las cosas y su animación, siempre una complementariedad, nada que se le parezca a una separación: “No existe ninguna duda para nosotros: la sociología trabaja sobre todo en ·revelar la organización, en iluminar el valor de los lazos sociales, y en arrancarnos a las concepciones anteriores del Atomismo social, a las filosofías del Derecho natural o del Contrato…” (p. 77) (...) “La existencia más pobre no puede desenvolverse en el vacío ella debe ponerse de acuerdo con las circunstancias y con las condiciones”. (p.72). Esto permite decir que la condición humana, por llamarla de cualquier manera, implica explicar el mundo, la historia del pensamiento no puede ser otra cosa que la adecuación de lo humano en su existencia, en su propia experiencia. Las ciencias duras como blandas, así como las religiones construyen explicaciones a este humano sentir, a esta necesidad humana de buscar respuestas a lo extraordinario, a lo que se escapa a su comprensión.

El Ser en el mundo se ve avocado a comprenderlo, la existencia humana requiere de explicar su entorno, el mundo que le ha tocado vivir, ello es así en los diferentes sistemas teológicos que imaginan, friccionan a través de sus dioses confeccionados. Otro tanto sucede con las disciplinas científicas que se proponen ordenar o clasificar el mundo, aprehender para explicarlo. Las matemáticas son una de ellas, que a decir de Dagognet “son definidas como una física del objeto cualquiera. Ellas examinan más bien la materialidad exangüe que la idealidad; por lo demás, de acá su valor: liberadas de las particularidades embarazosas, ellas autorizan aproximaciones y coordinaciones, sirven a la extensión del espíritu científico, ponen fin a las singularidades” favorables a la física metafísica. Se preocupan pues de las puras cantidades o de las solas relaciones entre los elementos. A este respecto se comprende también el culto dedicado a Descartes, porque con él la geometría (el espacio, la situación) ha sido reducida al análisis (la dimensión), y ello con el fin de aprehender mejor la “forma” misma y también, a través de ella, la serie de todas las formas imaginables o posibles. (...) Se trata de un paso de la cualidad a la cantidad que la especifica mejor. Por ello no se abandona el suelo de lo real, al contrario, se lo aprehende en su constitución. Se lo capta incluso en su ley generadora y, a partir de allí, se multiplican los datos. En suma, la matemática, o ciencia de las relaciones, mejor que ninguna otra disciplina, nos aleja del falso real y penetra también en una fenomenidad a la que limpia de sus sombras ontológicas (Ejemplo, Fourier y la termología) P. 69.

Anudar el ser con el mundo físico, con lo real fue lo propio de Comte, abogar por su complementariedad, por su mezcla y evitar cualquier intento de separatividad, por ello el espacio y la existencia humana que en él se desarrolla, dos conceptos claves permiten su comprensión o lo hacen posible como son el espacio físico como tal, lo Real, y el medio en tanto intercambiador entre uno y otro. Ni la más mínima interioridad existencial se puede sustraer, escapar del mundo físico, de lo real, no existe órgano sin función como tampoco desligado de su entorno, del medio que lo rodea, en suma, es una sociología terrestre y en sus anclajes: “De un extremo al otro de su obra, la filosofía de Comte libra la guerra a la ontología, desarrolla una concepción “localizadora”. De aquí resultan numerosas consecuencias; desprendamos algunas de aquellas que podrían fortalecer nuestra conclusión: la consagración de los lugares y de los medios”. (p. 71). Y para mayor precisión que se aboga por una integralidad y se combate lo que pretenda su separatividad: “Dos actitudes contrarias, aunque muy comparables, hay que proscribir: el materialismo empobrecedor, que todo lo Iguala, pero también el espiritualismo, el que nos aleja demasiado de la realidad, del examen de las condiciones de la positividad. En los dos casos, perdemos la “existencia” misma”. (p. 75). “Esta es una de las más bellas fórmulas del Sistema: A menudo se ven cuerpos sin alma, pero no se ve ninguna alma sin cuerpo”. (p. 73).

Tres zonas son consideradas en su propuesta sociológica que dicen de consolidar la frágil existencia humana ligada o fijada a una forma fija como por ejemplo a una vivienda, domicilio, dando arraigo, sentido de pertenencia a un lugar bien sea ciudad o pueblo, esto es un sello de lo espiritual con lo material por ello la expresión de El verdadero genio teórico consiste sobre todo en ligar, en la medida de lo posible, todos los fenómenos y todos los seres: “Comte sólo considerará tres zonas: la Intelectual, la afectiva, la sensorio motriz, no sin dejar de conceder la mayor Importancia a la segunda, mediana, continua”. (p. 74). “Se iluminarán los diferentes escalones jerarquizados del ser social: la familia, la profesión y el trabajo, la nación con su doble poder temporal y espiritual, la tradición. Se sabe también la importancia reconocida al ser familiar, al papel que en su seno tiene la mujer (esposa y madre) que no sabe jugar una función productora en la ciudad sino asegurar solamente la preeminencia de lo afectivo, en una comunidad de base (el hogar) donde ella detenta el poder espiritual”. (p. 77)

Esta ligazón de lo real con lo social, del cuerpo con el espíritu, llevó a Comte a diseñar una religión enemiga de lo interior, de corte materialista que da cuenta de esa existencia humana que requiere de conexiones con saberes que expliquen todo eso inexplicable o extraordinario y que liguen el adentro con el afuera, una religión acorde a la época industrial que tenga por insignia el Orden y el Progreso: “El momento de la sacralidad no puede ser considerado como secundario; la religión significa la alianza del hombre consigo mismo y con los otros, el verdadero universal concreto. Ella corresponde menos a la sociedad que a la humanidad puesto que los muertos cuentan más aún que los vivos. Pero, sobre todo, lo que la especifica se manifiesta por medio de actos, gestos e imágenes, un amplio conjunto de prácticas comunitarias, sacramentos, un calendario, un culto, un catecismo, fiestas, un sacerdocio. El Gran-Ser vive a través de la celebración del “cuerpo social”; ni evasiones, ni proyecciones imaginarias, ni idealizaciones, ni extravagancias, los ritos presentifican y vivifican esta existencia. No se los puede considerar circunstanciales, ni siquiera mirarlos como una irrisoria imitación de las solemnidades cristianas” (p.78)

Esta religión materialista liga o tiene por función la necesaria cohesión social del viviente humano: “No entraremos en el detalle del “culto” que, evidentemente, rebasa el dogma; la religión se comprende a través de las ceremonias, de los compromisos, una liturgia, ritos, una alimentación y un régimen, en resumen, todo un conjunto destinado a vivificar la comunidad a la cual pertenecemos y en la cual nos alojamos. Sobre todo, Comte debía proponer a la vez una teoría de un desarrollo seguro (dinámico) y la de un consenso efectivo; de aquí el reconocimiento del proletariado, su preocupación” (p.78). “Por lo demás, el Gran-Ser significa el fin de las separaciones; equivale a un Nosotros; comprende por lo demás la sobrevivencia de los muertos que continúan actuando más que nunca; marca el retroceso del ser aislado, incomprensible y mistificado. Correlativamente, nosotros le concedemos valor y peso a lo que ha parecido a menudo extravagante o insignificante, o incluso mimético”. (p.79)

Dagognet da su conclusión en donde rescata a este pensador que es Comte, rescatado por la sombra de las ciencias mayores que son impuestas en las facultades universitarias, en el imperialismo del pensamiento, en esa ciencia de Estado. La de Comte es una ciencia minoritaria en tanto no es la mayoritariamente estudiada, es más bien una ciencia nómada en tano sólo unos pocos la transitan, pero leamos a Francois Dagognet: “Lo que hemos expuesto ha sido ya subrayado y comentado, pero nosotros hemos querido insistir sobre lo que religa estas tres regiones que no se desprenden y que se tocan: las Ciencias, la Sociedad, la Religión. Augusto Comte ha desarrollado aquí una auténtica filosofía de lo terrestre y de la implantación. De aquí, en parte, su defensa del fetichismo, la importancia del espacio, del medio y del lugar, la preocupación por la corporeidad, las ataduras y los afectos, es decir un amor efectivo que cuenta más que la fe, lo verdaderamente concreto, la voluntad de desposar la marcha de su tiempo o de vivir en él el crecimiento. Estos temas y otros. Quizás hemos amplificado matices, pero queríamos refrescar el positivismo tan caricaturizado, por regla general, demasiado recubierto de gris; queríamos incluso modernizarlo puesto que discernimos en él reflejos de una Teología de la Liberación”, de una guerra “a la locura de lo Absoluto”, de un cierto existencialismo, del cuidado por los valores terrestres y del habitar (la casa, el lugar, el cuerpo). Un metafísico de lo real y, por ello mismo, enemigo de las viejas metafísicas –sin fundamento– reprobadas por la ciencia como por el desarrollo, favorables también a poderes sociales que instituyen los privilegios y quiebran la realidad del “cuerpo social”. P.79.

Finalmente, el concepto fetiche es esa pieza que anuda lo real con abstracto o espiritual, ese símbolo capaz de contener esa materia evocada por el viviente humano, en nuestras tierras, en nuestros pueblos en su sabiduría popular se le llama amuleto, ese cuasi objeto simbólico que nos vincula con ese real añorado es un virtual si se quiere mítico. Recuerdo una frase de Levi Struass que puede explicar bien el sentido que se quiere expresar y refiere a su hacer investigativo: Su trabajo consistía en tratar de explicar como los mitos se pensaban en los hombres sin que siquiera lo notaran, y no al contrario. En otras palabras, es la historicidad de los mitos o del pensamiento que se quiere rastrear en el hombre a través de sus rastros, de sus huellas simbólicas, de la subjetividad que consta de lo espiritual y lo material. Fue todo esto lo que nos motivó a presentar estas líneas de reflexión de Dagognet sobre Comte.

Edición 713 – Semana del 19 de diciembre a enero de 2021
   
 
Importante: Cada autor es responsable de sus ideas y no compromete el pensamiento de Viva la Ciudadanía.
Se permite la reproducción de nuestros artículos siempre y cuando se cite la fuente.
 
 
 
 
comentarios suministrados por Disqus