Del fanatismo marxista al fanatismo religioso

 

Durante muchos años los seguidores dogmáticos del marxismo creyeron a pie juntillas que él servía para explicarlo todo; repetían sin duda –siguiendo los manuales soviéticos– que el marxismo era la ciencia general de las leyes del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento.

 
Antonio Mora Vélez1
 
 

“Lo que más se parece a un comunista dogmático es un conservador”.
Juan Viana2

Hay algunas frases de Marx y Engels que inducen a pensar que el marxismo no es una filosofía acabada ni mucho menos un catálogo de dogmas que se deben cumplir al pie de la letra sin sujeción a los cambios de la historia. Como cuando Marx dice en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 que “el comunismo no es, en cuanto tal, la meta del desarrollo humano, la forma de la sociedad humana”, lo que descarta la tesis de considerarlo fase última del desarrollo de la sociedad humana y lo coloca como una etapa más de la historia. O como cuando Engels en el Anti-Duhring sostiene que “Desde el momento que se pide a cada ciencia dé cuenta de su posición en el conjunto total de las cosas y del conocimiento de las cosas, tornase superflua una ciencia especial del conjunto…”. Aparte de la lógica dialéctica y la teoría del conocimiento, en el papel metodológico, para todo lo demás son suficientes, según Engels, “la ciencia positiva de la naturaleza y de la historia”. Dicho de otro modo, el marxismo como teoría general para explicarlo todo y señalarle el rumbo a la sociedad, a las ciencias y al pensamiento no era algo en lo que creyeran mucho sus fundadores.

Durante muchos años los seguidores dogmáticos del marxismo creyeron a pie juntillas que él servía para explicarlo todo; repetían sin duda –siguiendo los manuales soviéticos– que el marxismo era la ciencia general de las leyes del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del pensamiento. Y para tal efecto lo dividían en tres partes: el materialismo dialéctico, el materialismo histórico y la lógica dialéctica. Y echaban por la borda la afirmación de Engels en el Anti-Duhring arriba citada. Y repetían, sin pensar en la frase de Marx de Los manuscritos, que el comunismo era el fin de una historia humana basada en la dominación de unas clases sociales y en sus luchas con las clases dominadas, la sociedad perfecta que ya no admitía otro grado de perfectibilidad, dicho en términos religiosos: el reino de Dios, el nirvana.

Pero la historia, que es la suprema jueza de la vida, ha demostrado que todos los fenómenos naturales, sociales y del pensamiento no tienen que ser interpretados por el marxismo para ser verdad. Las ciencias particulares –al tenor de la cita de Engels– lo están haciendo y mejor. Valgan como ejemplos la teoría de la simulación del universo que han propuesto algunos astrofísicos y la no menos fantástica tesis de que una nueva partícula de la materia oscura puede ser el puente entre nuestro universo y otro de cinco dimensiones. Y, de otra parte, lo que ha ocurrido en la antigua URSS, en China y en el extinto campo socialista, sucesos inimaginables hace varios años y que se han encargado de demoler todo ese edificio dogmático en lo que se refiere a la imposibilidad de que la historia marche hacia atrás, como se decía para justificar el paso victorioso de todos los países que habían escogido esa hoja de ruta socialista para sus pueblos. Y la verdad, como sabemos, es que la historia en esos países exsocialistas, marchó hacia atrás. Todos han regresado al capitalismo que, se suponía, era la etapa última de la sociedad dividida en clases y la antesala de la etapa socialista, fase inicial del comunismo.

Ese marxismo dogmático permeó las mentes de muchos hombres y dirigentes políticos de izquierda, incluyendo a muchos intelectuales, profesores y artistas que abrazaron la causa revolucionaria. Y a no pocos los convirtió en fanáticos creyentes incondicionales de sus tesis convertidas en dogmas y en víctimas de un sistema criminal que no les dio la oportunidad de rectificar con la confrontación de ideas, sino que los obligó, con la exclusión y la intolerancia, a entregar sus vidas por defenderlas.

La gran verdad es que –y esa es una de las enseñanzas de la teoría de la alienación de Marx– el hombre no sólo aliena su ser al producto de su trabajo, también lo aliena a la ideología. Tanto el primero como la segunda se convierten en dominantes de su ser social, de su pensamiento y de su acción. Y si esa ideología dominante se convierte en dogma, toca los linderos de la religión, convierte al creyente en fanático y se aparta cada vez más de la realidad y de las ciencias, de las que debe nutrirse y aprender para avanzar en sus propuestas, lo que muestra la historia de la filosofía desde sus orígenes. Un marxismo de esa clase, dotado de verdades absolutas y enarbolado por hombres alienados a sus ideas convertidas en dogmas, está condenado a equivocarse en la interpretación de la realidad y a fracasar en la política, lo que en efecto ha ocurrido. Y aunque ya hoy son más los pensadores marxistas que niegan la existencia de un marxismo único y que no aceptan un centro que lo custodia y lo divulga a todo el mundo, todavía quedan quienes lo creen y lo defienden.

De modo que no me sorprende la noticia del profesor marxista convertido en pastor religioso y que llega al fanatismo de hacerle vender todos sus bienes a sus feligreses para esperar el fin del mundo y la llegada de un Jesucristo justiciero que viene a ajustar cuentas a la humanidad descarriada. Creyente en el dogma marxista que lo explicaba todo, cuando vio que no era así y la realidad se le volvió más compleja de lo que sus tesis alcanzaban a visualizar, y sufrió el fracaso del llamado socialismo real que existió en la extinta URSS, en China y en los países de la llamada Europa Oriental, y tuvo que sufrir además más de un trauma familiar, no ha tenido ningún obstáculo ideológico en hacer el tránsito del fanatismo marxista al fanatismo religioso. El camino lo tenía expedito en su comprensión dogmática del marxismo. En su cerebro ya estaba montada una lógica de pensamiento que daba como verdades absolutas una serie de conceptos y juicios que en poco se diferencian, por su absolutez, de los que posteriormente asumió con su vinculación religiosa (la eternidad de la materia y Dios, la sociedad comunista realizada y el reino celestial, por ejemplo). Y así pudo negar la vieja realidad que se le había venido abajo, como castillo de naipes, y reemplazarla por la nueva que le brindaba la especulación religiosa, la que por supuesto –como toda realidad basada en el dogmatismo– también se le ha venido al piso.

Si al marxismo no se le mira como una metodología útil para la investigación y no se le encumbra como la única aplicable que no necesita de otras para completar el análisis de la realidad, y si no se le despoja de algunas sentencias consideradas inmutables, que frenan su evolución, el marxismo se convierte en un dogma y sus seguidores en fanáticos de unas ideas contingentes, elevadas al rango de lo teórico absoluto y necesario. Y, por lo tanto, en un cuerpo de ideas que entorpecen el desarrollo del pensamiento crítico y las posibles soluciones a los problemas de la ciencia y de la sociedad.

Edición 717 – Semana del 13 al 19 febrero de 2021

1 Abogado, escritor, docente universitario pensionado, miembro directivo de una universidad privada y canciller del Parlamento Internacional de Escritores.

2 Juan Viana, dirigente comunista de los años 60. La frase se la escuché en una charla que dictó por esos años sobre el tema del dogmatismo.

   
 
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